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Carlos Esmar: “Quiero mirar a mi hijo a los ojos y contarle la verdad”

Pasó seis años en situación de calle, atravesó periodos de consumo problemático y estuvo privado de libertad. Hoy, a los 35 años, Carlos trabaja en la construcción, retomó sus estudios y busca consolidar una familia. Su mayor deseo sigue pendiente: reencontrarse con el hijo que dejó de ver cuando era pequeño y contarle su historia sin esconder los errores.
Por Matías Concha P.
Agosto 12, 2026

Carlos Esmar mide sus sueños con cuidado. Primero nombra una casa, un negocio propio y una familia. Después se frena, como si aspirar a demasiado pudiera poner en riesgo lo que ya consiguió. “No aspiro a mucho, porque sería como soñar demasiado. Intento soñar con lo que tengo a mano”.

Hoy a los 35 años, vive junto a su pareja, trabaja como jornal en la construcción y está cursando primero y segundo medio. Espera que le renueven el contrato y que la empresa le permita realizar un curso de trabajo en altura. Con esa capacitación podría desempeñarse como “andamiero”, aumentar sus ingresos y acercarse a una estabilidad que durante mucho tiempo pareció imposible.

SEIS AÑOS EN LA CALLE

Hace algunos años su vida era completamente distinta. Carlos pasó seis años en situación de calle. Antes estuvo privado de libertad en más de una oportunidad, en condenas breves. Cuando salió por última vez, no tenía una casa donde volver, un trabajo estable ni una red familiar capaz de sostenerlo.

—Salí directamente a la calle, mis conocidos y mi familia nunca quisieron saber más de mí. Después vinieron las drogas, la destrucción y todo lo demás.

Su padre también vivía en situación de calle y enfrentaba problemas de adicción. Su madre había reconstruido su propia vida y sus hermanos estaban concentrados en sus familias. Cuando le pregunto quién lo acompañó durante esos años, responde sin rodeos: “Solo yo con Dios”.

La caída, en realidad, había comenzado mucho antes de que Carlos llegara a la calle. Era muy joven cuando nació su hijo y ya estaba atrapado en el consumo de drogas y los delitos. Poco después terminó la relación con la madre del niño y comenzó a perder también el vínculo con su hijo. No haber sido el padre que quería ser, y descubrir que estaba repitiendo la historia de su propio padre, le dejó una culpa que no supo enfrentar.

—Estar preso, consumir hasta borrarme, cargar con la rabia y la vergüenza de no haber sido un buen papá, y sentir que estaba repitiendo mi propia historia, me fue hundiendo cada vez más. Sé que habrá gente que lo escuche y piense: “¿Por qué se victimiza?”. No se trata de eso. Es difícil de explicar: todos queremos estar mejor, pero a veces no damos la talla. Eso me llevó a la calle: yo mismo.

EN CADA PERSONA HAY UNA HISTORIA

La calle, cuenta, no fue únicamente dormir a la intemperie. Fue convivir con el hambre, el frío, la violencia, las drogas y una soledad que se volvía más pesada durante las noches.

—Lo único que quieres es que alguien te escuche o te apoye. La gente siempre critica y cuesta mucho cuando sientes que el sistema tampoco te ayuda. Uno quiere autodestruirse. Quiere morirse, aunque no tiene el valor para matarse. Entonces lo hace lentamente: con drogas, con alcohol, dejándose estar.

En esos años conoció a personas con historias muy distintas. Una de ellas, recuerda, era un profesor que había perdido a toda su familia en un accidente automovilístico. El hombre tomaba para soportar esa ausencia. Escucharlo no borró el dolor de Carlos por su hijo. Le mostró que debajo de cada persona que dormía en la calle existía una historia por la que los demás rara vez preguntaban.

—Yo estaba llorando porque no veía a mi hijo. Cuando él me contó su historia pensé que siempre puede haber alguien cargando algo todavía más terrible.

VOLER A ESTUDIAR Y VOLVER A CONFIAR

Carlos habla constantemente de Dios, aunque no presenta la fe como una solución mágica. Sabe que las adicciones dejan huellas y que la recuperación exige sostener una lucha diaria. “Cuando conoces a Cristo cambia tu forma de pensar. El cuerpo igual te pide aquello a lo que lo acostumbraste. Ahí está la lucha”.

Hoy trabaja en la construcción y retomó los estudios que había abandonado. Reconoce que volver a una sala después de tantos años es difícil, especialmente cuando debe combinar las clases con el trabajo y las preocupaciones económicas.

—Cuesta volver a estudiar, aunque darme una oportunidad es justamente lo que nunca había hecho. Ya no tengo nada que perder; al contrario, este es mi momento de cambiar mi historia, de no repetir la vida de mi papá y de convertirme, por fin, en quien yo quiero ser.

También está reconstruyendo una vida familiar. Hace nueve meses conoció a su actual pareja, quien tiene una hija de seis años. Carlos cuenta que ha asumido responsabilidades dentro de esa familia y que desea convertirse en una presencia estable para ambas. “Quiero que sepan que estoy luchando por esto, cuidando a mi pareja y haciéndome responsable de la niña”.

El acompañamiento de Hogar de Cristo, explica, ha consistido principalmente en orientación, apoyo en trámites y seguimiento de sus metas. Él insiste en que no acostumbra pedir cosas y que su prioridad es conseguirlas mediante el trabajo. “Me dan consejos y me ayudan con mis logros. Sigo en el programa. Mi meta es tener mi negocio propio, porque soy buen comerciante, una casa y mi familia”.

UN TEMA PENDIENTE

Su hijo tiene 17 años y está próximo a alcanzar la mayoría de edad. Carlos no mantiene contacto con él. Durante los años en calle trató de ayudarlo a través de su abuela y buscó formas de acercarse. La familia materna se opuso a que el niño viera a su padre en medio de las adicciones.

Carlos dice que en ese momento decidió apartarse para no provocar más conflictos. No responsabiliza a nadie más que a él.

—Yo también entendía que no querían que mi hijo viera a su papá viviendo en la calle y consumiendo. Preferí alejarme.

Actualmente, el programa de Hogar de Cristo conoce los antecedentes de su hijo, aunque no puede entregarle información personal mientras sea menor de edad. Carlos acepta esa

restricción. Espera que el tiempo le permita estar más preparado para un posible encuentro. “Quiero conversar con él, contarle que la pasé mal y que me equivoqué. También quiero que sepa que siempre lo llevo conmigo”.

Carlos no sabe cómo reaccionará su hijo ni si aceptará escucharlo. Tampoco quiere forzarlo. Por ahora se concentra en aquello que depende de él: levantarse, trabajar, estudiar y no regresar a la calle.

“Sé que lo voy a lograr. Estoy luchando”.

No quiere llegar a ese encuentro convertido en un ejemplo de superación. Quiere llegar como un padre capaz de sentarse frente a su hijo y contarle la verdad.