Franco Cisternas González (18) no se explica qué le pasó cuando decidió abandonar sus estudios de la noche a la mañana. Su actitud angustió a sus abuelos, quienes lo han criado desde pequeño y no sabían qué hacer.
“De un momento para otro, dije que no quería ir a la escuela. Estaba desmotivado, era la pandemia y me encerré en mi pieza; quizás eso influyó. Mis abuelos la pasaron muy mal, movieron cielo, mar y tierra para que yo retomara mis estudios. Sabían que, sin estudios, uno no es nada”.
“Me levantaba, tomaba desayuno, en una rutina muy aburrida. Desde niño he sido muy de estar con adultos; me llevo mejor con ellos. A lo mejor la crianza de los abuelos, que es distinta, tuvo algo que ver. Vivo con ellos desde pequeño”.

Cuenta que el antiguo Sename determinó que sus padres no estaban cumpliendo con el rol de enviarlo a la escuela, lo que constituía una grave vulneración de sus derechos. “Hubo un juicio y la tutela la obtuvieron mis abuelos, hasta el día de hoy”.
Es hijo único y en la casa de sus abuelos viven además una tía y su papá. “Yo con mi papá no tengo relación”, agrega.
Durante esos tres años que abandonó la escuela, Franco estuvo en varios programas de reinserción escolar, pero ninguno lograba sacarlo de su apatía y ensimismamiento. “Estuve en un programa que se llama PDE, de reinserción escolar, y uno de los tutores, de apellido alemán, llamado Hans, me llevó al colegio Padre Álvaro Lavín”.
La entrada al colegio de Súmate en Maipú lo cambió todo. Si bien fue matriculado para cursar quinto y sexto básico, rápidamente fue promovido ese mismo año a séptimo y octavo básico, ya que estaba en un nivel académico más avanzado. En resumen, en lugar de permanecer cuatro años en la escuela 2×1, la terminó en tres.
Su notable rendimiento académico lo hizo merecedor del premio Espíritu Padre Álvaro Lavín al egresar de cuarto medio. “Ese premio se entrega al mejor estudiante de la generación”, explica con orgullo.

Franco luce orgulloso su diploma el día de su graduación de cuarto medio.
Atribuye el haber podido ingresar a la Universidad de Las Américas, donde estudia Psicología, al excelente equipo pedagógico de la escuela.
“De los siete compañeros más cercanos que tuve, todos entramos a la universidad. Nada que decir: mis profesores fueron un siete. Nos llamaban si faltábamos a clases, se preocupaban en todo sentido de tu bienestar”.
-En principio quería estudiar Arquitectura, pero me di cuenta de que era mucha matemática y, aunque no me iba mal en ese ramo, desistí porque no era lo suficientemente bueno. Además, el campo laboral está muy malo. Me puse a pensar para qué era bueno y descubrí la sicología. Mis compañeros siempre acuden a mí para contarme sus problemas; soy bueno para escuchar.
Franco, en su primer mes de universidad, se encuentra en plena etapa de adaptación.
“Es mucha lectura y totalmente distinto a lo que era la escuela. Me tengo harta fe y estoy motivado”.
Sueña con tener una casa propia y formar su propia familia. Estuvo pololeando en el verano, pero la relación terminó.
“Los más felices con mi cambio son mis abuelos; ahora están más tranquilos respecto de mi futuro”.
Franco quiere dedicarse al área de la educación y la infancia. “Todo viene de la casa y después eso se replica afuera; basta ver los episodios de violencia que se están dando en las escuelas. Hace falta entregar muchas más ayudas a las familias, en especial a aquellas que tienen problemas”.
Su propia experiencia de vida se lo ha enseñado.
APORTA PARA QUE MÁS PERSONAS COMO FRANCO PUEDAN VOLVER A ESTUDIAR