Esa mañana, la neblina casi no dejaba ver. Linares amaneció blanca, fría, con una humedad que obligaba a caminar más lento y volvía urgente cualquier cosa caliente. En ese escenario, Liliana Cortés, directora nacional social de Hogar de Cristo, acompañó en terreno al equipo del nuevo Servicio de Apoyo Territorial para Personas en Situación de Calle.
En plena Alameda Valentín Letelier, el equipo —integrado por una psicóloga, dos trabajadoras sociales y un estudiante en práctica de la misma carrera— se instaló como lo hace cada martes y jueves. Con una mesa plegable, sillas, termos, alimentación, ropa de abrigo, kits de higiene y, sobre todo, tiempo para escuchar. Porque este servicio no solo entrega ayuda inmediata. También acompaña procesos de salud, entrega apoyo psicosocial, coordina auxilio médico cuando se requiere y gestiona traslados a albergues seguros cuando una persona lo necesita.

—Es un trabajo lento, de mucha perseverancia. Pero cuando uno ve que acá todos se conocen, se cuidan y se ofrecen ayuda, ropa o alimento, entiende que este es exactamente el lugar donde el Hogar de Cristo tiene que estar —asegura Liliana Cortés.
El programa partió en octubre del año pasado y ya es un hito para Linares, y para varias otras ciudades del país. Es parte de la nueva estrategia social de Hogar de Cristo, que busca levantar servicios más flexibles, móviles y adaptables.
—La gente ve el tecito o el cafecito, pero nosotros estamos acá para algo más profundo: para instalarnos, para que nos reconozcan, para vincularnos y generar redes de apoyo. Al principio fue difícil, pero de a poco nos ganamos este espacio —cuenta Roxana Rebolledo, jefa de unidad de Hogar de Cristo en San Javier y Linares.
—Al principio nos decían que este era un punto peligroso de la ciudad, que no iba a ser posible. Pero la experiencia nos ha demostrado lo contrario: han sido las propias personas que llegan al servicio las que cuidan este lugar y lo han convertido en un espacio seguro. También pasó con los carritos ambulantes. Al comienzo nos miraban con desconfianza, pensaban que podíamos espantarles la clientela. Era un prejuicio. Hoy no solo nos aceptan: también nos ayudan.
Esa red, en Linares, tiene nombres concretos.
Alejandra Riquelme (40) llegó esa mañana junto a su pareja. Su hijo, Ezequiel (9) no pudo acompañarlos porque estaba enfermo. Los tres viven en una pieza que pagan día a día. Son 12 mil pesos diarios. Para juntarlos, Alejandra y su marido salen a vender parches curita y flores de goma eva.
—Nos han ayudado a ordenar nuestros papeles. Además, con materiales para el colegio, con remedios. Incluso nos han comprado florcitas para que podamos juntar las doce lucas del día. Para nosotros el día a día es un estrés permanente: no nos podemos enfermar, no nos puede pasar nada, porque pase lo que pase tenemos que llegar a esas doce lucas. Si no, volvemos a la calle.

Eso sucedió la semana pasada, cuando les pidieron la pieza. Alejandra acudió al servicio con la urgencia encima: necesitaban encontrar otro lugar, rápido, pero no sabían por dónde partir.
Ahí el equipo se movió con ellos. Preguntaron, buscaron datos, activaron contactos, revisaron alternativas más baratas y los acompañaron en una gestión que para cualquier persona ya es difícil, pero que se vuelve mucho más dura cuando se vive al día.
—A veces no nos alcanza ni para comer. Por eso igual damos las gracias al Hogar de Cristo y a otras organizaciones que dan comida. Porque por lo menos estamos con nuestro hijo debajo de un techo, que es lo más importante —dice Alejandra.
Jorge Lara Brito (48) es ciego. En el Servicio de Apoyo Territorial de Linares, lo ayudan con trámites, papeles y desayuno. Pero también encuentra algo que en la calle escasea: un lugar donde puede conversar sin miedo.
—Acá es donde socializo, donde comparto tranquilo con otras personas. Estando en la calle y siendo ciego, a uno lo pueden tratar de hacer leso, le pueden robar o le pueden hacer algo.
Jorge no exagera. Dice que, para una persona ciega, la calle no es peligrosa a ratos. Es peligrosa todo el día.
—Uno corre peligro 24/7. Cruzar una calle ya es un logro. Ir al baño también. A veces me pierdo y pregunto dónde estoy, pero nadie me contesta. La mente se cansa, porque la cabeza trabaja el doble: memorizando, buscando lugares, tratando de encontrar un baño público o algo para comer. Es una forma de vivir muy distinta, muy compleja. Pero aun así he sobrevivido.

