Su papá se llama Aníbal Pinto Augusto. Tiene 90 años y participa del sistema de apoyo domiciliario para personas mayores del Hogar de Cristo, que lo acompaña en sus controles médicos y en los cuidados que necesita a esta altura de la vida. Hoy está hospitalizado en Coronel y sabe que la casa donde vivió durante décadas se quemó por completo, que no quedó nada y que todo lo que conocía desapareció en una noche.
-El incendio empezó por el cerro. Pensamos que no nos iba a tocar.
Pero el viento cambió.
-El fuego se levantó, como una lengua. Pasó la casa y saltó para acá.

Merita y su hermano en la casa que construyeron sus padres. Hoy ella clama por una mediagua. Lo que hoy se llama vivienda de emergencia.
Merita y los vecinos sacaron mangueras y empezaron a mojar muros, techos y cercos para tratar de ganarle tiempo al fuego. Estaban echándole agua a su casa y los vecinos hacían lo mismo, pero primero ardió la casita de atrás, después la de la vecina y finalmente la de ellos.
-Nadie quiere dejar la casa. Todos teníamos la esperanza de salvar al menos a nuestras mascotas o los recuerdos, las fotos, los certificados médicos, algo…
Hasta que ya no se pudo más.
El calor empezó a empujar desde atrás. Las pavesas caían como brasas encendidas sobre los techos. El humo hacía arder los ojos y apretaba el pecho. Merita miró hacia arriba y entendió que el fuego ya había ganado la carrera.
-Tuvimos que salir arrancando. Y de lejos veíamos cómo se quemaba la casa.
Caminaron cerro abajo sin mirar atrás. A ratos corrían. A ratos se detenían a esperar a los más lentos. Desde la calle, con otros vecinos, vieron cómo el fuego entraba por el patio y se metía por las ventanas.
-El color era negro. Las chispas saltaban y había que darle la espalda al viento cuando venían las pavesas.
La casa empezó a arder desde atrás. Primero la bodega. Después la cocina. Después los dormitorios. En minutos, lo que había tomado décadas en ser levantado era una sola llamarada.
Hoy Merita duerme en el liceo de Penco, junto a su familia y decenas de vecinos que también lo perdieron todo. Durante el día vuelve a Villa Italia para limpiar el sitio. Su hermano también perdió su casa. Otro vive en la población Huáscar: a él también se le quemó todo. La red familiar quedó golpeada completa.

Esta foto refleja la impotencia y el desconcierto de tantos adultos mayores damnificados que lo perdieron todo. El tesorero de una de las juntas de vecinos limpia el terreno, mientras el trabajador social del Hogar de Cristo, Víctor Jerez contempla la devastación en la Villa Italia de Penco. Se entiende la necesidad de Merita: una mediagua.
-Ayer vinimos a limpiar. Y después nos volvimos al liceo a dormir.
Merita camina por el terreno con cuidado. Reconoce los bordes, los desniveles, el lugar exacto donde estaba cada pieza.
-Aquí dormíamos nosotros. Allá estaba la cocina. Y más allá, la pieza de mi papá.
Se queda un momento en silencio.
-Esta es nuestra casa. Lo que les costó tanto a mis padres.
Lo que vivió Merita se repite en cientos de familias de Penco, Lirquén y Tomé. Barrios completos arrasados. Y desde acá, en medio de los cerros quemados y los pasajes cubiertos de ceniza, la ayuda empieza a hacerse visible.
Este jueves llegó el primer camión del Hogar de Cristo a Villa Italia. Trae agua, herramientas para despejar los terrenos y kits de remoción de escombros para las familias que, desde el amanecer, limpian lo que quedó de sus casas. Palas, guantes, mascarillas, carretillas. Lo básico para volver a empezar. Y está la expectativa de tener una mediagua.
El camión avanza lento por las calles angostas. Los vecinos se acercan. Preguntan. Miran. Algunos ayudan a descargar.
Merita observa desde la vereda.
-Eso es lo que se necesita ahora -dice-. Agua y herramientas. Nada más.
El trabajador social Víctor Jerez, responsable del Programa de Atención Domiciliaria para Personas Mayores en la zona, recorre el sector desde que empezó la emergencia.
-Aquí la comunidad se movió sola desde el primer día -dice-. La gente no ha parado de limpiar. No han dormido. Están trabajando con una fuerza impresionante.

Merita con Víctor de Hogar de Cristo y un hermano de ella. Toda la familia sufrió la pérdida total de sus viviendas, por eso ella clama por “una mediagua”.
En estos días, el Hogar de Cristo activó su campaña humanitaria para apoyar a familias damnificadas por los incendios. Y hoy, con la llegada del primer camión, la ayuda ya está en terreno. No es solo material. Es presencia, acompañamiento. Es estar cuando se apagan las cámaras.
Junto a la entrega de agua y herramientas, el Hogar de Cristo también está desplegando su Programa de Primera Respuesta, un dispositivo de apoyo y contención emocional para familias que enfrentan un proceso largo, incierto y desgastante.
Merita escucha. Asiente.
–Necesitamos al menos una mediagua -dice-. Para cuidar a los nuestros.
Se refiere a su papá. A sus nietos.
Mira el sitio una vez más.
-Queremos seguir aquí.