“Devolver al padre perdido”. Ese es el lema de la Corporación Mañana, creada en 2012 por Agustín Edwards. El director de El Mercurio murió cinco años después, en 2017. Hoy la entidad es presidida por su hija Isabel Edwards, dirigida por Katharina Kastowsky y mantiene el objetivo de su fundador: “El desarrollo integral de hombres rehabilitados del consumo problemático de drogas, en situación de alta vulnerabilidad social, a través de una experiencia emocional correctiva que transforma sus vidas y los reconecta con sus hijos”.
Con una residencia en Ñuñoa, la corporación atiende gratuitamente y durante al menos 12 meses a hombres que han completado un proceso de rehabilitación por consumo problemático. La residencia corresponde a una VAIS (Vivienda de Apoyo a la Integración Social), programa financiado parcialmente por el Estado a través de SENDA.
En el programa Ojos que Sí Ven, que Hogar de Cristo realiza en alianza con Radio Cooperativa cada sábado a las 11:30 horas, su gerenta general Katharina Kastowsky explicó en detalle cómo trabajan y los resultados que han obtenido.

La gerente general de Corporación Mañana estuvo en Ojos que Sí Ven explicando qué significa su lema: Devolver al padre perdido
—Nosotros no hacemos rehabilitación del consumo problemático. Atendemos a personas que recién egresan de un proceso terapéutico. Cuando salen de ese programa, normalmente vuelven a los lugares donde consumieron y persiste la tentación de la droga. Regresan a sus barrios, a sus familias, a sus entornos; muchas veces no tienen oportunidades laborales ni estudios. En suma, es muy fácil que recaigan.
La recaída suele producirse dentro de los tres primeros meses posteriores al egreso. Evitar que eso ocurra es precisamente el objetivo de Corporación Mañana.
—Buscamos cumplir con lo que inspiraba a nuestro fundador: entregar oportunidades reales y transformar vidas.

Katharina de Corporación Mañana con Jorge Lira y Ximena Torres Cautivo en el locutorio de Cooperativa.
—Llama la atención que el consumo y la rehabilitación interesaran a Agustín Edwards, quien públicamente se relacionaba más con las élites que con las personas en situación de pobreza, precisamente quienes enfrentan mayores dificultades para salir de una adicción.
—Lamentablemente, cada día crece la cantidad de personas con consumo problemático. El narcotráfico y el aumento de la delincuencia son fenómenos que nos impactan a todos de manera transversal. Don Agustín conoció esta realidad en distintos estratos sociales, pero diría que en los últimos 20 años de su vida participó muy activamente en instituciones como el Hogar de Cristo y conoció a muchos jóvenes con problemas de consumo. Con muchos de ellos estableció una relación de apoyo en distintos niveles. De hecho, hoy uno de los directores de nuestra corporación fue uno de esos jóvenes con los que se encontró don Agustín.
Ese interés lo llevó a conocer en el extranjero un modelo pionero que podía replicarse en Chile para evitar la recaída y facilitar la reinserción social de quienes habían completado un tratamiento.
—Hablas de las halfway houses, las llamadas casas de medio camino. ¿Podrías explicar en qué consisten?
—Exactamente. La expresión halfway house representa muy bien lo que hacemos: somos un puente hacia una nueva oportunidad en la vida. Acogemos a hombres que ya han sido dados de alta por el sistema público o privado. Deben estar en abstinencia y dispuestos a compartir con otros en esta vivienda de integración social, buscar trabajo, trabajar y volver a aprender a convivir.
Las cifras oficiales indican que alrededor de 700 mil hombres presentan consumo problemático de drogas en Chile. Eso corresponde al 70% del millón de personas que consume. La tasa de prevalencia en mujeres es menor (30%), aunque ha ido aumentado en los últimos años. Lo más grave es que de ese universo de 700 mil hombres apenas 17 mil acceden cada año a un tratamiento efectivo, lo que evidencia una profunda y persistente brecha en salud mental y rehabilitación de adicciones. Y eso que ellos cuentan con mucha mayor asistencia estatal en esta materia.
Igualmente, dentro de ese reducido margen es donde trabaja Corporación Mañana.
—Nuestra cobertura es pequeña, pero el programa se ha sostenido en el tiempo y, además, fue la base de las VAIS, una política pública que ha demostrado ser efectiva.
Pese a esa efectividad, existen VAIS en apenas 8 regiones del país.
Katharina explica que ellos tenían dos, pero que a causa de la pandemia debieron cerrar una que no han vuelto a abrir.
-Nosotros partimos como una experiencia piloto. Logramos generar evidencia técnica que validaba con resultados el programa y, año a año, seguimos demostrando que funciona y haciendo adecuaciones para perfeccionarlo.
Cuenta que en 2014 agregaron como componente técnico del modelo la formación parental positiva, que es, sin duda, lo más novedoso y positivo de su quehacer.
-Se trata de entregar a estos hombres las herramientas para ser buenos padres. ¿Cómo aprendiste tú a ser madre? ¿Y él a ser padre? Probablemente tu referencia fue tu historia personal. Por eso, las personas con las que nosotros trabajamos la tienen tan difícil y aprender a ser padres les es de tanta utilidad.
Y nos cuenta el caso de Omar.
-Omar hoy tiene 50 años, ya es abuelo; eso es común a nuestros participantes. Han sido papás muy precozmente. A los 7 años, Omar dejó su casa. Su padre ejercía tal nivel de violencia sobre él, que, desde su inocencia, sintió que si seguía ahí, cualquier día lo mataría. En la calle, lo único que vivió fue más violencia, con todo lo asociado a ella, incluido el consumo.
Omar se refugió en el cementerio, al que consideraba su hogar y donde aprendió las bases de la jardinería. Ahí creció, se hizo hombre, tuvo hijos con distintas mujeres e hizo del consumo su muleta. Hace un par de años, después de tres tratamientos de rehabilitación en drogas, llegó a Corporación Mañana.
-Realmente había tocado fondo. Al conocerlo, yo me preguntaba cómo con todo lo que ha vivido este hombre sigue en pie. Cómo sigue vivo. En nuestra casa, Omar empezó a interesarse en convertirse en un buen padre para esos hijos que apenas conocía. Es un proceso súper complejo que requiere soporte permanente. Construir ese vínculo no sólo afirma su autoestima, sino que ayuda mucho a los hijos también. Reconocer en esa figura tan dañina al padre perdido es algo invaluable.
Omar es uno de los muchos hombres que han llegado a la residencia de Corporación Mañana después de una vida marcada por el abandono, la violencia y el consumo problemático de drogas. Su historia resume el propósito más profundo de la institución: no sólo mantener la abstinencia, sino recuperar los vínculos que alguna vez parecieron irremediablemente perdidos.
—Eso es devolver al padre perdido. ¿Cuántos padres han logrado recuperar?
—Es difícil responderlo sólo con una cifra, porque nuestro programa está hecho a la medida de cada persona. No trabajamos con un formato rígido o institucionalizado. Cada hombre llega con una historia, capacidades y heridas distintas, y nuestro desafío es descubrir sus fortalezas y construir, junto a él, un proyecto de vida.

