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El hogar protegido de las damas asustadas

Frente a una plaza reseca, en una casa de la población Bonilla, viven 8 mujeres, las que pese a su discapacidad síquica, abandono y extrema pobreza, han logrado notables grados de autonomía e inclusión. Los saqueos y violencia asociados al estallido social las tienen asustadas, pero más conscientes que nunca. Están son sus historias y la mirada de la trabajadora social que las organiza.

Por María Teresa Villafrade y Ximena Torres Cautivo

Fotografías: Camila Toro

-Yo siempre quise ser carabinera. Postulé y estaba casi dentro, cuando se me cayeron los dientes de adelante, los cuatro del frente. Fue por mis medicamentos, por los electroshocks que me hicieron. Un carabinero tiene que tener sus propios dientes, no le sirven los postizos. Es una cuestión de integridad física, así es que hasta ahí no más llegué.

Elba Fuentes (55) parece parca y seria, pero es inteligente y graciosa. Nació en Iquique, pero terminó sus estudios secundarios en un liceo comercial en Antofagasta. Su papá murió de cáncer cuando era muy niña, y la mayor de tres hermanos. Creció con su abuela paterna, porque su mamá se emparejó de nuevo, tuvo otros hijos y Elba nunca se llevó bien con su padrastro.

-En los años 80, conocí a monseñor Carlos Oviedo Cavada, que fue arzobispo de Antofagasta entre 1974 y 1990. Como no quedé en Carabineros, él me aconsejó que entrara como religiosa teresiana. Yo soy católica, así es que me pareció una buena idea. Hice todo lo necesario y, cuando estaba a punto de que me colocaran los hábitos blancos de novicia, me arrepentí. Pensé que no le podía mentir a Dios; las monjitas viven en castidad y a mí me gusta el sexo.

Elba no pudo ser carabinera, tampoco monja.

También le gustan el orden, la carne a la parrilla que come muy a lo lejos y la plácida vida que comparte desde hace años con otras 7 mujeres que tienen en común discapacidad síquica, abandono y extrema pobreza y vulnerabilidad. Por eso, la violencia que ha cobrado el estallido social en Antofagasta la tiene mal.

“Me preocupa el país. Yo lo veo todo más pobre ahora. Ha habido tanta destrucción y saqueo. Acá a la vuelta saquearon dos veces el supermercado, donde trabajaban varias chiquillas de esta casa, que ahora están sin pega”, se lamenta.

Pero ni siquiera la cesantía repentina de varias habitantes de la casa ha contaminado el agradable clima que se vive en esta vivienda, donde estas 8 mujeres con distintos diagnósticos mentales arman una singular familia. Las visitamos en la víspera de Navidad. Han decorado la casa con esmero: hay un pino decorado y muchos adornos  con viejos pascueros, renos y guirnaldas rojo-verdes.

Como sucede con muchas viviendas en Antofagasta, la casa se ve mucho más chica por fuera de lo que es por dentro y sorprende por cálida, impecable y bien organizada.

 OTILIA Y LUIS, POLOLEO SINGULAR

La trabajadora social Andrea Barraza es la jefa del Programa de Discapacidad Síquica del Hogar de Cristo de Antofagasta y la responsable de este “Hogar Protegido de Damas”, ubicado frente a una plaza polvorienta en la población Bonilla. También tiene a cargo otro hogar protegido, el de “varones”, con 8 personas, y el Centro Diurno, que funciona en la casa matriz regional del Hogar de Cristo, en la calle Eduardo Lefort, y acoge a otros 35 adultos, de ambos sexos, con discapacidad síquica. “El Centro Diurno es el último eslabón de una gran cadena de tratamientos siquiátricos, cuyo objetivo es devolverles a las personas sus proyectos de vida, interrumpidos a causa de un brote esquizofrénico o de otro tipo. Los trastornos mentales psíquicos son muy estigmatizadores, por lo que las posibilidades de integración son mínimas. En el Centro Diurno intentamos que las personas puedan encontrar un trabajo, vincularse a nivel de pareja, postular a una vivienda, volver a ser sujetos de derecho”.

