Jaime Santander (71) se sabe guapo.
Tiene los ojos azules, facciones armoniosas, el pelo blanco y un afeitado de esos de cada tres días que le dan un look cuidado, pero juvenil al mismo tiempo.
Hoy andaba en Florida, una comuna del Gran Concepción: peinado, perfumado y con los zapatos bien lustrados. Lo habían invitado sus nietos, su nuera y su hijo a almorzar a la parcela que tienen en esa comuna. Esa familia entrañable que los voraces incendios forestales de enero, en la zona costera del Biobío, le devolvieron.
Hace un par de meses habíamos reconstruido su historia. Ahora la escuchamos in situ y de su propia boca.

Dentro de su casa nueva, Jaime reflexiona en profundidad sobre lo que fue su vida y sobre lo que es hoy.
Antes supimos que este integrante del servicio de apoyo domiciliario para personas mayores que Hogar de Cristo tiene en Penco había sido apoyado por Match Solidario. A través de esa plataforma online, un grupo de voluntarios le había financiado y mejorado el interior de la modesta pieza donde vivía: pintaron las paredes, taparon agujeros y rendijas por donde se colaba el viento.
“Se la dejaron linda. Él estaba feliz. Eso fue en diciembre pasado, para Navidad”, cuenta Víctor Jerez, jefe de ese servicio social que atiende a 60 adultos mayores en pobreza y abandono.
Víctor, que claramente a estas alturas es amigo íntimo de Jaime, como trabajador social —y desde que lo conoce— hizo todos los esfuerzos posibles por acercarlo a su familia, por revincularlo con sus figuras significativas.
Pero no hubo caso.
Sus cinco hijos lo rechazaban por una larga historia de alcoholismo que les oscureció la infancia y la juventud. Siendo adultos, ya no querían saber de él.
Jaime vive en completa abstinencia desde hace 12 años, pero esa condición no lograba borrar los malos recuerdos ni la frustración de sus hijos. Él los entiende. Y pagaba su culpa en soledad.
Vivía confinado a esa pieza que le arreglaron los voluntarios de Match Solidario, arrinconada al fondo del garaje de la casa que tiene su hermano en el sitio familiar de la población Arturo Prat.
Estas situaciones de terrenos comunes, heredados por varios familiares —en que suele no haber una posesión efectiva— propician el allegamiento y el hacinamiento. Es lo más común del paisaje en los cerros de Lirquén y Penco que hemos estado visitando: varias ramas de un mismo árbol reconstruyendo, de acuerdo a sus posibilidades, en el sitio común.
“La noche del sábado 19 de enero pasado, la mediagua rehabilitada gracias a Match Solidario fue una de las 20 viviendas de las 60 personas mayores vinculadas al Hogar de Cristo que quedaron reducidas a cenizas en los incendios que afectaron la zona ese aciago fin de semana”, escribimos hace unos meses.
Y citamos la certera reflexión del trabajador social Víctor Jerez, cuando nos dijo: “Todas las mejoras que hicimos desaparecieron a causa del incendio. Se le quemó todo. Pero en este caso se dio una contradicción virtuosa: a partir de un gran mal, se produjo un gran bien”.
Uno de sus hijos, el que vivía con su familia en la comuna de Florida, vio la cobertura televisiva del incendio y, alentado por su mujer, salió en busca de su padre, temiendo lo peor.
Lo encontraron por la mañana. Y la renuente reconciliación, que tomó tantos años, se produjo.
—Usted no sabe, señorita, lo que significa que hoy mis nietos me llamen “tata Jaime”, que me ofrezcan ayuda. Que se interesen, se entretengan y lo pasen bien conmigo.

Jaime Santander con Víctor Jerez del Hogar de Cristo y un vecino al que quiere como su fuera un nieto. Quizás suplía a los reales, que son mucho mayores.
Lo visitamos en su flamante casa. No es una vivienda de emergencia Senapred ni tampoco es de Techo. Fue financiada enteramente por ese hijo que, junto a su propia familia, decidió recuperar el lazo con su padre y ponerse manos a la obra, todos juntos, para que no pasara penurias durante el invierno.
—Primeramente, me ofrecieron irme a vivir con ellos. Mi hijo tiene una parcela, donde hay varias casas, allá en Florida. Pero yo estoy acostumbrado a mi libertad. Me negué y ellos entendieron y, sin más vueltas, compraron los materiales y nos pusimos a construir.
Ahora estamos bajo ese flamante techo, donde hay un espacio de living, cocina y comedor y otro, separado por una pared y una puerta, donde está su dormitorio. Un pequeño baño completa lo que hoy, con mucho orgullo, Jaime llama “mi casa. Antes tenía una pieza, ahora tengo una casa”.
Sentados en sillas y mesas nuevas, junto a un flamante refrigerador, Jaime agradece a Jeannette, su nuera.
—Ella es una gran persona. Yo no la había descubierto en sus grandes virtudes. Es mucho más que una nuera: yo hoy la veo como mi hija segunda. Y qué le puedo decir de mis nietos. Mi único deseo es que ellos nunca vayan a pasar lo que, por mi propia voluntad, yo pasé. Dios quiera que nunca vivan algo así.
Jaime habla del machismo, las bravatas, el torpe orgullo de sus amigotes de borrachera que lo alejaron de sus hijos. “Son espaciosdonde desaparece el afecto”, afirma, secándose las lágrimas y volviendo a compartir la emoción que le produce que sus nietos le digan “tata Jaime” y le ofrezcan ayuda.
—¿Estás reconciliándote con el valor de la familia?
—Eso es lo que estoy haciendo ahora: demostrando el valor de la familia en cada paso que doy, porque muchas veces uno pierde lo más importante aferrándose a malas amistades. Eso me perdió y ahora estoy recuperando lo perdido.
—En tu caso, la tragedia del incendio terminó siendo virtuosa, porque te acercó a tu hijo y a su familia.
—Sí, sí. En mi caso fue muy ganancioso, porque hoy digo “mi casa” con orgullo; ya no digo mi pieza. Pero lo más importante de todo fue haber recuperado a mi hijo, a mi nuera, a mis nietos. Eso es lo más valioso, lo que no se paga con una moneda.
—¿Sueñas con que tus otros cuatro hijos vuelvan a aceptarte?
—Mire, yo anhelo poder abrazar a mis otros nietos, a mis hijos, pero si se da, se da. Yo no los voy a buscar, porque eso sería como obligarlos. Si yo tomo la iniciativa, va a ser un cariño forzado, y el cariño a la fuerza no tiene valor.