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Yesenia: Tres veranos en la calle, un desalojo por semana

Yesenia duerme frente al Museo Artequin desde hace tres años. En invierno cava zanjas para que el agua no le gane al nylon; en verano negocia con el sol a la sombra del Parque Quinta Normal. Una vez por semana, el operativo municipal desarma lo que logró sostener y la obliga a empezar de nuevo. Mientras el debate habla de orden y delito, su vida se reduce a una pregunta básica: dónde dormiré mañana.
Por Matías Concha P.
Marzo 3, 2026

El sol cae directo sobre Avenida Portales, frente al Museo Artequin, y rebota en el pavimento como si no hubiera dónde esconderse. Los árboles del Parque Quinta Normal, al frente, no son paisaje: son la única sombra posible. Bajo esas copas, Yesenia acomoda el nylon para que el aire circule y el calor no se quede atrapado adentro.

—Aquí, como pueden ver, hay árboles, sin ellos me quemaría.

Tiene 32 años. Vive ahí hace tres. Este es su tercer verano en la calle.

—El sol me hace mal. Una vez me desmayé por el calor; otra, me quemé la piel y terminé en la posta con ampollas. Para alguien que vive en la calle, como yo, la sombra es un lujo.

Habla sin exagerar. La sombra de los árboles frente al parque le permite estar ahí sin desmayarse. Entonces, Yesenia se agacha y acomoda el nylon del ruco para que entre algo de aire. Poco más se puede hacer cuando el termómetro marca 32 grados a la sombra.

NO PODEMOS AFIRMARNOS

El invierno, dice, es distinto.

—Aquí se inunda… pasa un pequeño canal. En invierno hacemos zanja, buscamos solución con palas, con lo que haya.

Tres inviernos y tres veranos en el mismo punto. Ya sabe por dónde corre el agua cuando llueve y a qué hora el sol pega más fuerte en febrero. También aprendió el ritmo de los operativos de desalojo municipales.

—Vienen una vez a la semana y nos dejan sin nada. Nos quedamos con lo puesto. Tampoco les importan nuestros documentos; la mayoría de las veces también los botan. No les importa el esfuerzo que hace uno para comprarse sus cosas y tener los papeles al día.

Los operativos llegan temprano. Camiones, funcionarios, personal de seguridad. A veces avisan. A veces no. El procedimiento es rápido: retirar, despejar, cargar lo que esté a la vista.

—Es como si uno no viviera aquí. Llegan y levantan todo. Si alcanzaste a sacar algo, bien. Si no, también.

En los últimos meses, los desalojos se volvieron más frecuentes. Antes, dice, podían mantenerse semanas sin que nadie los moviera. Hoy el margen es corto.

—Antes teníamos más espacio. Ahora vienen seguido. No nos dejan afirmarnos.

La palabra “afirmarse” aparece varias veces. No habla de estabilidad en términos abstractos, sino de poder sostener algo más de unos días sin que se lo retiren.

—Una entiende que no debe ser fácil tenernos de vecinos. Quienes vivimos en la calle nos vemos mal, podemos parecer sucios. Pero seguimos siendo personas. Con casa o sin casa, en un ruco o debajo de un árbol, eso no cambia.

DESPLAZAMIENTO FORZADO

En paralelo, el debate público se endureció. Un catastro de la Municipalidad de Santiago aseguró que el 80% de quienes viven en los cerca de dos mil rucos de la comuna estarían vinculados a ilícitos. La cifra instaló una sospecha amplia y reforzó la idea de que el desalojo es la respuesta.

Desde el Hogar de Cristo, su directora social, Liliana Cortés, plantea que desplazar no resuelve el problema de fondo. Mover rucos puede ordenar la vereda por un rato, pero no genera alternativas reales para salir de la calle. La experiencia en terreno muestra, además, que la mayoría de las personas en situación de calle no delinquen; muchas veces son quienes sufren robos y agresiones.

Yesenia lo resume en su propio lenguaje.

—A nosotros también nos roban. Aquí mismo. Y cuando vienen y se llevan todo, es como otro robo más.

Mientras el discurso oficial habla de recuperación de espacios y control del delito, Yesenia calcula otra cosa: si alcanzará a rehacer el ruco antes de que llegue la próxima semana.

Antes, Yesenia tenía más espacio. Una malla delimitaba el ruco y podían organizar mejor lo que tenían. Incluso hacían fuego en invierno. El humo molestaba y las quejas comenzaron a multiplicarse. Con el tiempo, los operativos se hicieron más seguidos.

—Antes no nos tocaban tanto. Ahora es cada semana.

El retiro no distingue historias ni procesos. Tampoco distingue si alguien está intentando estabilizarse.

NO TENEMOS CASA

Yesenia tiene tres hijos: 14, 12 y 10 años. Viven con su hermana, cerca. Dice que se hablan todos los días y que a veces la van a ver. No entra en detalles sobre cómo se reorganizó esa vida familiar; solo insiste en que el vínculo sigue ahí.

—Ellos están mejor con ella, más seguros.

Lo dice mirando hacia la calle, no hacia el ruco. Trabaja estacionando vehículos en el sector y se mueve por las mismas cuadras donde pasa la noche. Tiene la piel más oscura por el sol, las manos ásperas. Sus hijos, cuenta, notan los cambios.

—Ellos están acostumbrados a cómo era su mamá antes, no a esta mamá de ahora, la que vive en la calle y la echan de todos lados.

En los encuentros recientes entre municipios y organizaciones sociales, el debate se ha movido hacia cómo ejecutar estos retiros. El sociólogo estadounidense Chris Herring, que ha estudiado la criminalización de personas sin vivienda, planteó tres criterios básicos cuando el desalojo es inevitable: planificación previa, coordinación con redes de apoyo y protección efectiva de pertenencias y derechos. Sin esas condiciones, sostiene, el resultado es simple desplazamiento.

En Portales, lo que Yesenia describe se parece más a traslado que a solución.

—Uno se va más allá. Después más allá. Y así.

Cuando habla de seguridad, tampoco simplifica.

—Aquí hay violencia. Hay consumo. Hay narcotráfico. Hay peleas. No voy a negarlo. El tema es que nos ayuden, no que nos echen. Porque vamos a volver cada vez que nos echen. No lo digo como amenaza, es obvio: no tenemos casa.