Andrea Barraza, trabajadora social, a cargo de la línea discapacidad mental de Hogar de Cristo en Antofagasta.

También trabajan por visibilizarlos y conseguir que la sociedad no los discrimine, les tema o los compadezca. En 2016, cuando Andrea llegó a hacerse cargo del programa, dice que percibió “actitudes muy sobreprotectoras para con los acogidos, las que los ‘discapacitaban’ más. No corresponde infantilizar a estas personas; ¡tienen más de 40 años, son adultos, son adultos! Ni mucho menos ‘pobretearlos’. Acá trabajamos desde un enfoque de derechos, buscando devolverles su dignidad y autonomía”.

Las mujeres del Hogar Protegido lucen empoderadas, claras, conviven en armonía. ¿Son ellas un caso de éxito?

El Hogar Protegido de Damas se organiza de manera autónoma. Ellas se las arreglan y van todos los meses a cobrar su pensión y entre todas compran algo rico para compartir: un pollo asado, una torta. Acá no pagan nada por su mantención, pero sí administran la casa, sus rutinas, las comidas, el aseo, y muchas trabajan, y ahorran e invierten en sus cosas. Son personas autónomas, toman decisiones, son ciudadanas conscientes. Han logrado que su casa funcione como la de cualquier familia y en sí mismas constituyen una familia, porque la mayoría tiene lazos familiares débiles o inexistentes. Casi todas han sido abandonadas, a diferencia del Centro Diurno donde los participantes sí cuentan con sus familias o con algún pariente.

La realidad en el Hogar Protegido de Varones es mucho más compleja. “Sólo dos de los ocho hombres que viven ahí son autovalentes, el resto tiene deterioro orgánico importante. Muchos vivieron largos años en calle, varios fueron tratados  con electroshock, el que dejó de aplicarse recién en 2010. A diferencia de las mujeres, pocos son padres, no tuvieron hijos, porque sus trastornos en general surgieron en la adolescencia”, explica la jefa de programa.

Apasionada y militante acérrima de la autonomía de las personas con discapacidad mental, Andrea nos cuenta la historia de un largo romance inter hogares protegidos. “Otilia pololea desde hace años con Luis, un acogido de la residencia de varones, aunque la relación ha cambiado desde que ella se convirtió a la religión evangélica. Hasta antes de eso iban a bailar, salían a comer, visitaban moteles, ahora ella lo tiene dedicado a transcribir pasajes enteros de la Biblia en un cuaderno. Él no se queja, porque adora a su Otita”, cuenta, risueña.

EL SUEÑO DE CRISTINA

“Otita” (59), la polola de Luis, es calameña de nacimiento, divorciada y madre de dos hijos a quienes casi nunca ve. Ella arrendaba una pieza y vivía en muy precarias condiciones cuando conoció en el Centro Diurno a algunas residentes del Hogar Protegido de Damas. “Les pregunté si podía vivir con ellas porque me sentía muy sola; alguien anotó mis datos y después me fueron a visitar. Así llegué a esta casa. Me siento muy bien porque estoy siempre acompañada”.

Aquí conviven las damas de la residencia protegida.

Otilia tiene problemas de visión a causa de un glaucoma, sin embargo, cocina, hace aseo y lava su ropa. Lo único que no puede hacer es salir sola por el riesgo de caídas. El estallido social la dejó muy asustada. “Temí por mis hijos, que fueran a recibir balines en sus ojos. También sentí miedo porque vi cómo corría la gente, cómo se robaban cosas del supermercado. Ahora tenemos que comprar todo en un almacén, pero dicen que pronto van a reabrir el supermercado. Acá varias trabajan en ese lugar. Lo necesitamos”.

