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José Miguel Benavente: «El pituto habla de la desconfianza que nos tenemos»

El ingeniero y experto en innovación que fue vicepresidente ejecutivo de la CORFO explica por qué la sociedad civil debe tener un papel central en el desarrollo social. A propósito de Futuro Común, advierte que el desafío no es sumar mesas de trabajo, sino escuchar a las comunidades, entender sus necesidades y articular soluciones pertinentes. Y usar el pituto en su sentido positivo, que también lo tiene.
Por Ximena Torres Cautivo
Octubre 21, 2026

Mide un metro 93 sin zuecos y uno 95 con el calzado holandés que le alivió para siempre el dolor de espalda, resabio de sus tiempos de rugbista. Llega en Uber al estudio donde hacemos Hora de Conversar en Estación Central y decide irse a pata (o en zuecos) hasta el Metro Alberto Hurtado, sin temor frente a las advertencias de que en el barrio asaltan. “Prefiero caminar”, comenta y agrega que nunca lo han cogoteado. La altura del ingeniero y doctor en Economía, académico, ex vicepresidente ejecutivo de la CORFO, autoridad en temas de innovación, José Miguel Benavides (58) probablemente sea lo que lo ha salvado de esas dificultades.

José Miguel Benavente en el estudio donde hacemos Hora de Conversar. Nótese el calzado: zuecos holandeses que le quitan el dolor de espalda.

Pero no lo invitamos a conversar de inseguridad, sino de Futuro Común, la iniciativa que lanzaron Hogar de Cristo, la Comunidad de Organizaciones Solidarias y Fundación Colunga hace unas semanas. El principio fundante es que no se puede seguir hablando de desarrollo, centrando el tema sólo en el crecimiento de la inversión, del empleo, de los más o menos impuestos. Hay que poner a la par el desarrollo social.

—Suena bien obvio. ¿Cuál es la novedad?

—Más allá de la temática, como tú dices, que es más o menos obvia, lo que propone Futuro Común es ver cómo se interactúa para el desarrollo social. En general, en Chile para promocionar temas de política pública, los que tienen que ver con el bienestar de las personas, participan tres instituciones: el Estado, que pone recursos y tiene ministerios dedicados a esto; el mundo privado, a través de empresas productivas, que generan empleo y aportan distintas iniciativas, como la responsabilidad social empresarial. Y también el ámbito académico. Esta triple hélice se involucra en cuáles son las mejores políticas públicas. Pero hay un jugador que está como fuera de esta discusión, pero es tremendamente interesante. Hablo de la sociedad civil organizada.

La gracia de Futuro Común es poner a estas instituciones, a estas oenegés, al centro, sostiene José Miguel Benavente. Esa es la novedad, que puede resultar sumamente aportadora.

—Ese cuarto jugador, poco presente hasta ahora, es sumamente relevante, porque está en el terreno, interactuando diariamente con las personas que requieren ayuda. El mundo público está lejano de esos problemas, porque actúa a nivel macro, nacional. No ve lo que está ocurriendo en una comuna, en un barrio. Yo provengo de la universidad que muchas veces está en su torre de marfil investigando prácticas internacionales, estructurales y pensando fundamentos académicos. Ese es su rol, y está bien, pero es una mirada lateral.

La mirada frontal donde las papas queman de la realidad social es la que valora el académico. “Tener una iniciativa como ésta, articulada por un conjunto de instituciones que representan a la sociedad civil es tremendamente valioso”.

MUCHOS JUSTOS, POCOS PECADORES

—En Chile, en ciertos sectores, está muy instalada la idea de que la empresa, de que los empresarios, son perversos. ¿Percibes eso así? Y eso se cruza con una confrontación muy ideológica entre quienes sueñan con un enorme Estado protector y los que lo quieren reducir al mínimo.

—Claro. Yo he escuchado a políticos de izquierda que sostienen que es el Estado el que tiene que hacerse cargo de todo y sabemos que eso, al menos hasta ahora, no ha resultado. Otro aspecto tiene que ver con la forma en que se organiza el Estado, particularmente, el gobierno para atender necesidades que tienen que ver con las dimensiones del bienestar. Es una mirada de estanco, donde incluso los ministerios tiene un nombre que los cierra en un tema: salud, vivienda, educación, trabajo, desarrollo social. Es una arquitectura de estancos, donde es muy difícil que haya una coordinación pública.

El académico le agrega a este modelo los distintos “pisos” de la gestión pública: lo nacional, lo regional y lo comunal. “Lo interesante es que lo comunal vuelve a juntarlo todo”, reflexiona.

—Al final, ¿quién es el responsable del bienestar de los ciudadanos?

