—El 80% de las personas con las que trabajamos pertenece al 60% más pobre y vulnerable de Chile. Hablamos de quienes son invisibles para la banca. Casi todos parten en Dicom; el 80% son informales; el 80%, mujeres; el 50%, jefas de hogar. Están siempre expuestas a colapsos de todo tipo, enfermedad, pérdida de trabajo, embargos. En síntesis, son súper acontecidas y vulnerables.
Karina Gómez, la flamante gerente general de Fondo Esperanza, trabajadora social con un magíster en Psicología Social, es elocuente para describir por qué funciona la coavalidad solidaria entre los 165 mil emprendedores atendidos en todo Chile por la institución.
—Todo se sustenta en un sistema de bancos comunales, integrados por 20 personas que se conocen y son mutuamente avales unos de otros. Lo son porque ellos entienden que al otro mes puede que sean ellos los que no puedan pagar la cuota. Hay en ellos una moral de pago muy fuerte porque nace de la solidaridad.
Fondo Esperanza tiene un récord imbatible e increíble en el cruel mundo del dinero: su riego de no pago es de 0.5%. “Cualquier banco privado se querría ese número”, dice con evidente orgullo.
—¿Cuál es el nivel de morosidad de un banco común?
—Cerca de un 4%
O sea, la coavalidad solidaria funciona.
No se trata solamente de prestar dinero. La metodología de los bancos comunales, explica Karina Gómez, pone en el centro la confianza, la corresponsabilidad y la solidaridad. En grupos de unas 20 personas, cada integrante responde por las demás. Si una tiene una dificultad real para pagar, el grupo puede ayudarla.
La nueva gerente general de Fondo Esperanza conoce el modelo desde dentro. Hasta ahora se desempeñaba en la dirección social de la institución, articulando la dimensión financiera y social de una organización que nació hace 24 años bajo el alero del Hogar de Cristo y que hasta ahora ha apoyado a más de 700 mil personas.
—Escuchándote queda claro que el prejuicio de que las personas pobres son malos pagadores no se sostiene.
—No. Nosotros queremos movilizar justo ese discurso: los segmentos más pobres no son necesariamente más riesgosos. Cuando se les da una oportunidad, responden con una altísima responsabilidad. Hoy tenemos un 99% de recuperación de los créditos.
Porque cuando hay confianza, se responde bien.
Ahí está el valor de la palabra empeñada. La coavalidad solidaria genera algo que va mucho más allá de un crédito: crea cohesión y capital social.
—Escribiste de eso en un capítulo de la “Cartografía Social de Chile 2025”, que justamente aborda la cohesión social. ¿Qué tiene que ver un microcrédito con la capacidad de las personas para construir comunidad?
—Nosotros partimos de una necesidad concreta: tener un microcrédito para echar a andar un emprendimiento. Pero nos dimos cuenta de que no basta con entregar una oportunidad económica. En Chile, cerca del 80% emprende por necesidad y no por una oportunidad, principalmente las mujeres. Necesitan compatibilizar la generación de ingresos con el cuidado de adultos mayores, las tareas domésticas y el cuidado de los hijos. Entonces les decimos: sí, tienes una necesidad económica, pero no tienes por qué enfrentarla sola. Forma o únete a un banco comunal.
Ahí es donde el crédito se transforma en una excusa para generar comunidad.
El capítulo que Karina Gómez escribió para la “Cartografía Social de Chile 2025: Reconstruir el vínculo y la convivencia”, propone precisamente mirar la cohesión social no como un efecto secundario de las políticas de inclusión financiera, sino como algo que también puede diseñarse deliberadamente. Los bancos comunales son, para ella, un ejemplo concreto: reuniones periódicas, corresponsabilidad, cooperación, reconocimiento mutuo y apoyo entre sus integrantes.
—¿Entonces el vínculo es tan importante como el dinero?
—Yo diría que incluso parte antes que el crédito. El crédito es la necesidad inicial, pero el vínculo es lo que permite que esto funcione. Las personas entran por un crédito y después muchas no se quieren ir porque ese espacio se transforma en su red de apoyo, en su espacio de protección. Es una comunidad de emprendimiento solidario muy grande.

Nancy Soza es una microemprendedora de La Florida y forma parte de Fondo Esperanza. Aquí, en el Día de la Solidaridad, junto a Karina Gómez. AGENCIA BLACKOUT
—¿Cuánto dinero recibe en promedio una emprendedora de Fondo Esperanza?
—Hoy el promedio del microcrédito es de 750 mil pesos. Puede partir en 70 mil pesos y llegar hasta un millón y medio de pesos. Nosotros nos adaptamos a los flujos de los negocios pequeños. Por eso los pagos pueden ser semanales, quincenales o mensuales y pueden pedir hasta tres créditos al año. Entonces, si alguien pudiera llegar al millón y medio, estamos hablando de hasta 4 millones y medio durante un año.
Los emprendimientos son tan básicos como esenciales. El 60% se trata de compra y venta de cosas: ropa, plantas, artículos de aseo. Muchas parten en la feria como “coleras”, como se llama al último vagón de la cola en una feria libre organizada, las que caben en los extremos. También hay un 25% que está en producción, donde casi todo se trata de comida: completos, sopaipillas, arepas.
