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Verónica Trivick:

La Reina del Estacionamiento

Ama las plantas que cultiva en torno a la carpa en que vive, pinta cuadros y todo tipo de objetos que regala a sus clientes a los que les lava sus autos. Su centro de operaciones es el estacionamiento del estadio Hernán Villanueva en la población Gómez Carreño, donde realmente reina. Sueña con tener un local de car wash antes que una vivienda propia y con exponer sus pinturas.

Por María Teresa Villafrade

Estudió hasta cuarto medio en la escuela nocturna pero no terminó. Nacida y criada en Iquique, Verónica Trivick (51) es madre de tres hijos de 31, 25 y 16 años, pero solo la del medio se crió con ella. Los dos varones crecieron con sus respectivas abuelas, debido al consumo de drogas contra el cual ha luchado toda su vida.

“Tengo buena relación con todos mis hijos. El menor está estudiando en Ovalle y vive con mi suegra y el mayor me dio las gracias por haberlo dejado a buen cuidado desde pequeño. La vida que yo podía darles no era justa para ellos. Fui mamá a los 20 años y abuela a los 35, tengo tres nietos, de 16, 10 y un año y nueve meses”, cuenta con orgullo.

De su infancia no tiene buenos recuerdos aunque todavía agradece tener a sus dos viejitos vivos.

-¿Sabes cuál es el origen de tu apellido Trivick?

-No tengo la menor idea, parece que es portugués. Mi papá con mi mamá no tuvieron una educación buena, estudiaron hasta sexto básico. Eran de muy baja situación, se casaron muy jóvenes y vivían en Cavancha. Mi papá trabajaba arrendando canoas en ese tiempo. Mi mamá tiene 11 hermanos y le tocó hacerse cargo de los menores.

Cuenta que en 1972 su familia se instaló en la población Gómez Carreño en los tiempos en que era  una toma. “Una pampa desierta, aquí no había nada”. Ella tenía dos años y su hermano mayor, tres.

“Mis papás hicieron una casucha de cartón, de cholguán, y para 1973 por acá pasaron los tanques con milicos. Yo salí de mi casa a los 15 años, mi papá me consiguió el primer trabajo que fue en el mercado, desde entonces siempre me ha gustado vivir sola, hacer mis cosas, no depender de nadie. Siempre he sido llevada de mis ideas. Estudié en la escuela D90 y después en la Escuela 2 Paula Jaraquemada. La enseñanza media la hice en la escuela nocturna, no terminé cuarto medio porque sinceramente me metí en el vicio, en la droga, la pasta base”.

-¿Por qué razón?

-Yo no culpo a nadie, porque mi primera vez fue cuando tenía 18 años, había ido de vacaciones a Arica donde mi tía con mi hermano menor y allí la probé. Volví a mi casa y dejé de consumir porque no me gustó en realidad. Cuando quedé embarazada a los 19 años de mi hijo mayor, ya consumía y decidí dejárselo a mi suegra porque la vida que yo llevaba no era justa para él. Mi suegra se hizo cargo de él y ella me dijo que cuando quisiera ir a verlo, podía hacerlo. Pero en la situación que yo estaba, era injusto que mi hijo me viera así.

Estuvo casada con el padre de su hijo apenas dos años, pero él también era consumidor. “Tuvimos una conversación entre los dos. Resolvimos que no podíamos estar juntos porque al final íbamos a hacerle daño a nuestro hijo y no íbamos a salir adelante. Optamos por separarnos y él hizo su vida, yo seguí en la calle. Él se rehabilitó y se volvió a casar”, recuerda.

Verónica viajó a Santiago y entró al centro de rehabilitación Remar Chile, una organización dedicada a apoyar a los marginados. Su hija nació en la capital y cuando tenía tres meses, se devolvieron juntas a Iquique.

“Un 10 de septiembre, cuando ella tenía un año de edad, dejé la droga de la noche a la mañana y duré 21 años sin consumir. Ella fue el soporte que me dio fuerzas para salir adelante”,

AMOR A PRIMERA VISTA

Verónica se puso a trabajar en la fiambrería de un supermercado. Ahí estuvo durante varios años hasta que un día, unas amigas le ofrecieron trabajar en Calama, haciendo aseo en las casas de “Chuqui”, la mina de Codelco.

“Yo llevaba ya cuatro años sola, sin pareja, no quería a nadie en mi vida. Me fui a Calama y un día 13 de abril cuando estaba en la hora de colación, veo de repente a un muchacho que bajaba de Chuqui con su ropa de trabajo de la mina; me enamoré a primera vista. Yo tenía 33 y él 18 años con ocho meses”, dice, emocionada.

