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Martín Huentecol Queupul:

El Cristo quebrado de la madre Isabel

Pertenece al 5 por ciento de personas en situación de calle que se reconocen mapuche. Un dato de 2017 que sin duda sub contabiliza esa realidad. Hoy, que la Noche Más Larga, esa que da inicio al invierno cada 21 de junio y dedicábamos a quienes viven a la intemperie, se declaró Día de los Pueblos Originarios, juntamos ambos hitos en la historia de este ex lonco que vive en la Hospedería de Hombres de Rengo.

Por Ximena Torres Cautivo

Martín Eloy Huentecol Queupul (65) nació y vivió en Carahue hasta que lo atropellaron y fue abandonado en un hospital de niños por su familia. “Ahí estuve mucho tiempo, perdí la memoria. Por eso, hasta hoy el boche de la tele me abomba la cabeza”, dice, justificando así sus escapadas de la Hospedería de Hombres San Benito de Rengo, región de O´Higgins, donde ha vivido de manera intermitente desde comienzos del 2000, cada vez por periodos más prolongados.

Martín es una persona en situación de calle a la antigua, propia de un mundo rural paupérrimo y de otra época, como muchos de sus compañeros de la Residencia de Rengo. Su caso remite a los “torrantes” de antaño, a “la choca” o merienda que se calentaba en un tarro a la vera del camino, por los campos de Chile pre y post Reforma Agraria, décadas antes de que aparecieran los actuales “temporeros”. Mapuche por padre y madre, nacido en la ciudad de las papas, Carahue, en La Araucanía, una vez que se recuperó, empezó su tránsito por Chile de sur a norte. Y su historia de consumo problemático de alcohol.

La periodista Francisca Subercaseaux (50), creadora, directora y ejecutora en terreno de la Fundación TODOSUNO, se considera “hermana” de los 22 hombres que viven allí y hoy es su cocinera, confidente, chofer, secretaria de actas y lo que sea necesario hacer. Desde 2020, cuando a causa de la pandemia hubo que funcionar 24/7, Hogar de Cristo le propuso que se instalara en la residencia y se encargara del funcionamiento de día, para que los hombres pudieran hacer cuarentena.

Hasta ese momento, TODOSUNO se ubicaba precariamente en una parroquia en la vereda de enfrente para dar albergue y almuerzo a los que debían dejar la hospedería por la mañana y no tenían dónde ir. Desde entonces no ha parado y se ha convertido en gran amiga de Martín Huentecol y su “primo”, Carlitos Pradenas (76), otro residente habitual de la Hospedería, también oriundo de La Araucanía. “Nací en Tolten, pero después me fui a Puerto Saavedra, al lado de Carahue”, cuenta.

Eso, mientras Francisca recoge los pedazos de la biografía que le ha relatado Martín e intenta armar un puzle que se dificulta por dos atropellos –el que sufrió cuando niño y otro ya de adulto por esta zona, que terminó de destruirle una pierna–, el alcoholismo, los problemas de memoria. Dice Francisca:

-Martín ha sido un hombre muy solitario, obligado a trabajar desde los 8 años, que quedó huérfano muy chico. Un hombre que ha hecho todo su camino, todo su recorrido por el país, en soledad. Martín ha caminado por todo Chile teniendo como única compañía el recuerdo de sus familiares o escasos amigos muertos, porque él conversa con sus difuntos…  No  vayas a llorar, Martín –le pide, cariñosa, porque él está visiblemente emocionado escuchando la descripción de sus andanzas.

RANCHERAS Y PURRUN

Cristiano, cuenta que fue bautizado por la Iglesia Pentecostal de Chile, ya de adulto. Se sintió llamado a hacerlo porque “la Biblia, el Apocalipsis, dice: ´Respetar, para ser respetado, amar para ser amado´”. Y empieza con una letanía a ratos incomprensible por su hablar enrevesado, pero coherente en su contenido: “Mi Dios está en el cielo y nosotros, todos los hijos de Dios, estamos aquí, en el suelo, porque dijo nuestro Señor Jesucristo: ´Desde el cielo los miraré y veré quién hace el bien y quién hace el mal. Y los que actúen bien tendrán en el Cielo una casa linda y grande para todos´”.