Después del 18 de octubre, Hogar de Cristo empezó a desarrollar los Círculos Territoriales, que son conversaciones con las poblaciones más vulnerables para indagar sobre los sentimientos, las causas, las prioridades y las soluciones que plantean las personas para salir de la crisis social. Ya se ha entrevistado a más de 10 mil personas, de las cuales un 3,1% tienen problemas de discapacidad mental. Entre ellas, el sentimiento dominante frente al estallido ha sido la tristeza, con un 41,2%. Aquí, en el Hogar Protegido de Damas, donde se desarrolló uno de esos encuentros con la ayuda de un grupo de alumnos de la Universidad de Antofagasta, el sentimiento dominante fue el miedo, pero con muchos bemoles.

Cuenta Andrea Barraza: “Fue bien interesante; salieron historias que las chiquillas nunca habían contado. Una de ellas pidió grabar un video para darles las gracias a los jóvenes que impulsaron este estallido social, porque ella en su juventud tuvo que ocuparse de otras cosas, era mamá y muy pobre, y no pudo dar curso a sus inquietudes sociales y políticas, nos dijo. Ella vivió tal pobreza, que tuvo que prostituirse para alimentar a sus hijos, eso la marcó mucho. Por eso es la impulsora de poner letreros sobre pensiones dignas, igualdad de género, tenencia responsable de mascotas, dentro de la casa”.

Cristina es afortunada; ha logrado conservar su empleo en el supermercado

Cristina Núñez (45), la “única rubia” del grupo que comparte el hogar protegido, no tiene conciencia del color de su pelo ni de sus ojos claros. Alta, femenina, elegante, ha pasado 18 años de su vida en residencias. Dice que a los 21 enfermó “de esquizofrenia sicótica lúcida” y la sometieron a electroshock, cuestión que prefiere olvidar. “Mi vida ha sido triste. Adoro mis pastillas porque gracias a esos remedios, ahora estoy bien. Uso clozapina antes de dormir y centralina al despertar”.

Cristina es una de las habitantes del Hogar Protegido que trabajaba en el supermercado vecino que fue saqueado. En el tiempo que ha permanecido cerrado, tuvo la suerte de ser ubicada en  otro local. Ahora espera con ansías su reapertura. “Hoy voy con mi hija Sandrita a la fiesta de Navidad de la empresa, a ella le encanta porque es en el complejo Mantos Blancos, que tiene juegos y piscina. La llevo todos los años y lo disfruta mucho”, cuenta. La pequeña tiene 10 años y vive con su papá y su abuela paterna. Pronto llegan ambas a la casa a buscarla para ir al tradicional paseo. Patricia, la suegra, solo tiene elogios para Cristina: “Es muy buena mamá. Adora a su hija Sandrita”.

Cristina está consciente de que no ha podido cuidarla en el día a día, pero se preocupa de su mantención. Religiosamente separa de su sueldo un monto para la niña; otro para su movilización, y colación; y  una parte para su madre, que vive en Tocopilla. “Con mis padres no puedo vivir porque pelean mucho, me pongo muy nerviosa. Me hace mal estar con ellos”, dice.

-¿Cuál es tu sueño, Cristina?

-Que me suban el sueldo en 50 mil pesos, porque estoy encalillada de puro tonta. Me ofrecieron un crédito y creo que terminaré de pagarlo cuando esté anciana.

ANTOFA Y LA SALUD MENTAL  

Nathaly Rojas (34) antes de ingresar al Hogar Protegido vivió en la calle, tuvo una pareja y lo pasó muy mal. “Él me maltrató. Ahora tiene orden del tribunal de no acercarse a mí. Con él pasé muchas necesidades: hambre, frío. Yo tengo una enfermedad extraña. Me descompenso y no puedo controlar mis impulsos. Reviento. Por eso, mi mamá me tiene miedo y eso me da pena. Por eso, tampoco quiero tener hijos y me pusieron un implante anticonceptivo”, nos cuenta.

A Nathaly, el trabajo la salva, asegura. Lamentablemente, por los saqueos, ahora está cesante.

