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Yvonne, la diva del Zanjón de la Aguada

La estadística dice que el 84% de las cerca de 15 mil personas que viven en situación de calle en Chile son hombres, pero anoche las mujeres éramos mayoría.

Por Ximena Torres Cautivo.

Las voluntarias del Hogar de Cristo María Inés Soto y Carmen Bernal son nuestras guías en la camioneta número 6. En ella emprendemos la ruta por San Miguel y San Joaquín, buscando a los más vulnerados entre los vulnerables, los que habitan a la intemperie, los que hacen de la nada su casa. Somos 9 mujeres y un hombre, el periodista Juan Andrés Quezada, quienes partimos con la intención de hacer menos fría la noche más larga del año, la que da inicio al invierno, para repartir parches que pueden ser salvavidas: sopa caliente, té, café, panes con queso y mortadela.

El difunto escritor Pedro Lemebel, en su libro “Zanjón de la Aguada”, llamó a esta zona de Santiago “el piojal de la pobreza chilena”. Lo conocía bien, porque nació allí, en esa “ribera de ciénaga, donde a fines de los años 40 se fueron instalando unas tablas, unas fonolas, unos cartones y como por arte de magia florecían entre las basuras las precarias casuchas que recibieron el nombre de callampas por la instantánea forma de tomarse un sitio clandestino en el opaco lodazal de la patria”.

Desde entonces ha corrido medio siglo bajo los puentes. Se han construido autopistas, vías segregadas, hay modernas luminarias, buen pavimento. “La ribera de ciénaga”, a la que los mapuches llamaban “Chuchunco”, ha sido canalizada y, con cierto cinismo, los entendidos llaman a esta avenida “la costanera de los pobres”.

Pero ninguna modernidad ha logrado impedir que Yvone Mary Pinto Rodríguez, de 42 años, y muchos otros como ella, encuentre en estas orillas inmundas una porción de suelo donde plantar sus banderas de soberanía. Se las disputan, eso sí, los guarenes. “Yo creo que fue un guarén el que me mordió”, nos explica, luego de saltar atléticamente la reja que aísla el zanjón de la vía rápida.

Amaya, Carmen Gloria, Tamara, Carola, Javiera y las monitora María y Carmen, rodeamos a Yvonne, que es menuda e histriónica. Viste un pantalón floreado, botas cortas, una polera y una parka delgada, muy precaria para el frío que apremia. Tiene el pelo muy corto y usa un coqueto gorro negro tejido, con el detalle de una flor rosada de lana en la visera. Se agacha y se levanta el pantalón para mostrar las mordidas que le dejó el ratón en una de sus pierna. Son dos heridas. Una se ve muy mal, probablemente está infectada. “No estoy segura que haya sido un guarén, pero en la noche, cuando duermo, los ratones me pasan por encima. A veces tengo que corretearlos a piedrazos”, me dice en un aparte, luego de los cantos, los abrazos y las emociones.

Carmen Gloria le celebró lo linda y la fotografió, Amaya le cantó un bolero, todas le celebramos sus reiterados “My God!” y compartimos la emoción de una sentida canción religiosa que interpretó, llorando.

Antes nos había conmovido con una suerte de histriónica letanía biográfica: “Yo he vivido la droga y quiero salir  de ella. Estuve en la fundación Puertas Adentro, entonces me sentía tan linda. Tenía las uñas largas y rojas. ¿Se fijaron cómo salté la reja? Tengo buen estado físico. My God! Hace 20 años que no veo a mi familia. Son de Valparaíso. Me da pena, mejor cambio el switch. Yo soy una persona tóxica, pero él era peor. ¿Les dije que me siento más o menos porque me mordió un guarén? Ando sin calcetines, porque tengo la pata hinchada. También tengo el hígado hinchado porque antes tomaba una colonia muy mala. Ahora tomo copete nomás. ¿Les canto? Cantar me tranquiliza. Grapaciaspias apa topodapas. Gracias a todas, porque supongo que no todas saben hablar jerigonza”, concluye, contando generosamente su vida.

María, la voluntaria del Hogar de Cristo, abraza a Yvonne. Le dice que volverá pasado mañana de nuevo y la llevará al consultorio. Yvonne es dócil y agradecida; María, amorosa como una madre. Dice que ha visto el deterioro de Yvonne en la calle. Que se conocen desde hace años. Que la ha visto adelgazar, envejecer y perder uno a uno sus dientes. María dice que la calle daña y mata, más a las mujeres que a los hombres. Y que la droga es una maldición.

 

 

 

 

 

 

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