Mucho de su relato incluye palabras como caídas, heridas, golpes. Fue así –caído, herido y golpeado– que hace unos 20 años tocó la puerta del monasterio de las Benedictinas de Rengo. Le abrió la madre superiora de entonces que estaba de portera, la española Isabel Arias (84), a quien vio como una madre, una hermana. Y ella hoy, en su lecho de enferma, afirma que para ella fue encontrarse con un “Cristo quebrado”.

Dice que lo recogió como pudo, porque estaba maltrecho, muy herido, botado en la entrada. Era un hombre destruido. “Hoy, aunque cuesta entenderle, sé porque hemos conversado durante años que tuvo una infancia muy triste, que fue maltratado por sus padres, obligado a trabajar desde pequeño. Luego quedó inválido a causa de un atropello y después huérfano. Y hay algo con su familia, un problema de tierras. No sé bien el detalle. Pero el caso es que no tiene nada: ni familia ni tierra ni nada. Hace muchos años tuvo una mujer, pero no ha sido padre. No tiene hijos”.

-¿En qué consiste exactamente su invalidez?

-Tiene una pierna muy dañada. Casi inutilizada. Si mides su velocidad, avanza diez centímetros por paso. Y así y todo es capaz de irse caminando hasta Curicó desde Rengo. Allá tiene una familia amiga que lo acoge con cariño y es capaz de partir caminando, a veces bajo la lluvia.

-Se tiene fe y tiene mucha fe. Se nota un hombre muy religioso.

-Sí, es evangélico. Acá viene y hace cantos al Señor. Brota de él, el Espíritu Santo. Le sale un canto tras otro, y se eleva, incluso le canta al Señor en su lengua.

La monja y el Cristo quebrado, han cimentado una amistad inquebrantable.

“Para ella, Martín es Jesús caminando por Rengo”, sostiene Francisca Subercaseaux, quien aborda cuestiones más terrenales de su personalidad, como su mal genio y su tendencia a perderse por varios días. Esos, cuando el trago es más fuerte.

-Cuando toma, Martín se vuelve agresivo. Levanta su muleta y amenaza con pegarnos, dice cientos de garabatos por minuto, pero después se aplaca y vuelve a ser el hombre dulce y frágil, que frente a cualquiera que se le acerque, reacciona como lo hace un perro apaleado. Se encoge como si lo fueran a agredir. Eso me impresiona, me conmueve.

Con Carlos Pradenas, su coterráneo, hace buenas migas. Se tratan de “primos” y andan para todos lados juntos, incluso son cómplices de fuga. Y mientras uno canta rancheras –Carlitos se luce entonando “Juan Charrasqueado”–, el otro lo hace en mapudungun. “De joven fui lonco y bailaba purrun, tocaba los tarros, pero ahora no me puedo ni mover, camino apenitas”, se lamenta, Martín.

Francisca comenta que Martín ha desarrollado una suerte de TOC con los zapatos. “Todos los meses, cuando cobra su pensión, se compra zapatillas o zapatos nuevos; el resto de la plata se la toma”.

La madre Isabel es más indulgente. Sostiene: “A Martín le ha ayudado mucho la Hospedería del Hogar de Cristo, incluso se ha rehabilitado del consumo de alcohol, en la medida de lo posible, claro. Está mejor.  A veces, viene a verme vestido con ropa nueva, de muy buena calidad, que se ha comprado él mismo. Tiene otra dignidad, aunque siga siendo una persona alcohólica”.

Para ella, es simplemente un hombre bueno que ha sufrido lo indecible. Tanto, que él ni siquiera lo recuerda.

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