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Migrantes afirman que su hijo tiene más posibilidades en Chile que en República Dominicana

Ambos aterrizaron en Santiago hace un lustro. Ella con tres hijos y él con una hija. Se conocieron en una cita a ciegas y desde entonces no se separaron más. De su relación, nació Dilan de Jesús, su hijo de tres años, que hoy se educa en un jardín del Hogar de Cristo. En ese lugar, nos compartieron sus sueños.

 

Por María Luisa Galán

 

El clima de invierno fue lo primero que los impactó. Hasta lloraron de frío. Pero pronto se acostumbraron, estuvieron pocos días sin trabajo. Ella comenzó como asesora del hogar, puertas adentro. Él, lavando loza en un restaurante en el mercado Tirso de Molina, donde le pagaban 10 mil pesos diarios. Actualmente, la pareja vive con los tres hijos de Maritza, más Dilan, en Quilicura. La hija de Daniel está en República Dominicana. Él trabaja en Lampa cortando fierros, ella en una empresa de aseo. Cuando una amiga que les cuidaba a Dilan encontró trabajo, Maritza tuvo que comenzar una urgente búsqueda de jardín infantil. Pidió el día para hacer los trámites y encontró el Cardenal Raúl Silva Henríquez del Hogar de Cristo, en Quilicura, lugar donde hoy conversamos con ambos. Maritza comenta: “Yo encontré este lugar para Dilan. Primero fui a uno en la población Parinacota pero la directora me trató mal, se quedó con los documentos por puro quedárselos. Salí de ahí convencida de que no me iban a llamar nunca. Y así fue. En la tarde me acordé que había un jardín por aquí. Vine cuando ya era hora de irse, pero la tía Liliana me recibió igual y me inscribió. Hasta ahora me siento agradecida, me tratan muy bien a mi niño, aquí ha aprendido una inmensidad”.

Daniel, por su parte, se remonta al origen de su vida en Chile. A cuando resolvió dejar su país. Dice: “Migrar es una decisión que uno toma, a veces no muy bien, buscando una mejoría, para darle una mejor vida a su familia, y uno mismo también. Venir a Chile no se me ocurrió a mí, ‘me lo ocurrieron’. Por el terremoto de 2010, supe de Chile, pero no conocía de su historia, ni de su clima, ni de nada. Por eso hay tanto trabajo cuando uno llega acá, porque a uno le venden un sueño y cuando llegas, la realidad es otra cosa, a la cual uno tiene que adaptarse. Uno se queda un tiempo más, más y más hasta que, en mi caso, llegó Dilan”.

 

-¿Qué te contaron de Chile?

-Cuando decidí venir para acá, me decían que por haber pasado el terremoto había mucha oferta de empleo, que pagaban bien. Eran doce mil pesos diarios, pero pensaba que eran doce mil pesos dominicanos, y era mucha diferencia. Cuando conté que los doce mil equivalían a 20 dólares pensé ‘la embarré en la vuelta’.

 

– En general, ¿cómo han sido estos cinco años para ustedes en Chile?

-Duro. Hay que trabajar mucho y a veces los ingresos no son muy buenos. Como extranjero uno tiene un ingreso que tiene que alcanzara para todo, incluido el arriendo. Ha sido muy difícil, pero hemos luchado y tratado de salir adelante por la familia -responde Maritza.

 

-¿Los han discriminado, tenido malas experiencias?

Daniel se apura en responder:

A cada rato, pero uno tiene que adaptarse, porque eso no pasa sólo en Chile. He viajado a otros países y siempre hay gente buena y gente mala. Por lo menos, yo ya tengo ese conocimiento. A veces me agito, me altero y le digo a ella: ‘¿Por qué no me compro un pasaje y me voy a mi país? Ya no soporto más que me traten así’. Pero ella me dice que así es vivir en un país extranjero, y que no todos los chilenos son iguales, que no me desespere, que no me haga problemas. En República Dominicana nosotros somos tan buen gente con los extranjeros. Allá uno cree que son dioses,  uno se los quiere llevar para la casa, que duerman con uno, darles comida, enseñarles todo. Y acá te denigran tan fuerte, que sientes que eres como una basura. Pero también he encontrado gente maravillosa que me ha dado una mano y me ha dicho: ‘Cuenta conmigo para lo que sea’”.

 

-¿Cuál ha sido la expresión chilena que más les ha costado entender?

-Por ejemplo, a mí mi jefa me decía ‘perrito’ y yo pensaba: ¿Será por negro que me dice perro? Y un día le dije que no me gustaba que me tratara así. Me explicó que era de cariño. “Es porque te tengo aprecio, no es de mala onda. “¿Te puedo decir mi perrito?”. Le respondí que sí -cuenta Daniel.  Y se ríe cuando le hablamos de la guagua chilena, tan distinta de la dominicana, donde la palabra “guagua” significa bus. “Me he reído mucho con eso también. Una vez en la feria vi a una señora tejiendo una ropita de bebé y le dije: ‘¡Qué lindo, yo tengo una bebita que dejé en Dominicana’. Y ella respondió: ‘¡Ah, tiene una guagua!”. Y yo le contesto: ‘Sí, pero la vendí cuando vine a Chile’. Y ella me dijo horrorizada:‘ ¡La vendiste! ¡Vendiste a tu propia hija!’. Es que guagua en mi país quiere decir bus, y yo vendí uno que tenía para viajar para acá. Me ríe muchisimo cuando entendí el enredo.  ¡Qué palabra, cualquiera se confunde!

 

Daniel es más expresivo que Maritza, de manera que es él también quien toma la palabra cuando le preguntamos qué esperan para sus hijos. Que sean profesionales. Aunque nunca lleguen a serlo, ese es el sueño de todo padre, y es el nuestro también. Que tengan una buena vida, buenos fundamentos, buenos estudios. Que puedan hacer su vida y no tengan que depender de uno toda la vida”. Y finaliza diciendo que Dilan tiene más posibilidades de salir adelante aquí en Chile que en la ya lejana República Dominicana.

 

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