—¿Cómo llegaste al Servicio de Hogar de Cristo?
—Como casi todo en mi vida, preguntando y chocando. Acá he descubierto una nueva forma de estar. Son dos días a la semana que me relajo, me siento, me conversan, me responden, no tengo que andar perdido.
Lo que Jorge llama “relajarse” no es menor. Para una persona que vive en la calle, y más todavía para alguien que no ve, sentarse sin miedo ya es una forma de descanso. Por eso este servicio no se mide solo por el café que entrega o por los trámites que ayuda a ordenar. Se mide también por algo más difícil: la confianza que logra construir para sus 20 participantes.
“El Servicio”, como lo llaman ellos, es una de las grandes apuestas de Hogar de Cristo. Ya está presente en Rancagua, Talca, Linares, Chillán, Temuco y La Serena, y proyecta seguir expandiéndose por el país.
—Lo que vemos acá confirma algo que para nosotros es central: el Hogar de Cristo no puede esperar que las personas lleguen a pedir ayuda cuando muchas veces ya perdieron la confianza, la salud, las redes y hasta la costumbre de ser escuchadas. Tenemos que ir donde están. La pobreza más dura hoy no siempre entra por una puerta ni cabe en un programa rígido. Por eso esta nueva estrategia busca servicios más móviles, flexibles y conectados con el territorio—dice Liliana Cortés.

Jorge es, de alguna manera, la explicación viva de esa frase. Porque para alguien que vive en la calle y además no ve, pedir ayuda no es simplemente acercarse a una oficina o tocar una puerta. Es también encontrar un lugar donde descansar, aunque sea un rato, de tener que arreglárselas solo.
Hasta los 23 años pudo ver bien. A los 40 quedó completamente ciego. Lleva ocho años en “la oscuridad”, como él mismo la define. La ceguera lo hundió en una depresión profunda, que después derivó en consumo de alcohol, calle y vacío. “Por eso perdí a mi familia”, explica.
Dice que extraña ver, claro. Pero que lo más duro no ha sido dejar de ver las cosas, sino dejar de hacerlas.
—Más que echar de menos lo que veía, extraño lo que hacía: pescar, ver televisión, andar en bicicleta, mirar a la gente, ver crecer a los niños. Mi sueño es poder volver a mis hijas. Yo las pude ver solo hasta cierta edad. No las pude ver crecer. Hoy tienen 22 y 23 años, y me perdí conocerlas como mujeres. No sé cómo son. Solo escucho sus voces.
En Linares, donde el registro identifica cerca de 200 personas en situación de calle, la mesa de la Alameda no promete resolverlo todo. Hace algo más urgente: ofrece orientación, compañía, un lugar seguro, alguien que responde cuando otro pregunta. Para Jorge, que muchas veces camina sin que nadie le conteste, esa diferencia pesa.

Y esa es también la lógica del servicio: no instalarse por costumbre, sino moverse según cambie la urgencia. En el Maule, la situación de calle no está concentrada en una sola comuna: Curicó registra 471 personas; Talca, 466; Molina, 76; Cauquenes, 33; y San Javier, 30, además de casos en Constitución, Romeral y Longaví.
—Ojalá se queden mucho tiempo, acá me siento tranquilo. Para los que estamos en la calle esto es necesario. Acá converso, me escuchan, me dicen dónde están las calles y me abrigan. Y eso, para uno, vale la vida.