Callcenter: 600 570 8000Hogar de Cristo 3812, Est. Central, Santiago
Donar

Moisés Jáuregui: El niño que aprendió a imaginar otra vida

Creció entre campamentos, hambre y drogas, y llegó a los 13 años sin saber leer ni escribir. Una familia cristiana de Casablanca le abrió la puerta y le cambió la vida. Hoy es profesional, padre de tres hijos y un esposo que habla de Jennifer con un amor que se nota. Esta es la historia de Moisés, un gitano que encontró otra manera de vivir.
Por Ximena Torres Cautivo
Octubre 29, 2026

Cuenta

 

Se estima que en Chile habría unos 20 mil gitanos. El Censo 2024 ni siquiera los considera cuando pregunta por etnia de origen, o sea, formalmente, en los registros chilenos, no existen. Pero el número aproximado es validado por un gitano. Por uno muy excepcional al que entrevistamos en Ojos que Sí Ven, programa que hacemos en Cooperativa todos los sábados por la mañana. Se trata de Moisés Jáuregui Sevich (42), quien debería llamarse Jimmy Nikolic Sevich, su nombre auténticamente romané y apegado a la biología.

Pero las cosas no son tan simples, menos en el caso de alguien que nació en la más completa indefensión.

Lúcuma Sevich, su madre, fue abandonada por su padre biológico, poco antes de que él naciera. Su tribu también desarmó el campamento pocos días antes de su llegada al mundo. La carpa de Lúcuma y la de su hermana quedaron solas, a la espera de que la embarazada pariera. Años después, el niño sería reconocido legalmente por Milenko Jáuregui, uno de los 8 maridos que tuvo Lúcuma.

—Los gitanos se casan muy jóvenes y muchas veces. Esa es una de las particularidades culturales del pueblo gitano. El primer matrimonio de mi mamá fue a los 14 años. Ella se casó ocho veces. Tuvo sólo cinco hijos —cuenta Moisés, quien contabiliza 25 hermanos, entre los 4 hijos de su madre, los de su padre biológico, los de su familia de adopción.

Si fuéramos fieles a los sentimientos y a la formación de Moisés, él debería llamarse Moisés López, que es el apellido de quien le enseñó a ser padre, Fernando López, “un chileno”, un comerciante de Casablanca, quien, junto a Aurora, su esposa, y a sus tres hijos varones, se hicieron cargo de Moisés, cuando tenía 13 años. Asumieron su tuición.

Eso fue en 1996.

Han pasado 30 años desde entonces y el niño analfabeto, “neoprenero”, que nunca había tenido hábitos ni de higiene, ni de estudios, ni de comportamiento, es hoy un orgulloso portador de muchos títulos. Él mismo los detalle en su libro “Tú, puedes”, que es su biografía en breves capítulos, que son cada uno una lección de vida.

Escribe: “Me formé como Auxiliar Paramédico en Odontología, Técnico en Prevención de Riesgos, Ingeniero en Prevención. Obtuve cuatro diplomados y un Magíster en Gestión de Atención Primaria de Salud”. Es además docente en la cátedra de salud pública de la Facultad de Odontología de la Universidad de Valparaíso. Está casado con una cirujana dentista. Y es director de una fundación que lleva atención dental a los gitanos de las ciudades de la región de Valparaíso y a otros grupos en pobreza, como las personas en situación de calle. Recientemente, con la clínica móvil que han montado estuvieron en la Hospedería que tiene Hogar de Cristo en el puerto principal, haciendo trabajo voluntario.

DOLORES AGUDOS

—Te has plegado a la carrera de tu esposa, Jenniffer González, que es odontóloga, pero la fundación que se aboca al tema dental lleva tu nombre. ¿Por qué?

—Suena medio egocéntrico que lleve mi nombre, pero le pusimos Moisés Jauregui porque pasa a ser como una marca de inspiración, dada mi historia. Nosotros siempre tuvimos vocación de servicio y en una visita a mi familia gitana, de repente, un primo se empieza a quejar de dolor en la boca. Nosotros trabajábamos en la dirección de salud municipal de San Felipe entonces. Mi esposa estaba en el CESFAM Segismundo Iturra. Pero nosotros no podíamos llevarlo a ese centro de salud, porque ellos no pertenecían al sector. Y no queríamos saltarnos ninguna cosa burocrática ni administrativa.

