—Las redes sociales tienen algo que no tiene la vida real, entre comillas: tú puedes decir cosas sin tu nombre y apellido, sin tu foto, sin tu cara. Sobre todo en algunas redes, las personas pueden tomar una identidad distinta. Y eso muchas veces gatilla que tengan menos miedo a ser más violentos o a decir palabras más deshumanizantes contra las personas.
Incluso con nombre y apellido, estando detrás de una pantalla ya se sienten con mucha más libertad para decir algunas cosas. Eso fue lo que nos motivó a empezar a medir estos niveles de violencia y cómo se van moviendo con la contingencia, cómo una contingencia hace saltar un punto u otro. Actualmente estamos midiendo cuatro índices de violencia: hacia personas migrantes, mujeres, comunidades LGBTIQ+ y pueblo mapuche.
Estefanía Labrín es periodista de la Universidad de Chile, investigadora y coordinadora de proyectos de Interpreta, rama del joven Observatorio de la Democracia, una iniciativa que busca escuchar la conversación pública digital y detectar, entre otras cosas, los niveles de hostilidad hacia comunidades vulneradas.
—¿De qué manera miden algo tan difícil de evaluar como el odio?
—Creamos una escala en torno al nivel en que se exacerba el lenguaje, que llamamos escala de deshumanización. Tenemos cuatro etapas: los estereotipos, los insultos o la degradación, la deshumanización y, finalmente, la incitación a la violencia. Este último es un nivel mucho más alto de lenguaje. La diferencia entre una cosa y otra es importante. Porque deshumanizar es, en el fondo, dejar de reconocer la característica de humano del otro. Es omitir por completo eso y apelar, por ejemplo, a palabras que comparan a las personas con animales. Negarles derechos básicos también es una forma de deshumanización.

Vocera de Interpreta, que justamente interpreta los mensajes que circulan en redes sociales, es la periodista Estefanía Labrín.
—¿Cuál es el grupo que aparece más golpeado?
—Los migrantes. En nuestra última medición, dentro de la conversación digital ofensiva hacia ellos, un 5% está en el ámbito del estereotipo; un 71% está en el insulto o la degradación y un 24% llega directamente a la deshumanización. La incitación a la violencia está muy reducida en este grupo.
—Hay un caso particularmente brutal dentro de esa conversación: los venezolanos.
—Sí, el caso de Venezuela es muy brutal. Hay una sobrerrepresentación de discursos de violencia hacia migrantes que provienen de ese país. Nosotros tenemos una línea de tiempo donde uno puede ver cuándo suben y cuándo bajan estos niveles de violencia. Y hay algunos hitos que son muy claros. Cada vez que aparece una noticia sobre una organización delictual que está asociada tiene a una persona de esa nacionalidad dentro de su organización, esa noticia se amplifica y sube el indicador de violencia contra todas las personas de ese país.
Es un aumento enorme, dice Estefanía. Se nota mucho. No hay matices. Se amplifica el discurso muy violento hacia toda la nacionalidad venezolana, sin distinción. “Y aparecen palabras muy brutales que prefiero no replicar en este espacio.
—Un individuo termina representando a millones.
—Exactamente. Está esa cosa de “ellos versus nosotros”. De eso se trata esta conversación tan violenta. Siempre es un versus: ellos o nosotros. Cada vez que una persona inmigrante tiene algo, aparece la percepción de que se lo está quitando a un chileno. Esa idea está súper instalada y también está muy en la base del discurso violento que existe en redes sociales hacia la comunidad migrante y, en particular, hacia las personas migrantes desde Venezuela.
Muchas veces, hace notar Estefanía Labrín, ni siquiera estamos hablando de migrantes. Hay personas que ya son chilenas. Hijos de migrantes que nacieron en Chile son chilenos. Personas que tienen residencia y llevan muchos años viviendo acá tampoco aparecen diferenciadas en el lenguaje. No hay distinción ni sutileza.
—¿Qué pasa con otras comunidades?
—En el caso del pueblo mapuche tenemos un caso aparte. Ahí encontramos aproximadamente un 75% de insulto y un 25% directamente de incitación a la violencia. Y eso incluye llamados a intervenir militarmente, pero también aparecen palabras muy fuertes, como amenazas de desapariciones y cosas de ese tipo. Es el índice de hostilidad más alto en esa categoría.