—Dependiendo de la ideología o de la mirada política que tienen a las personas algunos dirán que el mundo privado debería ser parte de esto. Yo ahí no estoy tan de acuerdo porque al mundo productivo no se le puede exigir un rol social más allá de lo básico, como que no dañe, no impacte negativamente el medio ambiente con su actividad, por ejemplo. Los dueños de las empresas como personas naturales pueden hacer lo que quieran con su tiempo, con su dinero, con su conocimiento. Esa es otra historia, y ahí hay de todo. El Estado, en cambio, tiene un rol social ineludible, pero está muy sujeto a su arquitectura de funcionamiento. Es muy centralizada, ya hablamos de los estancos. Todo eso dificulta que las políticas sociales permeen los territorios y se llegue bien con medidas puntuales y útiles.

El doctor en filosofía formado en Oxford vuele sobre la importancia en ese escenario de las organizaciones de la sociedad civil organizada. “Históricamente han tenido un rol muy fuerte. El Hogar de Cristo, que está cumpliendo 82 años este mes, da cuenta de ello. Pero está la legitimidad social de estas instituciones en tiempos de desconfianza generalizada.

A través de su trabajo en el BID conoció experiencias que pone de ejemplos como innovadores en materia social. La conversión de un barrio en torno a las copas de agua. Donde antes habia peligrosos sitios eriazos se levantaron bibliotecas y after school. Fue en Colombia.

—¿Cuán rayada quedó la pintura de las oenegés a partir del escándalo de los convenios?

—La legitimidad social la traían y la tienen. Pero están la legitimidad pública y política, las que, por la culpa de un conjunto de personas que hizo un mal uso de los recursos públicos, se vieron afectadas. El escándalo afectó a justos por pecadores. Una pena, porque aquí los justos son miles y los pecadores muy pocos. Yo creo que hay que esforzarse porque este tipo de instituciones recupere su sitial en la confianza pública y política.

RENCA PARECE QUE LA LLEVA

Como experto en innovación, José Miguel Benavente nos sorprende cuando afirma que algunas organizaciones de la sociedad civil sufren de los mismos males del Estado: Criterio centralizado y mentalidad de estanco o parcela, respecto de las temáticas de las que se ocupan. “No es bueno que cada uno se centre en una dimensión del bienestar, salud o educación, y no vea que potencialmente puede haber sinergias tremendamente importantes entre una y otra oenegé de temáticas distintas, pero complementarias”

—Por eso me gusta tanto esta iniciativa de Futuro Común que reúne a tres organizaciones: Hogar de Cristo, Fundación Colunga y la Comunidad de Organizaciones Solidarias, detrás de las cuales hay centenares de otras instituciones. Es un espacio de coordinación del quehacer que resulta fundamental para el trabajo en los distintos territorios. Y además se trata de organizaciones que trascienden a los gobiernos y pueden empujar mejoras sociales sustantivas.

Como exvicepresidente ejecutivo de la CORFO y como ex jefe de la división de Innovación del BID conoce experiencias donde las oenegés se relacionan con los gobiernos comunales sacando adelante proyectos sociales notables. Menciona, en Chile, lo que está haciendo el municipio de Renca, liderado por el alcalde desde hace tres periodos, Claudio Castro. Y recuerda también lo que le tocó conocer en Brasil, específicamente en Curitiba, y en Colombia, en Medellín.

—En Chile tenemos una idea de lo que es el emprendimiento y la innovación como muy lejana. Cuando de lo que se trata es de plantearse preguntas pertinentes respecto de un problema e interactuar con quienes lo viven para ir dando con soluciones. Eso ha hecho Renca. Ha identificado problemas concretos y ha conectado a quienes los enfrentan con quienes pueden resolverlos. No basta con decir que existe un problema de seguridad: hay que entender qué ocurre, dónde, cuándo y por qué. Solo entonces es posible buscar soluciones adecuadas.

—¿Cómo se hace ese cruce entre necesidades y soluciones?

—Primero hay que estructurar bien el problema, que es lo más difícil. Después juntas la demanda, es decir, a quienes enfrentan ese problema, con la oferta de posibles soluciones. Pueden ser emprendedores, empresas o instituciones de formación. En Renca han hecho algo muy interesante: convocan a empresas instaladas en la comuna para conocer sus dificultades cotidianas y luego las conectan con quienes pueden ayudar a resolverlas.

Menciona necesidades relacionadas con la logística, la seguridad y las competencias laborales. El municipio genera un espacio donde empresas, emprendedores e instituciones de formación pueden encontrarse. La solución no viene impuesta desde fuera: se construye a partir de las necesidades del territorio.

—Y ahí no hay paternalismo, sino una relación horizontal.