—¿Qué hicieron entonces?

—Compramos un equipo portátil con nuestros propios recursos. Básicamente teníamos que hacer extracciones porque lo que había en esas bocas eran puros restos radiculares, dientes y muelas que ya no se podían restaurar. Ya no tenían vuelta. Y ahí empezamos a ayudar, a ayudar, a ayudar.

Van a donde los llamen, pero privilegian al pueblo gitano.

—¿A cuánta gente han atendido y por qué se enfocan en la comunidad gitana?

—Nos enfocamos en la salud odontológica de la comunidad gitana, pero también en la de las personas en situación de calle. Hemos trabajado con Juntas de Vecinos, con la Hospedería del Hogar de Cristo. Como soy docente de la Facultad de Odontología, aprovecho de llevar a mis alumnos a hacer voluntariado. Hay muchos odontólogos que nos apoyan. Se han ido sumando. Tenemos unos 30 voluntarios permanentes y nos abocamos a la salud dental de las minorías, de las personas excluidas, que no tienen atención de salud dental, que llegan a atenderse sólo cuando el dolor es agudo. Es lo que les pasa en la salud en general con estos grupos.

Nos comparte una anécdota:

—Yo tengo un amigo en San Felipe, que es ginecólogo. Él me decía: “Yo odio a los gitanos; tú eres el único que me cae bien”. “Pero ¿por qué?”, le preguntaba. “Porque, en mi caso, las gitanas llegan cuando la guagua ya está lista para nacer y yo no tengo antecedentes de nada, no tengo ecografía previa, no sé cómo viene la criatura, yo la recibo nomás, entonces no es fácil”. El gitano actúa así frente al dolor, la enfermedad y el parto. Nada de prevención ni de educación, ni de promoción.

Moisés Jáuregui alguna vez se llamó Jimmy. Vivió a su aire, sin control, aspiró neoprén, fue golpeado por su padrastro, pasó hambre, pidió monedas a cambio de chistes. Hoy es el primer gitano que logra en Chile un magíster universitario.

Moisés explica que se constituyeron como fundación sólo porque la Iglesia de Jesucristo de los Últimos Días les quería donar un equipo y la donación no podía ser hecha a una persona particular. “Esa es la única vez que hemos recibido algo. Todo lo costeamos nosotros, aunque ahora tenemos una cuenta corriente para recibir aportes que nos permitan financiar el transporte y alimentación de los voluntarios que participan de los operativos, así como para comprar insumos, que hasta ahora costeamos nosotros”.

“ASPIRACIONES” FAMILIARES

—Pero volvamos a tus orígenes. ¿Dónde naciste? ¿Cómo fue tu infancia?

—Nací en Antofagasta, en una situación muy precaria. El campamento gitano donde vivíamos se desarmó poco antes de que yo naciera y mi mamá quedó sola.

—¿Tu papá desapareció?

—Mi papá me engendró y se fue. Nunca más supimos de él. Lo vi por primera vez cuando tenía unos 11 años y después, nuevamente, cerca de los 28. Las dos veces pude conversar con él. En mi libro cuento ese primer encuentro.

Impacta lo relatado. El niño tenía 11 años y lo primero que le preguntó el padre fue: ¿Te drogas? El niño dijo que sí. “Y aspiramos neoprén juntos. Casi no hablamos, pero, de algún modo, me sentí un poco acompañado”, escribe hoy Moisés. No lo volvió a ver hasta cuando tenía 28.

Cuenta que su crianza fue en campamentos. Que recorrió Chile unas quince veces. “En invierno nos íbamos al norte y en verano, al sur, buscando mejores climas. Hasta los 13 años no sabía leer ni escribir. Nadie nos exigía ir al colegio; no era una prioridad. Lo importante era comer. Hacía artesanía de cobre y pedía plata en la calle”.

Moisés a los 13 años, cuando llegó a la casa de la familia López Araya, que siguen a la Iglesia de Jesuscristo de los Últimos Días y que lo adoptaron.

—También había diferencias sociales dentro de la comunidad gitana, ¿no?

—Sí. Hay familias más acomodadas, muchas dedicadas al comercio y con casa; otras que tienen una situación más intermedia y se mueven menos que antes, en parte por las viviendas sociales. Y después estamos los que llamamos “invasores”: gitanos en situación de calle, con problemas de drogadicción y analfabetismo. Yo vengo de ahí y lo digo con orgullo. Esa es mi familia. La droga estaba a la mano y, como no teníamos plata, lo que había era neoprén o bencina. Yo siempre digo, en broma, que la 93 es la mejor: la sin plomo.