Migrantes, en especial venezolanos, es el grupo más hostilizado en redes sociales. AGENCIA BLACKOUT
Cuenta que antes median los sentimientos respecto de los pueblos originarios en general, incluyendo en el grupo a los mapuche. Ahí, la hostilidad se diluía. La animadversión es específica contra el pueblo mapuche.
—¿Cómo son las reacciones frente a las personas LGBTIQ+?
—Es un tema muy presente y también aparece una descalificación muy generalizada, muy desde el prejuicio y desde el estereotipo. En nuestra última medición, el 96% de la conversación violenta hacia la comunidad LGBTIQ+ corresponde a insulto o degradación; un 3% a estereotipo y solamente un 1% a incitación a la violencia. Y hay algo muy loco que pasa: suele haber un lenguaje mucho más violento hacia esta comunidad cuando hay eventos deportivos. Yo anticipo que, por ejemplo, cuando se da un superclásico o un evento de esa categoría, aumenta la violencia en el lenguaje.
—¿Por qué un partido de fútbol podría aumentar la violencia contra una comunidad que ni siquiera está involucrada?
—Porque se utiliza lenguaje muy ofensivo para referirse a personas que no necesariamente son parte de la comunidad, como que sí lo fueran. Y no solamente aparece el insulto asociado a pertenecer a la comunidad, sino que se le suman un montón de otras palabras. Pasa también con la violencia contra las mujeres. Este tipo de eventos deportivos genera pequeños peaks.
De hecho, uno de los momentos más altos que tenemos en nuestra medición coincide con un fin de semana de deporte, con el Mundial.
Es tristemente interesante observar que estas cosas todavía pasan.
Las conversaciones digitales —si es que se les puede llamar así— también revelan desconocimiento e ignorancia. Por ejemplo, en el caso de la comunidad trans aparecen palabras asociadas a enfermedades médicas o a enfermedades de salud mental. Y no es una preocupación por la salud mental. Es un insulto. Eso es importante porque muestra que no estamos solamente frente a una diferencia de opinión. Hay un lenguaje que busca directamente degradar al otro.
El Observatorio de la Democracia no intenta averiguar qué piensa “la gente” como si las redes fueran una encuesta de opinión. Su metodología analiza la conversación digital visible en X y Facebook público, en una ventana determinada, y combina modelos de lenguaje con lectura cualitativa. En su primera medición, correspondiente al período entre el 23 de julio y el 5 de agosto de 2026, se analizaron más de 230 mil menciones ciudadanas sobre diez temas relevantes para la sociedad civil.
En la medición de hostilidad, las mujeres concentraron el mayor volumen de expresiones violentas, con 5.021, seguidas por migrantes, con 4.187; personas LGBTIQ+, con 784, y pueblo Mapuche, con 87. El dato sobre los mapuches, sin embargo, debe leerse con cautela por el bajo volumen de conversación.
—¿Qué sentido tiene escuchar tanta basura, tanto odio, tanta ignorancia?
—Nosotros creemos que sirve para alertar. Por ejemplo, algunas conclusiones que estamos sacando con esta temprana experimentación, como lo que ocurre con el deporte, pueden servir para que se tomen medidas y políticas públicas en el futuro. Sería bueno que los clubes supieran que esto ocurre en redes sociales cada vez que hay un partido grande y que se tomen acciones, que se hagan campañas comunicacionales.

Estefanía Labrín estuvo invitada al programa Ojos que sí ven, en radio Cooperativa.
Estefanía propone identificar patrones de comportamiento en la violencia digital nos sirve para que se tomen decisiones de política pública o incluso iniciativas privadas para prevenir estas cosas.
Afirma: “Si sabemos que aumenta, por ejemplo, el lenguaje violento hacia las mujeres en determinado contexto, entonces tomemos medidas cuando empiecen a aparecer esos contextos. Lo mismo en el caso de la migración. Quizás haya que tener formas distintas de comunicar cuando ocurren casos de delincuencia. No sé, se pueden aplicar distintas estrategias. Lo que nosotros queremos es poner estos datos a disposición”.
—¿Porque las redes, además de mostrar lo peor, también pueden funcionar como una alarma?
—Sí. Esa es la idea. Lo interesante es que estos datos no se queden solamente en decir “mira qué horrible lo que está diciendo la gente”. La pregunta es qué hacemos con eso. Porque si sabemos que algo está pasando, podemos actuar antes.