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El padre, el hijo y el coronavirus

En Chile, normalmente son las mujeres las que cuidan, pero en el caso de Guillermo y su padre Juan Silva, usuario del Programa de Atención Domiciliaria al Adulto Mayor del Hogar de Cristo en Puerto Montt, esa tendencia se invierte. Acá ambos hombres reflexionan sobre la vejez, la enfermedad, la responsabilidad y la solidaridad en los tiempos del Covid-19.
Por Ximena Torres Cautivo                                                                                          Fotografías: Camila Toro

Son dos hombres guapos y creyentes, pero en distintas tonalidades.
El padre, más alegre y menos solemne y severo que el hijo, padece un principio de Alzheimer que a ratos lo desorienta, pero se ríe con ganas, recuerda con claridad episodios de su vida y repasa en detalle sus dolencias. Meticulosamente, como sólo saben hacerlo los viejos: “Dejé los vicios hace 40 años, abandoné el tomar y el fumar. Ahora sufro diabetes, asma crónica, y lo más afectado que tengo es el corazón. Ando con bastón, el oído y la vista me funcionan regular, pero leo con lentes. Leo la Biblia”, dice Juan Guillermo Silva Silva (88), en su casa larga y profunda, ubicada en una población de Puerto Montt.

Juan Silva Silva tiene 88 años y está en riesgo de contraer el corona virus, como todos los adultos mayores

A su lado, está Guillermo (51), su hijo mayor, nochero de profesión y evangélico de corazón, quien desde el año 2013 asumió como cuidador de sus padres con celo religioso.

“Fue cuando mi mamá se enfermó que tomé esta responsabilidad. Nosotros somos cinco hermanos. Hay uno en Futaleufú, otro en Quellón, estamos repartidos por distintos lados. Todos prometían y prometían cosas, ayuda, pero nadie cumplía, cero compromiso. Yo vivía en Alerce entonces”.

Cuenta que cuando su madre sufrió un accidente vascular que la dejó inmóvil de la mitad del cuerpo, sin control de esfínteres, él y sus hijas asumieron el cuidado de la pareja, en especial de ella. “Eso nos pilló con las manos vacías. Yo pedí por ella y no me avergüenzo. Toqué puerta a puerta para conseguir los pañales, los alimentos que necesitaba mi mamá. Con mi hija Victoria y mi hija Marcela afrontamos esa responsabilidad y ahora nos toca la misma tarea con él. Es algo de lo que uno no puede desentenderse. Así como ellos se esforzaron y sufrieron por nosotros, sus hijos; ahora es el momento de devolverles la mano. Dios me guía en esto y no hay cómo negarse”.
La muerte de su madre, dejó a “Juanito”, como llaman los cercanos a Juan Guillermo, en completa soledad. Durante un año y ocho meses, vivió solo su viudez en la casa que tenía con su mujer, que es la misma donde ahora conversamos. “Se quedaba dormido sobre la estufa con la ropa húmeda, porque la leña verde y pasada de agua no prendía. Pasaba frío, sin fuego; hambre, sin comer; vivía desorientado y triste”, dice Guillermo, relatando esa oscura etapa, cuando ninguno de sus cinco hijos pudo hacerse cargo de él.
Juanito, por su parte, comenta: “A veces me daba pena, tristeza estar así a los 80 y tantos años, que es tanta vida. No tenía nadie que me atendiera, que me sirviera los alimentos, como cuando vivía mi finada esposa. Yo le pedí a mi hijo Guillermo que se viniera con su familia a vivir conmigo, porque ya no tenía aliento para hacer mis cosas. Ahora me encuentro gozoso, contento, sabiendo que Dios reina y vive para siempre”.
“Decidí hacerme cargo de él en 2018 porque no soportaba las condiciones en que estaba viviendo, no por el interés de su casa, sino para que estuviera bien. Para que no llorara solo, tuviera sus comidas, su ropa limpia”, explica Guillermo, quien es separado y tiene a sus dos hijas con él, Victoria Andrea y María Marcela.

Toda la familia Silva, el padre, el hijo, una de las nietas y la mascota, Pita.

Dice que consultó la decisión con María Raquel Huenchuán, su actual pareja, a quien conoció cuando era su jefa en el trabajo y a la que llama llama “el puntal que me sostiene”. Ella, las hijas de él y la perra Pita, que es la mascota de todos, dejaron su casa en Alerce y se vinieron a vivir a Puerto Montt, a la casa de Juanito, el padre, abuelo y suegro, donde María Raquel confiesa sin drama: “Dejé de trabajar para acompañar a mi suegro. Él ya no puede quedarse solo, porque se pierde, como le pasó una vez, en que volvió de un paseo a Valdivia que hicieron con el grupo del Padam. Se desorientó al volver. Hace unas noches, se levantó a las 11 de la noche, convencido de que tenía hora en el consultorio. Se lavó bien los pies y se alistó para partir a la calle. ´¿A dónde va don Juanito?´, le pregunté porque a esa hora Guillermo estaba en el trabajo. Con paciencia logré convencerlo para que volviera a la cama”.

