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Sergio Hurtado, sobrino del fundador del Hogar de Cristo: “Nunca me negó la camioneta verde”

Hace poco visitó la casa matriz de la obra fundada por su tío, junto al menor de sus seis hijos y un nieto, tres generaciones que comparten la misma causa: hacer de Chile un país más digno y justo.

 

Por Jacqueline Otey A.

Pagar “una deuda pendiente con mi tío”, es lo que trajo a Sergio Hurtado (89) a la casa matriz del Hogar de Cristo, en Estación Central. Con una sonrisa en el rostro y voz pausada, nos contó detalles de su relación con su tío santo.

Recordó las innumerables veces que lo acompañó junto a sus primos a buscar a niños en situación de calle que vivían bajo los puentes del río Mapocho, para ofrecerles un lugar seguro donde vivir, comida, abrigo y educación. “Mi tío tenía una personalidad tan impresionante, que estos niños apenas lo conocían dejaban de lado su natural aprehensión a los extraños y se sentían de inmediato acogidos y transformados por él”.

Sergio fue estudiante del colegio San Ignacio de Alonso Ovalle y cuando estaba en sexto de humanidades, a punto de egresar, fue alumno de su tío. “Él había regresado recién de Europa donde se había especializado en teología y educación. Ese año fue mi profesor de apologética, que es la defensa de la fe respecto a una posición o punto de vista, y en clases llamaba mucho la atención por su sabiduría”.

Afirma que el padre Hurtado fue un hombre de gran simpatía y generosidad. “Tenía una bondad infinita. Siempre preguntaba cómo estaban los otros… era muy solidario”, dice y lamenta no haber estado en Chile para su fallecimiento. “Me perdí una parte importante de su vida porque, cuando se enfermó y murió en 1952, yo estaba de viaje en Europa”.

De los recuerdos de juventud que tiene de su tío, destaca las muchas veces que le pidió prestada su famosa y popular camioneta verde: “Cada vez que se la pedí, nunca me la negó. Incluso me acuerdo que antes de esa, tuvo otra que en la parte de atrás tenía una carrocería de camioneta hechiza. Esa también me la prestó”.

Menciona que Alberto Hurtado rara vez tenía tiempo para las reuniones familiares porque “era muy sencillo, trabajador y siempre estaba ocupado, pero todos entendían muy bien sus razones”. Sin embargo, para su beatificación y posterior canonización, la numerosa familia se organizó y muchos de sus integrantes viajaron para asistir a las ceremonias. “Ahí partimos todos a Roma… fueron momentos muy importantes. Actualmente, me encomiendo a él cada vez que siento que es necesario. Tengo una devoción muy especial por él”.

En relación a la obra que fundó su tío hace 75 años, se muestra impresionado por la forma en que ha crecido el Hogar de Cristo. “No me cabe duda que la fundación de este lugar fue inspiración divina”, dice.

El sobrino del padre Hurtado hace muchos años compró una propiedad en la playa que disfrutó por mucho tiempo junto a su familia. Sin embargo, cuando el año pasado falleció su esposa, el sitio dejó de interesarle y lo vendió. “Todos mis hijos son profesionales, por lo que decidí donar una parte a la fundación Hogar de Cristo y otra para la construcción de la parroquia San Alberto Hurtado en San Carlos de Apoquindo. Quiero que la obra siga por muchos años más brindado apoyo a los más vulnerables de Chile”.

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