—No era muy auspicioso el pronóstico para ti.

—No. Me he encontrado con amigos que siguen en ese mismo mundo. Yo siempre digo: gracias a Dios tuve una oportunidad.

AURORA Y FERNANDO

—Un día se nos echó a perder la camioneta en Casablanca. Mientras los demás armaban la carpa, yo salí a recoger monedas. Entré a un local y le pedí una a una señora que se llamaba Aurora. Me dijo que no. Yo le di las gracias y me fui, siempre tratando de andar con una sonrisa. Al día siguiente me llamó, me dio una moneda y me invitó a su casa. Me bañó, me dio almuerzo y empezamos una amistad. Yo tendría ocho o nueve años.

Mantuvo con ella una comunicación intermitente. Entonces no había celulares. Pero de tanto en tanto la llamaba desde algún teléfono público. “Me sabía de memoria el número de su casa. A veces estaba en la calle a las tres, cuatro o cinco de la mañana, y la llamaba para conversar”.

Otro recuerdo que nos cuenta y que también narra en su libro es cuando “asistió” a clases desde la ventana de una escuela en San Fernando. “Las ventanas daban a la calle y yo me paraba afuera a mirar a los niños sentados en sus puestos. La profesora abría la ventana y yo los veía estudiar. Ahí aprendí a escribir mi nombre y las vocales. Pensaba que sería lindo estar ahí, limpio, ordenado, aprendiendo, pero las condiciones no estaban dadas.

—Y cuando tenías 13 años, Aurora te ofreció quedarte con ella.

—Sí. Cuando volvimos a Casablanca le conté que quería estudiar. Me dijo: “Quédate conmigo, probemos tres meses”. Hicimos una tutela que mi mamá firmó. Esos tres meses se convirtieron en 30 años.

—Me impresiona que una familia con tres hijos acogiera a un niño de 13 años, con problemas de consumo y sin escolaridad, enfrentando además todos los prejuicios que existen contra los gitanos.

—Había un papá también: Fernando. En mi libro hablo de él, porque llegó a mi vida con un ejemplo tremendo de amor y alegría. Es un ejemplo de lo que debe ser un padre. Con mi mamá chilena, Aurora fue ese feeling que uno siente cuando conoce a alguien y, de inmediato, aparece la confianza. Ellos son una familia cristiana y creo que eso influyó en que abrieran su corazón y me acogieran. Es muy divertido: físicamente y en los gestos me parezco más a mi papá adoptivo que sus propios hijos. Con él construimos una conexión muy profunda.

UNA SUEGRA CON FOBIA A LOS GITANOS

Tú puedes es un genuino libro de autoayuda. Cada breve capítulo es una parábola y, al mismo tiempo, una fotografía de las costumbres gitanas. Jimmy, como nombran en su comunidad a Moisés, fue un niño inteligente e inquieto. Sabía ganarse las monedas contando chistes siempre con una sonrisa. Perseveraba y se sentía responsable de sus tres hermanas menores. Era cómplice de su hermano mayor y juntos sabían conseguir comida para la familia, pidiendo en la feria y en los mercados. Así aprendió lo que hoy día resume en la frase: “¡No podemos detener la tormenta, pero sí podemos aprender a bailar bajo la lluvia!”. Él y su hermano padecían la furia de Milenko, el padrastro, cuando se emborrachaba.

Pero sólo Moisés logró asimilarse a las costumbres chilenas y estudiar.

—La formación cristiana de mi familia adoptiva tuvo mucho que ver con la manera en que me recibieron. Me dieron cariño, confianza y un ejemplo. Yo llegué sin hábitos de estudio y sin saber leer ni escribir, pero en esa casa empecé a imaginar que podía hacer otras cosas con mi vida. Ahí aprendí a asearme, a bañarme a diario; a no drogarme ni pedir en la calle.

Tuvo que dejar incluso su fascinación por las apuestas y las carreras de caballos, que le fascinaban, y fueron parte de su infancia temprana.

Con su equipo de voluntarios y su mujer Jenniffer González, la odontóloga, con quien trabaja por la salud dental de la etnia gitana.

