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Cristián Caballero: “Esa canción ya me la sé y no quiero volver a cantarla”

Pasó 25 años viviendo en la calle y atrapado en la pasta base. Perdió a sus padres, estuvo 17 años sin ver a su hija y llegó a pensar que no había salida. Hoy vive en una casa propia gracias a Vivienda Primero, tiene trabajo y recuperó la confianza en sí mismo. A sus 57 años, habla sin victimizarse ni esconder sus heridas sobre la droga, el abandono, la familia y esa deuda que ninguna recuperación puede saldar: el tiempo que se fue.
Por Ximena Torres Cautivo
Agosto 28, 2026

-No es lo mismo tener una vivienda que tener un hogar. Eso es algo clave que yo aprendí viviendo en la calle. Lo más que se pierde viviendo en situación de calle y en consumo de drogas y alcohol no es lo económico, ni lo familiar, ni la salud, es el tiempo. Uno puede perder toda su vida hundido en ese hoyo.

Cristián Caballero, con su ceño, fruncido, su cara curtida, sus modos sencillos, es una verdadera revelación. Debería dar charlas Ted, tener un podcast, ser monitor de programas de rehabilitación. Vivió 25 de sus 57 años en calle. Justamente, a los 25 dice que se extravió.

-Yo nací en Copiapó en una buena familia. Saqué el cuarto medio. Trabajé en faenas mineras. Tuve una hija. Hoy ella tiene 25 años y estudia para ser educadora de párvulos. Durante 17 años no la vi. Nunca más supo de mí. Yo perdí todo ese tiempo con ella. No la vi crecer, aprender, madurar. No sabes cuánto duele ese tiempo irrecuperable.

A los 25 años se sumió en el consumo de pasta base. Dice que partió “de mono. Después necesitaba consumirlo como fuera: en pipa, como tabaco para fumarlo o en antena”.

-¿Cómo en antena?

-Los cabros sacan las antenas de los autos, les meten cable de cobre, pellillo de cobre, que le llama, y con eso aspiran. Al fumarse la pasta base en pipa se necesita ceniza de cigarro, acá el pelillo de cobre cumple esa función. Y les entra derecho al cerebro, fundiéndoselos.

No sabe por qué él consumía. Partió por imitación, por frivolidad, y ahí se quedó pegado. No pudo salir.

-Mi pobre madre, que en paz descanse, tuvo que irse de su casa por mi culpa. Yo llegaba de la calle a su casa y le robaba todo. Uno, sin ser malo, empieza a hacer maldades, daño a los que más te quieren. Para subsistir en el vicio, aprendes cosas malas. A robar, básicamente. Eso te desvaloriza frente al mundo y frente a ti mismo.

Agradece no haber caído nunca detenido y haberse enfermado gravemente. Fue la enfermedad lo que lo salvó.

GRACIAS A LOS PULMONES ROTOS

-Después de una golpiza que me dieron en la calle, caí al hospital. Ahí supe que tenía tuberculosis. Estuve hospitalizado un mes. ¿Y sabes quién me visitó? Quien llegó, cariñosa y preocupada, a apoyarme. Mi hija -recuerda, con los ojos humedecidos, genuinamente emocionado. Agrega: – Yo le dije: “Hija, ¿qué es lo que está haciendo acá? Yo no merezco que usted esté acá. Yo he estado ausente de su vida por 17 años”. Ella me respondió: “Papito, tú siempre vas a ser mi padre y siempre contarás conmigo”.

Él se había alejado de ella, pero ella lo tuvo siempre presente.

Cristián cuenta que en ese tiempo hospitalizado mucha gente le ofreció ayuda. Se enteró de los programas Calle, de los albergues, de las ayudas. “Yo nunca supe de esos dispositivos. No me interesaba. Estaba tan metido en el consumo, que no veía nada. Gente de la Mission Golden me propusieron que al salir del hospital me fuera a un albergue y ahí siguiera un tratamiento de desintoxicación, el que era imposible que hiciera si volvía a la calle. En esas condiciones, no hay tratamiento posible”.

Con Odila Yañez, trabajadora social del Hogar de Cristo a cargo de Vivienda en Copiapó. Cristián posa en el condominio donde comparte departamento con un hombre que padeció lo mismo que él.

Hoy Cristián es uno de los 18 beneficiarios de Vivienda Primero, revolucionario programa social que partió en abril en Atacama, entregándoles una vivienda segura y apoyo psicosocial a 17 hombres y a una mujer trans en Copiapó. Son todos mayores de 50 años y han vivido mucho tiempo en calle. Están distribuidos en 9 departamentos y la vida les está cambiando.

De todos ellos, Cristián con su sabiduría simple y directa, quizás sea uno de los más adelantados. Tiene, de partida, un empleo estable. Trabaja en una botillería.

-Suena como dejar al gato a cargo de la carnicería -le decimos en semiserio.

Responde:

-Me ha costado mucho lograr lo que he logrado y no pasa por mi mente ni por un segundo volver al consumo. Trabajo en una botillería, cerca de la casa, en un sector donde está la droga presente, pero, como yo digo: esa canción ya me la sé y no quiero volver a cantarla nunca más.