Trabajan fuertemente con población migrante. Fondo Esperanza ya ha entregado microcréditos a 12 mil personas migrantes. “De hecho, recientemente estuvimos con ACNUR y nos reconocieron como una de las organizaciones financieras que más inclusión financiera ha hecho con esta población”, comenta Karina con satisfacción.
—El emprendimiento ha crecido mientras el empleo formal de calidad es casi inexistente para sectores vulnerables. ¿No es el emprendimiento una suerte de cesantía encubierta?
—El emprendimiento históricamente ha sido anticíclico. Cuando aumenta el desempleo o hay una crisis económica, el emprendimiento aparece como una de las soluciones más importantes. Hoy tenemos una tasa de ocupación informal de 27%, y sigue teniendo principalmente cara de mujer.
El desafío para Fondo Esperanza señala Karina Gómez es cómo hacer que ese emprendimiento no se transforme en un trabajo precarizado. Ahí entra todo el acompañamiento para avanzar en la formalización. Porque informalidad significa estar completamente desprotegido: no tener salud, previsión, protección social.
Hay que entender algo importante: la formalización no es un botón de todo o nada.
“El problema es que muchas de estas emprendedoras todavía están muy lejos de convertirse en sujeto de crédito para la banca tradicional. Más del 60% de las emprendedoras informales gana menos de un sueldo mínimo, según los datos que maneja Fondo Esperanza”.

En pleno bariio Yungay, donde funciona radio Cooperativa, Karina Gómez fue entrevistada en Ojos que Sí Ven, programa del que celebró mucho el nombre, porque se parece a la misión de Fondo Esperanza.
Por eso Karina Gómez plantea que el desafío no consiste simplemente en formalizar, sino en acompañar una trayectoria que permita que los negocios sobrevivan y crezcan.
—Ahí tenemos un problema que detectamos en nuestros datos. Las emprendedoras crecen muy fuerte al comienzo. El primer año, sus negocios aumentan sus ganancias casi un 30%; el segundo año, un 50%. Los niveles de ahorro aumentan 60%.
Pero después de dos o tres años se estancan. Son muy pocas las que logran dar el salto hacia un emprendimiento emergente o consolidado. La razón es clara: no hay una oferta financiera para ellas.
—Entonces dijimos: tenemos 24 años de experiencia trabajando con emprendedoras. ¿Por qué no acompañarlas también en ese salto?
—Y ahí nace Acción Mujer.
—Exactamente. Acción Mujer es una nueva línea de Fondo Esperanza, principalmente para mujeres, aunque también pueden acceder hombres, con créditos individuales de entre 3 millones y 8 millones de pesos. Queremos acompañar a esas emprendedoras en una trayectoria de desarrollo sostenible. Hay una línea de mujeres que hoy se está quedando fuera de las oportunidades porque los instrumentos del Estado están dirigidos principalmente a personas formalizadas.
Ahí es donde entrará ahora Fondo Esperanza, que cuenta ya con garantías de Corfo y del Estado para poder apoyar a más emprendedoras y tener una línea inclusiva en este camino de desarrollo. Karina anuncia que están a punto de partir ahora en septiembre.
—En septiembre también comienza una nueva etapa para ti como gerente general de Fondo Esperanza. ¿Qué significa asumir este desafío?
—Me tiene muy emocionada. Creo que tenemos una oportunidad enorme de seguir creciendo, pero no perdiendo nunca de vista cuál es nuestra misión. Porque podemos hablar de cifras, de créditos, de inclusión financiera, de formalización. Pero al final estamos hablando de personas que necesitan una oportunidad para desarrollar su vida de otra manera. Y eso implica no solamente entregarles dinero. Implica acompañarlas, vincularlas, capacitarlas, generar redes y construir comunidad.
—En la “Cartografía Social 2025” cuentas una historia que parece resumir todo eso. Ocurrió en Calama.
—Sí. Fuimos a abrir el primer Banco Comunal. Las distintas emprendedoras tenían que presentar sus emprendimientos para que el resto las avalara. Había una mujer adulta mayor que se había jubilado después de trabajar toda su vida haciendo colaciones en colegios y en un casino. Contó que se había jubilado, pero que obviamente la jubilación no le alcanzaba.
Entonces, dice Karina Gómez, “pasó algo hermoso”.
—Ellas no se conocían. En Calama nos había costado mucho que confiaran unas en otras. Pero una emprendedora escuchó que ella hacía colaciones y le dijo: “Tú tienes colaciones, dame, yo te las vendo en mi carrito”. Ahí ocurrió esa magia que es la coavalidad solidaria. La construcción de comunidad. La cohesión.
El crédito fue la excusa para generar una comunidad de protección y apoyo. Cuenta la hoy gerente general de Fondo Esperanza que la mujer se le acercó y le dio las gracias por llegar a Calama”. Karina le respondió: “No, gracias a usted por confiar en nosotros”. Y la emprendedora le dijo: “No, muchas gracias a ustedes porque ahora yo sé que nunca más voy a estar sola”.
La mujer después logró formalizarse y comenzó a vender sus colaciones a distintos colegios. Para Karina Gómez, ese es el verdadero indicador de éxito: no solo que una persona mejore sus ingresos, sino que deje de enfrentar sola la vulnerabilidad.