—Exactamente. Eso es súper importante. Se genera un espacio de confianza y las empresas participan porque tienen problemas reales que necesitan resolver. No se trata necesariamente de responsabilidad social empresarial. A veces una empresa tiene una dificultad logística muy local que no le puede pedir al ministro de Transportes que le solucione. La respuesta está en el territorio.

ENFOCARSE EN LA “SOLUCIONÁTICA”

El modelo, dice, también permite que las soluciones puedan replicarse en otros lugares. Una iniciativa que nace para resolver una necesidad específica puede convertirse en una oportunidad de emprendimiento si se descubre que el mismo problema existe en otras comunas. Lo que se llama “escalabilidad”.

Benavente recuerda una experiencia en Colombia: espacios que eran focos de delincuencia se transformaron en bibliotecas. La solución surgió de escuchar a las comunidades, que necesitaban lugares seguros para sus hijos mientras sus madres trabajaban. Con recursos privados se habilitaron esos espacios, que pasaron de ser puntos conflictivos para convertirse en lugares de desarrollo y protección.

La presentación de Futuro Común fue un éxito de convocatoria. José Miguel Benavente asistió, porque fue uno de los redactores del documento fundacional.

Le comentamos que en Chile se ha vuelto común que frente a cada gran problema se instala una mesa de expertos o un observatorio del problema. Y la sensación es que al final la ciudadanía no tiene idea para qué sirvió la mesa y cuánto aporta el observatorio.

—¿No estamos demasiado enfocados en la problemático y poco en la “solucionática”?

—Estoy de acuerdo contigo. Pero hay que tener mesas para estructurar los problemas, no solamente para buscar soluciones. Muchas veces los emprendedores y quienes diseñan las políticas públicas están adivinando cuál es la mejor respuesta a un problema que creen que existe. Yo invertiría ese tiempo en ponernos de acuerdo sobre cuáles son los problemas específicos y definirlos claramente.

No basta con declarar que hay un problema de seguridad. Es distinto decir que una persona, al salir de su casa por la mañana y caminar hasta determinada esquina, tiene una alta

Para Benavente, las organizaciones de la sociedad civil pueden cumplir un papel fundamental en ese proceso, ayudando a las comunidades a identificar y formular sus problemas, y conectándolas con quienes tienen capacidad de resolverlos.

EL PITUTO Y LA DESIGUALDAD

Futuro Común tuvo como único expositor al experto israelí Gilad Tanay, quien es conocido por su teoría de cuánto impacto se puede obtener de un dólar puesto en inversión social.

—¿Qué te pareció lo más novedoso de su exposición?

—Dos cosas. Primero, nos hizo ver que Chile no está tan mal como pensamos. Tenemos un sistema público y formas de organización colectiva que funcionan. Hay problemas, por supuesto, pero no hay que autoflagelarse. Y lo segundo es que debemos empezar mucho antes: no llegar al final con las propuestas, sino estructurar bien los problemas y los desafíos para evitar que se conviertan en situaciones inmanejables.

El speaker internacional que fue parte del lanzamiento de Futuro Común, Gilad Tanay. Su tesis se funda en cómo sacar el máxim impacto social a un dólar. O a un peso, en nuestro caso.

La conversación deriva hacia “el pituto”, concepto que Tanay abordó. Benavente distingue dos sentidos: el acceso privilegiado a un trabajo o cargo gracias a las relaciones personales y, por otro lado, el uso de redes para sacar adelante iniciativas que beneficien a una comunidad.

—El pituto también da cuenta de la desconfianza que nos tenemos. Si conozco a alguien del colegio o del barrio, puedo preferirlo por sobre otra persona, incluso si esta última tiene mejores competencias y más capacidad. Pero también existen redes que permiten impulsar proyectos en beneficio de otros. No es lo mismo aprovechar un vínculo para obtener un puesto que usarlo para sacar adelante una iniciativa social.

Sin embargo, el problema de fondo comienza mucho antes del ingreso al mercado laboral.

—Hay algo que viene desde la educación. En Chile tenemos un sistema en el cual tú no eliges el colegio al que quieres ir, sino que el colegio te elige a ti, en función de tus ingresos. Y la educación que reciben quienes pagan menos es distinta de la que reciben quienes pueden pagar más. Esa desigualdad en el acceso a las oportunidades comienza muy temprano.

Benavente es uno de los autores de El otro modelo, libro que fue best seller en su tiempo y en el que aborda, entre otros temas, la provisión de derechos sociales. Defiende la participación de instituciones privadas en la educación, pero sostiene que no deberían existir barreras de entrada que impidan a los niños acceder a la educación primaria y secundaria.

Un tema que merece una segunda Hora de Conversar con José Miguel Benavente y que dejamos comprometida.