En Chile hay más de 600 mil miembros registrados de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, más conocidos como mormones. La brasileña, avecindada en Chile, Anita Da Costa (22) es una de ellos. Y no tiene nada que ver con la imagen clásica de los misioneros rubios, caminado en pareja por las calles y caminos del país, promoviendo su fe. Anita es morena, de grandes ojos cafés, alta y risueña. Muy linda. Está a sólo dos semanas de egresar de la carrera de Trabajo Social de la Universidad Adventista de Chile (UNACH), en Chillán, donde se ubica su sede principal. Y la conocemos haciendo la práctica en la oficina central del Hogar de Cristo en la región de Ñuble.
¿Qué haces aquí garotihna?
Anita llegó con su familia hace 15 años. Venían de Goiânia, la ciudad más grande del estado brasileño de Goias. Y la más verde de todo Brasil.
-Mi ciudad natal es conocida por sus muchos árboles, por la intensa lluvia, por la selva, y así llegamos a Antofagasta, que es justo lo opuesto. Yo tenía 7 años. No sabía hablar español ni mucho menos escribir. Sólo hablaba portugués y las únicas palabras que sabía en español eran: “Hola, ¿quieres jugar comigo?”.

La joven brasileña Anita Da Costa logró su independencia en Chillán, reforzó su identidad, su vocación y su fe.
Como hija de migrantes y migrante ella misma, Anita ha vivido la discriminación. “Esa frase infantil era clave para integrarme, pero no es fácil incluirse. Aunque aprendí pronto el idioma, fui la primera en mi familia en hablarlo, sufrí harta discriminación. En el colegio se burlaban de mis comidas, principalmente porque comía arroz con porotos negros. Los niños hacían gestos de vómito, de arcadas. Más encima, yo era gordita y me decían ‘la pelota de fútbol’. Sufrí mucho bullying”.
-¿Cómo lograste aprender el idioma e integrarte?
-Mi mamá dice que tuve que aprender rápido para poder seguir en el segundo básico, que era el que me correspondía por edad, pero me exigían saber leer y escribir en español. De lo contrario, me recibirían en primero básico. Mi mamá les pidió que me dieran dos meses para ponerme al día, y así lo hice. Fui la primera de los cinco en aprender español.
Por qué una familia de cinco miembros deja tan radical y decididamente su tierra, su paisaje, sus comidas, es una cuestión que intriga.
Anita tiene la respuesta clara:
-Venir a Chile, específicamente a Antofagasta, fue una cuestión más bien espiritual. La historia es larga, pero voy a tratar de acortarla. Cuando mis padres cumplieron 10 años de matrimonio, decidieron conocer otro país para ver cómo las personas alababan a Dios en una tierra distinta. Mi tío, que había viajado por todo el mundo, les dijo que vinieran a Chile, porque era un muy buen lugar. Mi padre afirma que Dios le dijo que viniera con toda su familia a radicarse a Chile. Y así lo hizo.
El papá de Anita es veterinario. Antes de viajar a Chile, trabajaba en una verdadera transnacional alimentaria, la empresa Sadia. Su mamá es bióloga y ecologista. “Ellos tenían un emprendimiento de proyectos ambientales, pero decidieron dejarlo todo y empezar de cero en Antofagasta como misioneros, que es lo que verdaderamente son de vocación”.
Hoy su padre es capellán de un colegio en Antofagasta y su mamá, profesora de educación religiosa en colegios subvencionados particulares de la ciudad nortina.
Más llamativo aún es el modo con que su padre quería aportar al desarrollo social y espiritual de Chile.
-En Brasil, mi papá trabajaba y llevaba un deporte que se practica allá y se conoce como el futebol de botão o fútbol de botón. Allá lo practicaban adultos mayores y personas en situación de calle. Se juega sobre una tabla con botones o discos para simular a los jugadores sobre una cancha de fútbol. Él trajo el deporte a Chile y trató de llevarlo a algunas fundaciones. Así conoció el Hogar de Cristo en Antofagasta. Él se hizo voluntario, pero nunca me llevó.
Ahora Anita Da Costa conoce el Hogar de Cristo mejor que él, porque ha hecho una larga práctica profesional en sus servicios sociales en Chillán.
-Yo ahora estoy terminando mi práctica en el Centro Integrado Diurno y, además, cumplo algunas labores en otro servicio: el Apoyo Territorial Calle.