—¿Cómo partió tu camino de estudios?

—Mi primera meta era terminar la enseñanza básica. Di exámenes de primero a quinto para entrar a sexto, porque a los 13 años no podía empezar en primero básico. Hice sexto, séptimo y octavo; después, primero y segundo medio, y tercero y cuarto en la noche. Mis hermanos chilenos fueron una gran motivación: los dos mayores ya estaban en la universidad cuando llegué a la casa. Yo los miraba y pensaba que tenían un conocimiento enorme. Quería aprender. Cuando terminé la enseñanza media pensé: “Puedo más”.

—¿La discriminación por ser gitano se sumó a la exclusión educativa?

—Sufrí mucho bullying cuando era adolescente, pero estaba acostumbrado a lidiar con eso en el día a día. Yo digo que me crié en la escuela de la calle. Cuando uno vive en la calle aprende las reglas de la supervivencia. Una vez, cuando tenía unos 11 años, nos pilló la lluvia en Llay-Llay. No podía volver al campamento y pasé la noche en la hospedería del Hogar de Cristo. A las seis de la mañana tuve que salir. Conozco esa realidad desde niño.

—¿Qué prejuicios había sobre los gitanos?

—El estigma de que somos ladrones, sinvergüenzas, que robamos niños… un montón de cosas. Mi suegra, por ejemplo, les tenía terror a los gitanos. Si veía a una gitana, cruzaba la calle para no encontrársela. Y, mira las vueltas de la vida, su hija terminó casándose con un gitano.

TÚ PUEDES

—Cuéntanos esa historia de amor.

—Mi compañera de vida postuló a un trabajo en el centro médico donde yo hacía un poco de todo. El cargo era para cirujana dentista. Mi jefe me pasó unos currículums y me pidió que los revisara. La llamé y, cuando la vi por primera vez, sentí un click inmediato. Había trabajado con muchos profesionales, pero con ella fue distinto. Yo asistía, administraba, hacía de todo, y empezamos a conversar. Descubrimos que teníamos muchas cosas en común. Pololeamos seis meses y nos casamos.

 

Con un curso de la Universidad de Valparaíso, en la carrera de Odontología, donde Moisés Jáuregui es profesor.

Años atrás, comenta Moisés, un gitano se casaba con gitana. Hoy eso está cambiando. Lo mismo que la condición nómade de su pueblo. “Hoy hay más apertura en todo sentido”, explica. Y en su libro cuenta cómo su amada y admirada mujer, la odontóloga Jenniffer González, se vistió de gitana cuando conoció a su familia y así ataviada fue con él a un centro comercial. Ahí constató la diferencia entre andar vestida con su respetable delantal blanco de odontóloga y llevar un alegre vestido de gitana. “No podía creer que la trataran tan distinto. Sintió asombro y rabia por el prejuicio y la discriminación que vivió. Lo que comenzó como un pequeño experimento cultural se transformó en una lección para ambos”, resume Moisés. Y se lanza a ponderarla:

—Ella es una mujer maravillosa, con un corazón enorme y una debilidad especial por los adultos mayores y por ayudar. Es una gran compañera y una gran mamá. Hace un tiempo fue diagnosticada con autismo grado uno. Conocer ese mundo también nos ha enseñado mucho. Tenemos tres hijos maravillosos: Santiago (12), Luciano (10) y Sofía, la pequeña, que tiene autismo grado tres y, hasta ahora, no es verbal. Somos una familia que apoya y acompaña a las personas autistas.

Moisés Jáuregui y su familia de vacaciones en Isla de Pascua.

—Tu libro se llama Tú puedes y lleva como subtítulo El gitano que rompió el esquema social. ¿Qué quieres decir con eso?

—Que más allá de ser gitano, hablo de un esquema social. En Chile hay un gran clasismo. Importa mucho de qué familia vienes, dónde te criaste y dónde estudiaste. A veces se piensa que, si tu papá fue maltratador, tú también lo serás; si fue alcohólico, inevitablemente terminarás igual. Yo digo que se puede romper ese esquema. Muchas veces nosotros mismos nos ponemos los límites: “Ya es tarde para estudiar”, “Soy muy viejo para aprender”, “El lunes empiezo”. En el libro comparto consejos y motivación para que las personas puedan cumplir sus metas, porque nunca es tarde. Por eso digo: sí, Tú puedes.