                                                                                      “AYUDAR SIEMPRE SALVA”
Juan Guillermo representa el ejemplo perfecto del grupo de riesgo, del más expuesto a los letales efectos del coronavirus: adulto mayor con enfermedades crónicas de base. Como afirma su hijo: “Al estar nosotros con él, su salud cambió en un ciento por ciento. Tiene sus remedios a la hora, sus controles al día. Está con tres interconsultas en el hospital: una porque tiene el corazón muy grande y late muy lento; otra porque tiene problemas a la vesícula, y una más por cuestiones a la próstata. Aunque no pierde el apetito, es diabético y está ese Alzheimer que le diagnosticaron en 2016, lo que lo desorienta, lo hace perderse y a veces nos desconoce a todos”.
Los Silva están preocupados, porque hoy todas estas mejorías están en riesgo. “Juanito” ahora debe estar protegido de posibles contagios, idealmente en confinamiento, pero viven juntos y casi todos trabajan fuera, lo que relativiza la medida preventiva. Una de las “medicinas” más vitalizantes para él, como sucede con la mayoría de los adultos mayores, es la compañía, que es justamente lo que hay que limitar por estos día. “La conversación, tomar mate, jugar cartas”, son las cosas que, nos explica él mismo, lo hacen feliz.

En Puerto Montt se han presentado dos casos de coronavirus hasta ahora –a los que se agregan, cinco ocupantes del crucero Silver Explorer que fueron trasladados desde Castro hasta el Hospital Regional, todos adultos mayores extranjeros-. En la capital de la región de Los Lagos, el Programa de Atención Domiciliaria del Hogar de Cristo atiende a 60 personas -30 en Puerto Varas y 30 en Puerto Montt-, incluido “Juanito”, muchos de los cuales también asisten al Club de Adulto Mayor Padre Hurtado, que a la vez funciona como comedor abierto en Puerto Montt. Hoy, dada la emergencia sanitaria que enfrenta el mundo, el país y la región, estos centros de encuentro han suspendido sus actividades por al menos las próximas dos semanas.

Los Padam, en cambio, permanecen operativos para la entrega de una caja mensual de alimentación y otras prestaciones concretas, pero, lo más valorado, la compañía es hoy un riesgo y es imperativo restringirla, por eso se ha pedido a los voluntarios que no vayan a los programas. “A mi papá lo que más le gustan son las visitas, y la ayuda. El que los fines de año, para Navidad, le traigan su regalo, el ir a los paseos que organizan, y el trato. Para mí y para nuestra familia el Hogar de Cristo es como un hogar propio que tenemos. La señorita Roxana, la señorita Marcia, una niña que hacías su práctica, y la señorita Lorena, han venido a acompañar a mi papá y eso a él le sirve”.
Mientras dure la emergencia, explica el jefe social territorial de la región de Los Lagos, Yerko Villanueva, “los Padam han disminuido las visitas al mínimo, pero aumentado los contactos. Esto quiere decir que estamos llamando al menos dos veces al día a los adultos mayores o sus cuidadores para ver cómo están, cuáles son sus urgencias y necesidades. Las visitas de los voluntarios se han cortado, pero estamos haciendo que tomen contacto con sus familiares directos para ver en conjunto, medidas de abastecimiento si es necesario u otras ayudas de ese tipo”.

Lorena, la voluntaria que visita regularmente a los Silva

Lorena Espinoza (55), asistente social y voluntaria del Padam, es una de las visitas habituales de “don Juanito” y su familia. Ella sabe que tendrá que espaciar esos encuentros, porque aunque “la conciencia me zapatee cuando dejo de ver a mis viejitos”, en los tiempos de coronavirus que vivimos, hay que restringir los cara a cara y fortalecer los contactos remotos. Eso es lo más importante ahora: mantener a la población de riesgo en sus casas, lejos de aglomeraciones y potenciales contagios, y reduciendo las visitas al máximo.
Eso, más las oraciones del creyente, Guillermo, quien nunca pierde la fe. “Dios nunca nos ha dejado de lado, porque, siendo pobres, incluso ayudamos al prójimo. Ayudar siempre salva”.

Más que nunca, se requiere compromiso, responsabilidad y solidaridad con los más vulnerables.

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