-De qué se trata cada uno. ¿Cómo los explicarías a quién no es trabajador social como estás a punto de serlo oficialmente tú?
-Los dos servicios son muy atingentes a las necesidades de un país que envejece. Cuando escuché el nombre Centro Integrado pensé que sería como un lugar de encuentro de personas mayores donde se hacen algunos talleres y están acompañados. Pero la palabra “integrado” es clave, porque se produce una mezcla de personas, de grupos sociales, edades, necesidades muy distintas. Personas mayores, personas con discapacidad, personas en situación de calle, todos se encuentran en una misma sala, en una misma mesa y se dan dinámicas muy interesantes. Hay que tener un manejo importante de grupo, pero sirve para cambiar esa idea de que un taller es sentarse a escuchar. Aquí se aprende mucho de la interacción. Y es bastante fructífero todo lo que pasa.

Dos casos de vocación clara y comprimiso toral con los más desvalidos: Anita Da Costa y Samira Manrique.
Cuenta que esta tarde tienen un taller de actividad física el que pensaron en cancelar por las fuertes lluvias y ráfagas de viento. “Pero todos insistieron en venir, así es que lo haremos contra viento y marea”.
Sobre el Apoyo Territorial Calle, donde el trabajo es con los más vulnerables entre los vulnerables, las personas en calle, dice:
-Lo que hacemos es apoyarlas con atención psicosocial. Es decir, les ayudamos a garantizar las condiciones mínimas que les permiten acceder a beneficios estatales, a los servicios de salud física y mental, a sacar o renovar documentos. Es un servicio ambulatorio. Vamos a la calle a atenderlos. Este servicio busca ver y abordar la realidad como es. Damos algunas ayudas asistenciales, claro, porque a veces es necesario para satisfacer lo más básico, pero lo fundamental es que los vinculamos e incluimos con redes de apoyo para que vuelvan a ser autónomos. Porque de ellos debe partir el cambio
Anita se declara admiradora de las mujeres que enfrentan la situación de calle. Las califica como “guerreras”.
-Vivir en situación de calle es durísimo, y siendo mujer es aún más difícil. Hay mucho daño, traumas importantes. Ahora mismo trabajo con una participante que está atravesando un tema de salud crítico y no cuenta ni siquiera con agua potable para poder seguir su tratamiento. Estamos buscando con qué redes ligarla -dice, y es primera vez que se le escapa un poco de portuñol. Aunque ciertamente el acento la traiciona. “Ese no se me despega”, dice, entre risas.
Desde hace 5 años, lo que dura la carrera que está terminando, Anita vive sola en Chillán.
Dice que proviene de una familia migrante y misionera, y que ella también hace ambas cosas. Migró de Antofagasta a Chillán. Se independizó. Dejó de ser el jamón del sándwich, como define su condición de hija del medio.
-¿Por qué elegiste Chillán para estudiar?
-Primero no fue tan sencillo elegir la carrera de servicio social. Yo soy sensible, sentimental, y la pobreza me dolía, me hacía sufrir. Pero un día en que compartí una pizza con una persona en situación de calle en Antofagasta, sentí que eso era lo mío. Dios me dijo que yo nací para servir, para dar amor a las personas más desvalidas y que me dejara de porfiar. Con ese llamado tan claro no me quedó más que buscar una universidad que juntara lo intelectual y lo espiritual.
Así llegó a la Universidad Adventista de Chile, que tiene presencia en Chillán. “En Brasil está en varios estados, acá solo en la región de Ñuble. Y aunque es adventista y yo pertenezco a otra Iglesia, es cristiana y muy receptiva con los extranjeros”.
Anita dice que necesitaba independizarse. Que como hija del medio no tenía una identidad clara y sentía que vivir sola le permitiría crecer.
-Mi mamá me vino a dejar, pero se fue al día siguiente, solo me acompañó a mí y realmente me dejó. Me quedé en la casa de unos conocidos y la verdad es que no la pasé tan bien. Obviamente después de tanto tiempo viviendo solo con mi núcleo familiar, manteniendo las costumbres y el idioma en la casa, sufrí un choque cultural. Extrañaba la comida, hablar en portugués. O sea, no fue nada fácil, pero mis ganas de sacar adelante esta carrera fueron más fuertes. Y mi fe también. Al final, yo creo que si Dios llama, él mismo te da la fuerza para seguir adelante. Así es en mi caso.