“Don Luis Cifuentes” (75), como se hace llamar, es un galán, pero también un filósofo, un observador social, un buen amigo —incluso de su exyerno— y un hombre espiritual, aunque no adscriba a ninguna religión. Participante del servicio de apoyo domiciliario a adultos mayores que Hogar de Cristo tiene en Penco, perdió su modesta mediagua en los incendios de mediados de enero.

En el frontis de su casa de emergencia, Luis Cifuentes recibe al capellán del Hogar de Cristo y una decena de autoridades y periodistas. Dice que se siente dueño de un palacio.
Hoy, con 5 millones de pesos en su cuenta corriente, y con mobiliario y enseres que nunca antes tuvo, ofreció su casa de emergencia para realizar allí el cierre de la campaña solidaria que levantó Hogar de Cristo en Biobío y Ñuble.
Luis fue uno de los primeros casos que conocimos en profundidad, cuando los restos de las casas destruidas en el sector Lord Cochrane de Lirquén aún humeaban. Entonces lamentaba la desaparición de Lulú, su gata, su compañera tras casi tres años de viudez, a la que buscaba desesperado. Lloraba la pérdida de su precaria vivienda, pero sobre todo la de su hija, su cuñado, sus vecinos y familiares y amigos que, como él, se quedaron sin nada.
Ve aquí su testimonio:
—Yo vivo aquí en este sitio desde 1971. El terreno es de la familia de mi difunta esposa, María Petronila González, y lo compartimos con su hermano, mi cuñado, que ahora está con Alzheimer, la misma enfermedad que ella tuvo al final. Mi señora murió a consecuencia de eso mismo. Una de mis hijas y sus cuatro niños también viven aquí.
Luis dio testimonio en la cadena nacional que hizo Anatel para apoyar a los damnificados a través de cuatro organizaciones: Bomberos, Techo Chile, Levantemos Chile y Hogar de Cristo. Lo hizo por la fundación del padre Hurtado, de la que es parte como usuario del servicio de atención domiciliaria para adultos mayores.
Esa cadena de Anatel fue el inicio de la campaña, y Luis, con su carisma y elocuencia, resultó un excelente embajador para despertar la solidaridad con quienes, como él, lo habían perdido todo. Tanto así que, esa misma noche, el conductor de televisión Pancho Saavedra recibió un llamado con una donación específica para Luis Cifuentes: 5 millones de pesos.
Hoy dice que ese dinero está intacto en su cuenta de BancoEstado. Que, aunque durante casi dos meses durmió en una carpa iglú —que aún está montada en un sector del sitio lleno de escombros—, no ha querido tocarlo.

Luis Cifuentes junto al jefe del servicio de atención domiciliaria para personas mayores, de la cual es parte desde hace años. Agradecido, Luis manda a comprar bebidas para las visitas y no para de dar las gracias.
“Hemos tenido mucha colaboración. Gente que nos trajo comida caliente, agüita, hasta hace poco. Yo pasé mucho frío en la carpa, la humedad se pasa y a veces amanecía todo mojado, pero, gracias a Dios, gozo de buena salud. El único medicamento que tomo es uno para la hipertensión, pero estoy bien, más ahora que tengo esta casita. Será de emergencia, pero para mí es como una barra de oro. Un palacio”.
Hace poco más de una semana, Luis cuenta con esa vivienda de emergencia que le parece un palacio, “vestida” por dentro con los muebles y enseres del kit que Hogar de Cristo entregó a 325 familias, entre ellas la suya.
Él dice:
“Antes del incendio, yo tenía dos platos, dos tazas, dos cucharas, no más. Ahora tengo un juego de loza completo. Cocina con horno, ollas, sartén. Un montón de cositas nuevas. Hasta un hervidor, aunque después del incendio alguien me regaló uno; el del Hogar de Cristo está sin abrir en su caja, porque se lo voy a dar a mi hija. Ella tiene una pieza que le armaron acá al lado. También se le quemó todo y aún no le llega la vivienda de emergencia”.
En su nuevo comedor, Luis hace memoria:
—Nací en 1951. Era uno de los menores en una familia de ocho hermanos o más; la verdad es que no me acuerdo bien. Vivíamos en Andalién Viejo. Yo llegué hasta tercero básico, por eso solo sé firmar: no leo ni escribo. Mi papá me hacía levantarme a las cinco y media de la mañana para ayudarlo. Uno le obedecía en todo; bastaba con una pura mirada. Él era obrero en la cantera de Lonco. Trabajó por muchos años con el señor Osvaldo Acosta, que era chileno-peruano.

El lunes 23 de marzo fue un día soleado en Biobío. En el sitio donde tiene su flamante vivienda de emergencia aún está en pie la carpa tipo iglú, donde Luis Cifuentes durmió durante casi dos meses .
Sus ojos azules se oscurecen al recordar las apreturas de su infancia.
“Había que salir a buscar leña a los cerros y cargarla en los hombros, ir a los pozos a buscar agua en unas latas cuadradas. Como niños fuimos muy golpeados, muy humillados. Dormíamos en una pieza de cuatro por cuatro, todos juntos. De a cuatro en un somier. Yo me formé en tiempos duros, en que se sufría mucho”.
Se ensimisma en sus recuerdos y describe la imagen del niño que fue:
“Nos vestían con lo que fuera. Yo usaba pantalones cortos y zapatos plásticos. Siempre se esperaba que la ropa nos durara años, pero uno crecía y la ropa no”, dice, riéndose y recuperando el optimismo que lo caracteriza.
—¿Cómo armaste tu propia familia?
—Ella tenía 13 y yo 15 cuando nos casamos. Yo trabajaba en una pastelería que ya no existe, en la calle Aníbal Pinto, en Concepción. Era una pastelería muy fina que se llamaba Saure. Repartía los pedidos en un triciclo. Ella vendía pan en la calle Carrera, esquina Caupolicán. Así la conocí. Fuimos padres de siete hijos.
—¡Tantos!
—Así era antes, era lo más común. No lo digo quejándome, pero así era, sobre todo entre la gente más humilde, lo que los volvía más pobres.
—Ahora los chilenos tienen cada vez menos hijos.
—Han cambiado las cosas, claro que sí. Pero la pobreza sigue viva, sobre todo en los campamentos. Ahora mismo, en Penco y Lirquén, hay gente mayor, con graves problemas de salud: con Alzheimer, con pérdida de vista a causa de accidentes cardiovasculares, con poca movilidad, durmiendo en carpas. Cómo me gustaría que Dios les diera la posibilidad de contar con sus cuatro paredes, como fue en mi caso.
—¿A qué atribuyes tu buena fortuna?
—Creo que cuando uno obra bien en la vida, eso se devuelve. El Señor siempre me ha elegido para darme oportunidades y salir adelante. Ahora tengo buena salud y estoy disponible para ayudar a otros. Eso me hace mucho bien. Pero sí reconozco que me siento algo solo. Me gustaría tener una dama para quererla, estimarla, adorarla, tenerla regalona, y que ella diga: “Estoy con un varón de verdad”, afirma.
Y acepta que grabemos en video su solicitud, a ver si alguien se interesa en su oferta. Este es: