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76 años luchando por la justicia social

Por Juan Cristóbal Romero, director del Hogar de Cristo

Cada 19 de octubre, desde hace 76 años, celebramos la concreción de una idea revolucionaria en el paupérrimo Chile de los años 40: el nacimiento de un Hogar para los sin techo, que se apiñaban bajo los puentes del Mapocho, iniciativa de un hombre consciente y batallador, conmovido por la orfandad y exclusión de miles de niños y jóvenes abandonados. Cambiar la sociedad a partir de la transformación de las conciencias, era lo que promovía Alberto Hurtado y es lo que, de manera cada vez más fundada en la evidencia internacional, en el conocimiento profesional compartido, en la colaboración con otros, en modelos técnicos solventes, buscamos hacer en el Hogar de Cristo.

Tal como el padre Hurtado sostenía: es la  justicia lo que nos mueve, no la caridad, entendida como mera beneficencia, porque ésta surge cuando no existe la primera. Es la promoción humana lo que nos moviliza, y trabajamos con la convicción de que la pobreza es la más profunda violación de los derechos humanos y que para abordarla no sirven ayudas paliativas que, aunque bien intencionadas y en ocasiones indispensables, perpetúan la pobreza y la estigmatización.

Por eso, trabajamos por la inserción escolar de los 80 mil niños, niñas y jóvenes que se estima abandonarán sus estudios a causa de la pandemia y que se sumarán a los casi 178 mil que ya están fuera del sistema escolar, a través de fundación Súmate, luchando por crear modalidades educativas flexibles y ajustadas a su realidad. De la misma manera abordamos la realidad de las personas en situación de calle, con programas de vanguardia, como Viviendas Compartidas, que reconoce que no basta asistir con café y las frazadas, sólo en invierno, si es que deseamos integrar a esos hombres y mujeres a la vida social plena. El abordaje debe ser integral, resolviendo todas las dimensiones del desarrollo humano involucradas: consumo, salud física y mental, trabajo, educación. Lo mismo aplica para los mal llamados “abuelitos”, que tanto rédito político dan cuando se les compadece e infantiliza, sin reconocer las profundas vulneraciones a los que miles de personas mayores están expuestas en ese período tan frágil de nuestras vidas. En esta línea, buscamos alianzas con empresas, el Estado, otras organizaciones de la sociedad civil, para mejorar la calidad de los establecimientos de larga estadía, apoyar a las familias para evitar la institucionalización y fomentar el desarrollo de iniciativas innovadoras que mejoren su calidad de vida y los incluyan, porque, tal como hemos visto en esta feroz pandemia, nada los debilita más que la soledad y la falta de actividad y contacto humano. Asimismo, recién en septiembre, lanzamos “Pobreza y Pandemia”, exhaustivo diagnóstico de cómo el coronavirus ha afectado a las poblaciones más vulnerables en dimensiones fundamentales del bienestar. El estudio presenta propuestas concretas para fortalecer las políticas de protección social e inclusión, construidas en conjunto con otras organizaciones que como nosotros trabajan en los territorios.

Pero no todo ha sido avances, aportes y desafíos en estos 76 años. A fines del mismo mes, con profundo dolor, a causa del impacto económico de la pandemia sobre nuestros ingresos y el aumento de nuestros costos por las nuevas y altas exigencias sanitarias, resolvimos cerrar 28 programas sociales de los 278 que tenemos a lo largo de todo Chile. Esto implica disminuir 938 cupos de atención de 14.076 personas en pobreza y exclusión que atiende mensualmente la fundación, y que totalizan 40.000 al año. Como dijo Pablo Ortúzar en una clarísima columna: “Dejar que el Hogar de Cristo decaiga implica perder capacidad instalada para combatir la pobreza más maldita: la que ataca a los que no pueden defenderse”. Ha sido una pésima noticia, no solo para los trabajadores que dejarán sus puestos de trabajo y sus familias, sino para todo el país, y especialmente para las personas más excluidas.

En 76 años de historia, se ha instalado la frase “esto no es el Hogar de Cristo” como sinónimo de la institución o persona que se niega a ser humana y bondadosa, y opta por la eficiencia, la dureza, la indiferencia. Pero esa frase contiene una actitud lamentable: el desligarse de responsabilidades sociales que nos competen a todos como sociedad. Los pobres no son responsabilidad del Hogar de Cristo; son un deber ético de todos: Estado, empresa, universidades, sociedad civil organizada y de cada ciudadano con conciencia, más en tiempos de crisis como los que estamos pasando. Sí, nosotros somos el Hogar de Cristo, pero para serlo necesitamos que todos se involucren en la promoción de las personas más vulnerables, porque, como lo hemos repetido en estos tiempos, nadie se salva ni puede hacerlo todo solo.

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