Desde que cumplió 18 años y empezaron sus trastornos, sus padres se desentendieron de ella. Luego vino su etapa en calle y los malos tratos de su pareja. En el Hogar Protegido, al que llegó gracias a una trabajadora social, encontró la paz y pudo terminar cuarto medio y hacer un curso de computación. Y lo que más valora: consiguió trabajo.

“Me encanta trabajar, me limpia la mente, me da independencia y un motivo en la vida. Yo vivo feliz aquí, pero estoy ahorrando para postular a un departamento del Serviu, donde pueda tener mis muebles, mis cosas propias. Lo malo es que por culpa de los ´capuchados´ y los vándalos que lo rompieron todo, hace poco me cancelaron del supermercado donde trabajaba como reponedora. Ahora estoy buscando un nuevo trabajo, porque yo no bajo los brazos, aunque lo que pasó en las protestas fue igual que una película de terror para mí, horrible. Todas aquí nos asustamos mucho, no sólo yo. Ahora cerramos con llave”.

Andrea Barraza, “la tía Andrea”, como le dicen algunas de las 8 acogidas, “las que están más institucionalizadas y tienen incorporado ese trato con los miembros del equipo”, entiende el temor que están experimentando las damas del hogar protegido. Ella misma lamenta el estado en que se encuentra su querida Antofagasta. Dice: “Realmente me da pena pasar por ciertos sectores donde parece que la ciudad estuviera viviendo un ataque de zombies, con los comercios y las instituciones de servicios todas tapiadas. Me abruma esa violencia, que no comparto, pero entiendo las razones del estallido social”.

-¿Ves alguna relación entre alto grado de violencia y consumo de drogas y patologías siquiátricas?  

-Lo que sé es que los niveles de patologías siquiátricas en esta ciudad son altísimos. Yo manejo las cifras de la línea de discapacidad síquica y tenemos largas listas de espera de atención. El nivel adquisitivo que da la minería eleva las estadísticas de consumo de drogas sintéticas y más duras en la región. Por otro lado, en los sectores más vulnerables, la pasta base está apoderándose de niños, niñas y jóvenes, y no existe oferta terapéutica para ellos. Estamos con una enorme demanda y una pésima oferta de atención siquiátrica. El flamante hospital regional, que es moderno, tiene apenas 20 camas para estos pacientes. Hay mucho brote sicótico de población joven consumidora de pasta base que terminan derivados a pediatría. Es una tragedia: no hay dispositivos para poder atenderlos –responde, agobiada.

En este contexto, los logros de las 8 damas del Hogar Protegido son esperanzadores, pero tan escasos y excepcionales que cuesta imaginarlos como una política social masiva. Andrea es optimista: “Los Hogares Protegidos se complementan y expanden con el trabajo del Centro Diurno, donde se ejerce una siquiatría comunitaria. Nosotros no somos un hospital ni un COSAM o Centro de Salud Mental, somos un espacio que genera redes y vínculos territoriales para lograr la inclusión social de nuestros participantes con sus familias y la comunidad, buscando que retomen sus proyectos de vida. Que aprendan de nuevo funciones como manejar el dinero, aseo personal, auto cuidado, cuestiones se van perdiendo con la enfermedad y el abandono, pero que pueden recuperarse. Para ello, es clave acabar con los prejuicios y estigmas que existen en torno a la discapacidad síquica. Que existan familias pobres que hayan normalizado el esconder a un padre o a una hija con esquizofrenia en una rancha al fondo del patio es parte de la desigualdad que ha hecho despertar a Chile por estos días”, concluye Andrea, quien se siente par y no “tía” de Elba, Otilia, Cristina y Nathaly, cuatro de las ocho habitantes del Hogar Protegido de Damas de la población Bonilla, que son prueba viva de que la inclusión y la autonomía sí son posibles.

Conoce a Nathaly y a Elba, dos de las damas notablemente autónomas pese a sus dificultades, en este video: https://youtu.be/zFQIEB0tTDs e involúcrate por la inclusión de las personas con discapacidad mental

 

 

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