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Blanca y Gastón: “Que sea lo que Dios quiera”

Blanca Contreras tiene 72 años. Gastón Zambrano, su compañero de vida, 74. Hasta hace unos días vivían en la cima de un cerro en Villa Penco. Una casa sencilla, levantada con años de esfuerzo en un terreno donde también estaban las tres casas de sus hijos. Hoy ese lugar es una franja de cenizas.
Por Matías Concha P.
Enero 21, 2026

El incendio llegó sin pedir permiso, explica Blanca.

—Yo andaba de paseo —dice—. A como media hora de aquí.

Gastón, su marido, estaba en el aniversario de la población, en la esquina de enfrente. El cielo empezó a ponerse rojo. El viento cambió. Y el fuego empezó a avanzar cerro abajo.

—Después me fui a la casa y ahí ya empezó el infierno.

A esa hora, Blanca estaba sola. Nadie de su familia más había llegado todavía. Entonces tomó una manguera y empezó a tirar agua como pudo.

—Yo tiraba agua para todas las casas, tenía dos mangueras y no dejaba de tirar agua para las tres casas de mis hijos.

El fuego venía rápido. Las pavesas caían sobre los techos. El humo entraba por las ventanas. El calor quemaba la piel. A esa altura ya no se escuchaban sirenas. Solo el crujido de la madera y el ruido del viento.

Su nieto llegó corriendo.

—Abuela, vámonos. Se va a quemar todo esto.

BLANCA NO QUERÍA IRSE

—Vamos a salvar las casas —le decía—. Yo no me muevo hasta salvar las casas.

Siguió mojando muros, cercos, árboles. Caminó para arriba y para abajo durante horas. Desesperada. Aferrada a la idea de que todavía se podía hacer algo.

—No paré hasta como las tres, las cuatro de la mañana. A las cinco todavía andaba para arriba y para abajo.

A esa hora, el fuego ya estaba encima. Su nieto, desesperado, la tomó en brazos y la obligó a dejar el terreno que fue su hogar por más de 30 años.

—Cerremos la puerta y nos vamos —le dijo al final a su nieto—. Que sea lo que Dios quiera.

Mientras corrían cerro abajo, Blanca alcanzó a ver cómo la casa de su vecino se quemaba. Después la de su hijo. Después la suya. En el incendio también murió su perrita. Se había escondido bajo la casa, en una bodega donde Blanca guardaba leña y palitos para el invierno.

—Hoy supe que falleció y me duele el alma.

Los dos caminaron sin rumbo. Sin saber a dónde ir. Blanca, su nieto y una nuera deambularon toda la noche en la calle. En la playa. En los paraderos. Esperando que amaneciera.

—Ya no teníamos casa —explica Blanca—. Así que dormirnos en el paradero. ¿A dónde íbamos a ir a esa hora?

LIRQUÉN DESPUÉS DEL FUEGO

Lo que vivieron Blanca y Gastón se repite en cientos de casas de Penco, Lirquén y Tomé. Barrios completos arrasados. Calles donde ya no quedan muros en pie. Familias que hoy barren cenizas donde ayer había una vida entera. En sectores como Villa Italia, Lord Cochrane y Vista Hermosa, la devastación es total. No hay cifras oficiales todavía, pero los propios vecinos hablan de más de mil viviendas destruidas.

Mientras esperan señales de reconstrucción, la comunidad se organiza sola. Limpian con palas prestadas. Retiran fierros retorcidos. Juntan clavos. Separan lo que quedó en pie de lo que ya no sirve.

Y ahí está también el Hogar de Cristo.

El trabajador social Víctor Jerez, responsable del programa de atención domiciliaria para personas mayores en la zona, recorre cerros, calles y pasajes desde que empezó la emergencia.

—Aquí la comunidad está actuando mucho más rápido que la institucionalidad —dice—. Son los vecinos los que no han parado de limpiar y despejar sus terrenos.

JUNTOS EN ACCIÓN

En estos días, el Hogar de Cristo activó #JuntosEnAcción, una campaña humanitaria para apoyar a familias damnificadas por los incendios. La urgencia en la “zona cero” es concreta: agua embotellada y herramientas para despejar lo que quedó.

Por eso, desde Santiago ya salió un primer envío: 20 mil litros de agua embotellada donada por Soprole y kits de remoción de escombros (carretillas, palas, chuzos y herramientas esenciales) para comunidades como Penco-Lirquén, donde hay personas mayores que lo perdieron todo.

Blanca lo mira desde la vereda donde hoy pasa las tardes. El sitio está limpio, despejado. No queda rastro de la casa. Solo un rectángulo de tierra negra.

—Aquí estaba la pieza —dice, apuntando al suelo—. Allá estaba la cocina. Y ahí, donde ve ese fierro, dormía mi perrita.

Se queda en silencio unos segundos.

—Es raro pararse donde uno vivió toda la vida y ver puro suelo.

A Gastón le cuesta quedarse quieto. Camina, mira, patea una lata aplastada.

—Yo creo que uno se salva por porfía —dice—. Por no rendirse. Pero después queda el vacío. Queda el cansancio. Y ahí es donde más se necesita ayuda.

YA NO TENÍAMOS NADA

Blanca asiente.

—La noche del incendio yo pensé que me iba a morir ahí mismo —dice—. Con el humo, con el calor. Yo soy asmática. Me ardían los pulmones. Y después, cuando ya no había casa, me senté en el paradero y recién ahí me di cuenta de que ya no teníamos nada.

No llora. No se quiebra. Habla con una calma que impresiona.

—A esta edad cuesta empezar de nuevo —dice—. Cuesta mucho.

Por eso, junto a la ayuda material, el Hogar de Cristo está trabajando para desplegar su Programa de Primera Respuesta, un dispositivo de apoyo social y contención emocional para familias damnificadas que enfrentan un proceso largo, incierto y agotador.

VOLVER A PARARSE

Hoy Gastón y Blanca duermen en casa de un familiar. Tienen ropa prestada. Comen lo que les dan. Agradecen todo.

—Pero una quiere volver a pararse —dice—. No quedarse esperando.

Gastón la mira.

—Mi vieja es fuerte —dice—. Siempre ha sido así.

Súmate a hashtag#JuntosEnAcción y contribuyamos, de manera concreta y colaborativa, a que más familias no enfrenten solas este desafío.

Si quieres contribuir con ayuda humanitaria ahora ya dona en la cuenta corriente 10.675.353 del banco BCI, RUT 81.496.800-6. O directamente en www.hogardecristo.cl