Ese nunca más en el que estuvo hundido por 25 años incluyó pellejerías desoladoras. “Comer de la basura, estar desnutrido, pasar frío horrible, sentir el desprecio de la gente y -ahora se da cuenta- haber hecho sufrir tanto a sus padres, sobre todo a su mamá. “Ella me salía a buscar en las noches y yo me le escondía. A las tres de la mañana, a veces lograba encontrarme y me recogía. Me llevaba a su casa, me bañaba, me daba comida, me lavaba la ropa. A veces se sentaba conmigo en la cuneta para convencerme de que fuera con ella”.

Cristián Caballero se siente muy satisfecho de sus logros. Y está decidido a cumplir y no recaer.

Insiste en lo manipulador que vuelve la droga a quien la consume.

-Mi consejo para quienes tienen un hijo o un familiar adicto es no ceder a la manipulación. Ser firme. Mi pobre mamá me dejaba consumir drogas en su casa para que no saliera a la calle. Pensaba que así lo estaba haciendo bien. Yo la amenazaba: “Voy a salir a hacerme unas monedas”. Y ella me pasaba plata para que no lo hiciera. Es decir, yo la usaba a ella.

-¿Supo ella de tu recuperación, de tu cambio?

-Una vez fue un equipo de la televisión al albergue donde me recuperaba y yo le hablé a ella. Le pedí perdón. Espero que lo haya visto, porque ella ya no está. Tampoco mi padre. Ambos murieron. Sé que mi logro actual a ella la habría hecho feliz, pero no alcanzó a verlo.

Hoy Cristián cree que a él el coronavirus le hizo un favor.

-Entre comillas hablo de un favor, claro. Pero el problema de la tuberculosis posterior y de la afectación a los pulmones fue lo que me ayudó a salir de la adicción.

-¿Quedaste con alguna secuela física?

-Sí, claro, al punto que me jubilaron por invalidez. En ese trámite fue clave el apoyo del Hogar de Cristo, tal como lo está siendo ahora en Vivienda Primero.

EL HOMBRE FRUTA

La calidad humana de Cristián, enturbiada por el consumo, aparecía en una particularidad que lo hizo conocido en las poblaciones de Copiapó. La cuenta con su característica sencillez:

-Como yo pasaba escarbando en la basura, muchas veces me encontraba disfraces o elementos para disfrazarme. Y lo hacía y así les sacaba una sonrisa a las personas. Así lograba que me vieran, que no me despreciaran. Que vieran que detrás de mi apariencia lamentable, había una persona con cierta educación, con una historia, un ser humano. Encontraba ropa militar o de médico o enfermero que botaba la gente. Una vez hallé un disfraz de Bob Esponja. Y en el barrio, la gente empezó a conocerme y a esperar mis disfraces.

Se entusiasma contando que una vez se topó con los restos de unos trajes de espuma plástica que se usaron para promocionar verduras y frutas en un supermercado. “Eran como las cuatro de la mañana y me convertí en una naranja. Imagínate a una naranja humana circulando a esa hora. Fue un éxito. Anduve todo el día disfrazado de naranja”.

A veces, dice, no encontraba nada que pudiera servir de disfraz. Ahí recurría a la inventiva.

-Las personas me preguntaban: “De qué estás disfrazado hoy día”. Yo me tiraba al suelo y me quedaba quieto, medio torcido. “De qué estás disfrazado?”, insistían. De atropellado, respondía yo, y la gente gozaba. Se reían. Celebraban la talla. Y yo me sentía feliz. Reconocido. Y no era cuando andaba volado. Era la creatividad que me daba la lucidez. No lo hacía por plata, pero muchas veces me retribuían con monedas el hacerlos reír.

Agradece al Hogar de Cristo haberle ayudado a conseguir una pensión de invalidez por el daño que dejaron el Covid y luego la tuberculosis en sus pulmones. Hoy, sin embargo, trabaja y muy bien.

Hoy ya no se disfraza. Trabaja duro. Y tiene plena conciencia de que ya no puede escudarse en excusas. “Cuando uno logra esto: una casa como la que me entrega Vivienda Primero, no hay pretexto, solo hay que responder avanzando. Seguir progresando y logrando cosas. Yo recuperé a mi hija, tengo un trabajo, donde me consideran plenamente responsable y creen en mí. Yo he recobrado la confianza en mí mismo. Lo único irrecuperable es el tiempo que perdí. Son 17 años ausente de la vida de mi hija a causa del vicio, pero hoy veo que muchos padres no atienden a sus hijos porque están empeñados en ganar plata. Esa es otra droga. Y también los abandonan, aunque les tengan casa con piscina”.

-¿Percibes que hay una crisis en la familia?

-Hay una postergación de lo importante. “Hijo, de ahí conversamos”, le dice el papá al niño cuando llega cansado del trabajo. Y eso, al paso de los años, se convierte en conversaciones que nunca llegan. Cuando pasa lo peor y la gente se pregunta por qué, debe volver a ese momento en que no estuvo ahí. En que, como yo, no estuvo donde tenía que estar. Perdí el tiempo de ver crecer a mi niña, de acompañar a mis padres, cuando los fui a buscar, ya no estaban, cuando ellos pasaron toda su vida intentando encontrarme a mí.