En la casa de Rosa Calfuñanco (70), en Renca, hay bastante más gente de lo habitual. Por el living circulan cámaras, luces, cables y un equipo de jóvenes de Super, la agencia creativa tras el video para Hogar de Cristo. En medio de todo están Rosa, la dueña de casa, y sus amigas Raquel Córdoba y Miriam Oportus. Están sentadas alrededor de una mesa, repasando sus parlamentos.
Se sienten en Hollywood, pero no siempre resulta a la primera.

Una se equivoca, otra se adelanta, alguien del equipo les sopla una palabra y las tres terminan riéndose. Después vuelven a empezar. “Algunas partes nos costaron un poquito porque había que acordarse de todo. Una se equivocaba y nos daba ataque de risa. Lo hemos pasado muy bien”, cuenta Rosa.
Durante varias horas, entra y sale gente, cambian muebles de lugar, instalan luces y el living se llena de conversaciones. Para Rosa, abrir la puerta de su casa terminó siendo bastante más que prestar una locación. “Es lindo ver la casa así, con tanta gente joven, con tanto movimiento. Le da otra vida. Una está acostumbrada a que sea todo más tranquilo y hoy ha sido distinto, entretenido, acompañado”.
La compañía tiene un significado especial para Rosa. Hace cerca de cinco años llegó al Servicio de Apoyos Domiciliarios derivada desde el consultorio Hernán Urzúa, cuando sus hijos ya habían formado sus propias familias y la soledad comenzaba a pesar. Hoy vive con su marido y valora especialmente los espacios de encuentro. “Por eso, el Hogar de Cristo es mi salvación. Me ha entregado compañía, cariño y me ha contenido en los momentos difíciles. Le debo harto”, reconoce.
Raquel Córdoba (80) conoce bien esa necesidad de mantenerse vinculada con otros. Vive sola, pertenece a dos clubes y visita a otras personas mayores de su barrio. Llegó al programa después de encontrarse con una inscripción en una plaza de Renca. Tiempo después fue ella misma quien recorrió ese lugar invitando a otros a participar.

“Fue bien rápido todo. Sin darme cuenta terminé siendo parte de algo mucho más lindo. Ya no estaba tan botada en la casa viendo televisión. Ahora participo en todo y, sobre todo, tengo con quién compartir”.
La cámara tampoco parece intimidarla. “A esta edad, que te inviten a hacer algo así es bonito. Te sientes tomada en cuenta. Los chiquillos de Súper han sido muy amorosos con nosotras y al final una se va soltando. A mí no me costó tanto aprenderme el guion. El problema es que me adelantaba y empezaba antes de que dijeran ‘acción’. No sé si será porque soy porfiada o porque ya me está fallando el oído”, bromea, entre risas.
Ese entusiasmo por participar tiene historia. Raquel es la mayor de nueve hermanos y desde los 12 años comenzó a cuidar a los menores. “Siento que no tuve niñez ni juventud”, reconoce. Décadas después, procura aprovechar una etapa distinta: participa, baila, sale y se reúne con otras personas en Hogar de Cristo. “Desde que me separé he hecho muchas cosas por mí. Estoy feliz con mi vida”, asegura.
Miriam Oportus (72), en cambio, llegó a la grabación con una advertencia: esperaba “portarse bien” porque se emociona con facilidad. “Yo pensé que me iba a poner más nerviosa con las cámaras, aunque entre conversa y conversa una se va soltando. Nos hemos reído harto. Eso sí, salí medio durazno: se me olvidaba a cada rato lo que tenía que decir. Los muchachos me tuvieron harta paciencia”, cuenta entre risas.

La historia de Miriam con Hogar de Cristo comenzó en 2017, cuando su marido sufrió un accidente cerebrovascular y comenzó a recibir visitas del equipo en su casa. Durante años ella asumió su cuidado. En cada visita, además de atenderlo a él, había una pregunta que también la incluía: cómo estaba ella.
Su marido falleció en 2023. Miriam siguió vinculada al programa. Esta vez, el acompañamiento era para ella. Por eso, actividades como la grabación tienen un valor que va bastante más allá de llenar una tarde. Significan salir de la rutina, encontrarse con otras personas y volver a sentirse parte de algo. “Cuando hacen actividades, una, aunque tenga edad, se siente como una niña”, explica.
Mientras las tres graban, Antonio Lobos, pareja de Rosa, sigue la escena desde fuera de cámara. No aparece en el video, aunque está presente de principio a fin: sirve té, ofrece café, conversa con el equipo, se ríe con las repeticiones y aprovecha cada pausa para acercarse a mirar la camiseta que todavía conviene mantener fuera de cuadro.
“Hace tiempo que no veía la casa con tanta gente dando vueltas. Se llenó de juventud”, comenta. Luego reconoce otra razón para estar especialmente atento: “Más encima hay una camiseta de Colo-Colo en mi casa. ¿Cómo no voy a estar metido?”.
Antonio es colocolino de tomo y lomo. Y no está solo. Rosa cuenta que sus nietos, su hijo y su yerno también siguen al club. En la familia hay camisetas, gorros, tazones y otros recuerdos albos. Para la Navidad pasada, ella misma le regaló a Antonio un gorro de Colo-Colo.

Difícil encontrar una locación más apropiada. La idea del video nace de una coincidencia: “Vozinha” significa “abuelita” en portugués, apodo que el arquero recibió en homenaje a los abuelos que lo criaron. A partir de esa historia, Hogar de Cristo y Súper reunieron a tres mujeres mayores para protagonizar una pieza audiovisual en torno a una camiseta especial y una invitación concreta: hacerse socio de Hogar de Cristo.
El guion tiene poco de solemne. Rosa, Raquel y Miriam conversan alrededor de la mesa mientras tejen algo que la cámara todavía no muestra. Hablan del arquero, de su llegada a Chile y del significado de su apodo. Hasta que llega el remate: “Si Vozinha vino a Chile a atajar, nosotras tejemos”, dicen al mismo tiempo.
Las tres miran a cámara y levantan la camiseta. Después vienen nuevas tomas, algunas repeticiones, más risas y las fotos de rigor. Antonio, que llevaba horas rondando la polera, finalmente consigue posar con ella.