Por lo general, los beneficiarios de Corporación Mañana han tenido una figura paterna violenta o inexistente. ¿Como aprenden ellos a ser padres?
Katharina explica que el trabajo comienza por reconocer aquello que los participantes ya saben hacer, aunque muchas veces nunca lo hayan valorado como una habilidad.
—El equipo técnico identifica sus competencias y les muestra que tienen más oportunidades de las que creen. Les decimos: “Con estas capacidades podemos mejorar aquí y aquí, y quizás podrías desempeñarte en estas otras áreas”. Ahí empieza el cambio. La persona vuelve a permitirse soñar.
Así ocurrió con Omar. Lo que había aprendido en la calle como jardinero terminó transformándose en una posibilidad laboral concreta.
—Cuando le das una oportunidad a alguien y logra visualizar un futuro, instalas esperanza. Y es justamente desde esa esperanza que puede comenzar una transformación real.
Pero la recuperación laboral es sólo una parte del proceso. El otro gran objetivo es reconstruir la relación con sus hijos.
—Desde el enfoque de parentalidad positiva sabemos que recuperar ese vínculo tiene enormes beneficios. Este hombre empieza a verse desde un lugar que muchas veces nunca conoció: el de alguien importante para otro. Eso fortalece su autoestima, pero también su sentido de responsabilidad.
Como dijimos, la transformación alcanza también a los hijos, que muchas veces crecieron con una imagen dolorosa o ausente de sus padres.
—Que un hijo pueda volver a mirar a ese hombre y descubrir que hoy es una persona distinta, que se mantiene en abstinencia y se hace cargo de su historia, tiene un valor enorme.
Katharina Kastowsky precisa que, a diferencia de otros modelos de intervención, Corporación Mañana trabaja con hombres que ya han completado un tratamiento y que ingresan voluntariamente al programa en condición de abstinencia.
—Una persona que ha tenido un consumo problemático siempre tendrá que cuidar esa condición. Lo que se consigue es mantener la abstinencia y desarrollar herramientas para sostenerla. En una casa donde conviven varias personas es fundamental que exista un marco de respeto, normas claras y un compromiso común.
La residencia tiene una duración aproximada de doce meses, un período que permite a cada participante construir un itinerario personal hacia la autonomía.
—Es importante que ellos sepan que este espacio es transitorio y que durante este tiempo deben desarrollar su propio proyecto de vida.
El acceso es gratuito y está destinado principalmente a hombres que no cuentan con redes familiares o una alternativa habitacional.
—Quien postula entiende que llega a un lugar donde tendrá derechos, pero también deberes. Es un compromiso con su proceso y con la convivencia con los demás.
Con los años, Katharina ha sido testigo de historias que demuestran el alcance de ese trabajo.
—Me emociona ver a personas que llegaron sin vínculo con sus hijos y que años después vuelven a visitarnos acompañados de ellos. Algunos recuperaron a su pareja, formaron una familia, tienen su casa, su trabajo. Alcanzaron una vida que nunca imaginaron posible.
La residencia de Ñuñoa funciona como una verdadera casa. Allí viven un máximo de siete personas, precisamente para conservar un ambiente de hogar y no de institución.
Los fines de semana, muchos reciben la visita de sus hijos. Desayunan juntos, juegan en el jardín, salen a caminar por el barrio y comparten escenas cotidianas que para muchos de esos niños y padres habían sido inimaginables.
—Cuando les muestras a ellos y a sus hijos que la vida puede ser distinta, nuevamente estás instalando esperanza.
Aunque existen viviendas de apoyo a la integración social para mujeres, Corporación Mañana se ha especializado en el trabajo con hombres y en los desafíos específicos que presenta su salud mental.
—Muchas veces los hombres no buscan ayuda o no hablan de sus problemas. Por eso creemos que trabajar su salud mental no sólo cambia su vida: también mejora la de sus hijos y su entorno.
Quizás esa sea la mejor forma de medir los resultados de un programa como éste: no sólo por los hombres que dejan atrás el consumo, sino por las familias que vuelven a encontrarse.