Él, de profesión electricista, se convirtió en el padre de su tercer hijo. Llevan 18 años juntos, con idas y venidas, pero ahora él está preso en la cárcel de Alto Hospicio desde febrero. “Hizo algo que no debería haber hecho”, dice ella sin intentar justificarlo.

El principal sustento de Verónica ha sido desde hace mucho tiempo el lavado de autos en el estacionamiento del Estadio Hernán Villanueva, ubicado en Pedro de Valdivia con Las Zampoñas, en la población Gómez Carreño, donde ella siempre ha vivido. Allí tiene su carpa de color celeste, al lado de la cual flamea una bandera chilena y está rodeada de las plantas que ella cuida con real amor, al igual que a sus dos perras.

“Yo no sabía lavar autos pero uno aprende. Tengo hartos “caseros” que vienen para que les lave sus autos y a veces me traen ropita, cobertores, mercadería. Cultivo hartas plantitas, me fascinan, dan vida, salud, son una alegría porque las veo crecer y florecer. Yo les hablo, les canto, le pongo música. Tengo una pequeña huerta, algunas no las conozco, pero las planto igual. Tengo tomates de esos chiquititos, los cherry, tunas, limones, ají cacho de cabra, ruda, ahora recién me trajeron un lirio y una palmera”, dice.

ARTE QUE NI SE COMPRA NI SE VENDE

No solo eso, también tiene dotes de artista. Le gusta pintar cuadros, botellas, madera que le regala el vecino dueño de la botillería cercana que también hace muebles. A los monitores de Hogar de Cristo que la visitan les ha regalado varias de sus obras como también a sus clientes. Jamás ha pensado en vender sus creaciones y explica por qué:

“No me gusta vender mi arte, no me nace, he regalado harto, a las jefas los programas Hogar de Cristo, a mis caseros. Lo hago en realidad para que vean mi creatividad. No por vivir en la calle, uno puro consume droga, anda todo cochino, no. Y, independiente de vivir aquí, quiero que me vean de otra manera. Yo no he pasado toda mi vida en la calle, tengo mis estudios, tengo la base de lo que me dieron en mi casa, lo que yo hago es lo que quiero reflejar de mi persona”.

-¿Qué quieres reflejar?

-En los cuadros hay oscuridad, claridad, hay belleza, colores que inspiran a las personas. Hay cuadros que de repente me salen para que tú uses la mente y busques la figura que sale dentro. Yo siempre he tenido una obra que si pones derecha, puedes encontrar una mujer y hartos animales, pero tienes que buscarlos. Si la pones hacia abajo, hay una mujer embarazada. Es algo que me gusta mostrar para desafiar a mis caseros, les digo cierren sus ojos por unos minutos, ábralos y díganme qué ve en el cuadro, y ellos los encuentran. Les digo “ponga el cuadro como quiera y busque las imágenes”.

No pone su firma en ninguna de sus obras pero sueña con algún día exponerlas.

“Me gustaría primero arrendar un local y comprar máquinas para lavar autos, algo bien bonito, siempre trabajando yo. No dejaría de trabajar, comprarles unas casas a mis hijos, ponerles platita en el banco, y tener a mis perras, que siempre van a estar al lado mío. También exponer alguna vez mis cuadros, sería bonito”.

Gracias a su trabajo, puede ayudar a su marido que está preso, a sus hijos. Tiene a varios chicos que trabajan con ella porque sábado y domingo la demanda crece mucho, su único día de descanso es el lunes.

-¿Significa que ya no estás consumiendo?

-Para qué voy a mentir, sí pero no como antes al extremo, por la edad debo cuidarme, y tengo mis responsabilidades, mis dos perras, tengo que comprarles comida, juntar platita para llevarle encomienda a mi marido, pagar el agua, porque acá yo pago el agua, comprar mis cosas, comer, darme mis gustos, comprar los insumos para poder lavar autos. Son unos bidones de 22 litros que compro, la cera, la silicona, el champú, son 96 mil pesos al mes. Y tengo que pagarle al joven que me las vende, a veces le paso de diez, veinte lucas. A los que me ayudan acá también tengo que pagarles, dependiendo del día les pago diez lucas diarias, son vecinos del sector.

Es tan conocida que tiene varios sobrenombres: Flaca, Shakira, la Reina del Estacionamiento e, incluso, la Chica Sexy. “Me siento bien, son todos nombres que me dicen con respeto”, asegura.

-Vives desde hace siete meses sola aquí, ¿no tienes miedo?

-Tengo harta fe, confío en el Señor, creo harto en Dios, yo paso sola acá en la noche. De repente los chicos que trabajan conmigo me vienen a ver, se pegan su vuelta, me preguntan “Vero, cómo estái?”. Todo bien, yo antes de acostarme le pido al Señor que ponga alrededor mío sus ángeles para que me protejan. Con el tiempo me he sabido defender sola. Pongo mis puntos también.

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