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Steffy y Liam: La indefensión de una mujer migrante y su hijo

Más de 61 mil preescolares en la región del Biobío sufren los efectos de la pobreza. Mientras algunas iniciativas tratan de contrarrestar las vulneraciones que sufren, sus madres luchan, entre otros males, contra la violencia de género en cuarentena. “Mi pareja se fue, se nos acabó la comida y viene el frío, ¿qué hago si mi hijo se contagia?”, se pregunta  Steffy Pérez (21), mamá de Liam.

Por Matías Concha P.

Steffi Pérez (21) llegó a Chile desde Maracaibo, Venezuela, luego de cruzar por tierra, Colombia, Ecuador y Perú, en compañía de su hijo Liam, de 2 años y 9 meses. Al  separarse de su pareja, quedó a la deriva en una precaria pensión para migrantes en Concepción. “Gracias a Dios encontré trabajo haciendo aseo, pero ahora con la pandemia me van a pagar la mitad de mi sueldo, unos 160 mil pesos, con eso espero pagar los 100 mil que me cobran por la pieza, también la locomoción y los remedios de Liam”. Le quedarán sólo 60 mil pesos para comer y vestirse.

El arduo viaje le pasó la cuenta a su hijo, quien llegó al país con síntomas de desnutrición. “Me vine con Liam escapando de la pobreza, pero pareciera que el hambre nos persigue, no sé si con esto de la pandemia pueda alimentarlo”. Afirma que por el alza de los alimentos, cada vez más gente busca comida en la basura. “Ahora conseguir comida es un lío, de alguna forma tengo que alimentar a mi hijo”, relata Steffi.

Un dato invisible es que en Chile más de 335 niños menores de 10 años están contagiados por Covid-19. La cifra es preocupante, si consideramos que muchos de ellos no tienen un adecuado acceso a la salud. En la región del Biobío, cerca de 200 mil menores pertenecen a los segmentos más pobres del territorio, lo que agrava aún más la situación.

En la zona, el Hogar de Cristo acoge a más de 300 niños en seis jardines y salas cuna. Su jefa de operación social, Daniela Sánchez, asegura que “se han sumado muchas familias migrantes que viven hacinadas, sin calefacción, en condiciones extremadamente precarias, lo que produce que estos niños estén mucho más expuestos a las enfermedades y a los contagios”. La sicóloga experta del Hogar de Cristo revela que “además de enfermarse mucho más que el resto, nuestros niños viven vulneraciones que los hacen depender del cuidado de organizaciones, jardines infantiles, fundaciones, que por la pandemia no están tan activas como antes”.

En el Biobío, más de 61 mil niños preescolares viven en situación de pobreza y Liam es parte de esa cifra. Su madre, Steffi, señala que “cuando uno sale de su país, se arriesga a vivir y trabajar en cualquier parte y, por no andar mendigando, uno acepta vivir así. Casi todas las que venimos a Chile somos mujeres solas con niños”, comenta.

La Oficina Local de la Niñez en Concepción (OLN) es un servicio de atención gratuito y voluntario que trabaja en la protección de los derechos de los niños más vulnerables. Su coordinadora, Andrea Saldaña, describe esta labor en medio de la cuarentena. “La urgencia de la pandemia nos ha llevado a entregar apoyo inmediato, haciendo videollamadas, contactos telefónicos, ayudándolos con trámites, entregando pañales, comida, también apoyo sicológico. Muchas de las familias están sobrepasadas, hablamos de 140 niños cuyas familias, en algunos casos, no tienen qué comer al día siguiente”.

Steffi forma parte del 23% de mujeres extranjeras que viven en situación de pobreza multidimensional; con precario acceso a la salud, a la educación, a la vivienda y al trabajo. Es decir, personas que, a pesar de tener un empleo, no les alcanza para cubrir sus necesidades básicas. “Si he sobrevivido hasta ahora es gracias al apoyo que me dan las tías del jardín del Hogar de Cristo que me entregan comida, me dicen dónde vacunar a Liam, vienen a ver cómo estamos. No sé qué haría sin ellas”, confiesa Steffi, emocionada.

La directora social del Servicio Jesuita a Migrantes, Michelle Viquez, analiza lo que ella define como un cruce de vulneraciones. “Las mujeres tienen un mayor riesgo de exclusión que los hombres: una podría ser de género, al hacerse cargo de responsabilidades que los hombres no asumen, como la crianza de los hijos, y otra, por ser migrante, que se refleja en la precariedad de la vivienda, del trabajo, del acceso a la salud”.

Cuarentena con un agresor

“Quédate en casa” es el mensaje que se repite para evitar el contagio, pero ¿qué sucede cuando el hogar no representa un lugar de protección? Esta situación se hace aún más compleja cuando las mujeres atrapadas con su agresor, se ven inmersas en contextos de pobreza que las obligan a postergar la propia vida por sus hijos.

“Estoy mejor, gracias a Dios “, dice tímidamente cuando le preguntamos cómo le va. Suspira y después de una pausa, continúa: “Yo sufrí violencia de mi actual pareja, inclusive llegamos a tribunales. Pero después, él tomó conciencia, comprendió que lo que me hacía estaba mal”, asegura María del Pilar, cuyo nombre fue modificado para proteger su identidad.

Revela que, con el estrés de la pandemia, el encierro y la falta de dinero, “la convivencia se está haciendo difícil de nuevo, pero con emergencia de salud todos dependemos de todos, no queda otra, no voy a dejar a mis hijos solos”.

El vínculo que existe entre pobreza y violencia de género es un problema que no tiene la atención que merece en nuestro país. Este escenario contrasta con la realidad tomando en cuenta que el 54,3% de los más pobres de Chile son mujeres. María del Pilar vive en un terreno con tres familias, donde hay un solo baño que comparte con otras 10 personas. “Es muy poco higiénico”, afirma. Pero comenta que no puede hacer nada, “ahora con la pandemia me quedé sin trabajo, no tenemos ingresos y mis tres niños necesitan un techo donde vivir, no podemos irnos”.

A mediados de marzo, ONU Mujeres advirtió que una de las consecuencias indeseadas del confinamiento era el aumento de la violencia de género. A esas alturas, el fenómeno ya estaba ocurriendo en China y Corea del Sur, además de países como Italia y Francia. “Seguramente lo vamos a ver, lamentablemente, en América Latina”, aseguró la organización internacional. Así ocurrió.

Los datos regionales dicen que el fono 1455 del Ministerio de la Mujer en el Biobío recibió 155 llamados durante marzo, 50% más que en febrero. Por esta razón, el Ministerio de la Mujer lanzó una iniciativa denominada “Mascarilla 19″ para que mujeres puedan alertar que son víctimas de violencia intrafamiliar.

La Seremi de la Mujer y Equidad de Género, Marissa Barro, explica en qué consiste esta iniciativa. “Esta campaña resulta de una alianza con grandes cadenas de farmacia, que incluye a las independientes y a las comunales. ¿En qué consiste? Cualquier mujer que esté sufriendo abuso, puede acercarse a una farmacia, decir la palabra clave (Mascarilla 19), y con solo el hecho de decirlo el dependiente que va a estar en la farmacia sabe a lo que ella va”, dice la autoridad regional.

María del Pilar asegura que muchas veces le cuestionan por qué ha aguantado los episodios de violencia. Ella dice que “la violencia de los machistas está en todas partes, pero para algunos sigue siendo un pecado haberla vivido”.

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