–Aquí la comunidad está actuando mucho más rápido que la institucionalidad. Son los vecinos afectados los que no han parado de limpiar y despejar sus terrenos tras la destrucción total de sus viviendas. No hay una estimación oficial de cuántas casas se perdieron acá en Lirquén. Escuché hablar de 600, pero yo creo que al menos deben ser mil.
El que habla es el trabajador social Víctor Jérez (39). Trabaja desde hace 13 años en el Hogar de Cristo y en 2018 asumió como responsable del dispositivo de ayuda domiciliaria a personas mayores de esta zona justamente.

Víctor Jerez y Daniel Fernández del Hogar de Cristo en la región del Biobío están desplegados en Penco-Lirquén entregando ayuda concreta, apoyo y anticipándose a la llegada de los kits de remoción de escombros.
Son 60 adultos, mujeres en su mayoría, los que reciben visitas regulares del equipo. Pero ahora nada es regular. Todo es urgente, intempestivo y doloroso.
En la zona de Penco-Lirquén, las viviendas de 12 personas mayores participantes del servicio quedaron reducidas a cenizas. Pérdida total. A ellas se suman las del dirigente vecinal con que más trabajan comunitariamente y de una colaboradora cercana: 14 viviendas hechas humo.
–Son al menos 50 personas vinculadas a nosotros que se quedaron sin techo, porque en los sitios nunca hay una sola vivienda. Están la mediagua de la nieta, la pieza que construyó un hijo. O sea, viven más que sólo un adulto mayor.
Conmueven las historias que narra Víctor. Dos se sitúan en sendos sectores de Lirquén, que son los con mayor destrucción tras el devastador incendio: las poblaciones Villa Italia y Lord Cochrane, donde el Hogar de Cristo tiene años de trabajo en terreno. Y Vista Hermosa, “un cerro grande donde no quedó nada en pie”.
–Aquí fue una voluntaria del Hogar de Cristo la que logró sacar a un adulto mayor postrado, que forma parte de nuestro programa de ayuda domiciliaria. A él lo vino a cuidar una hija y hubo que convencerlos a ambos de dejar la casa… Mucha gente que perdió la vida fue debido a que se negó a evacuar.

Víctor Jerez es desde antes de la pandemia el jefe del programa de atención domiciliaria de adultos mayores en esta zona. Asiste a 60 personas, 20 de ellas perdieron sus casas.
El segundo caso es de una mujer de 72 años que tiene a su cuidado a una hija con discapacidad mental.
En otro sector, conocido como Penco Chico, un adulto mayor logró salvarse gracias a sus vecinos.
–Salió a pie pelado, porque es no vidente. Ahora estoy haciendo gestiones para conseguirle un bastón guía y un baño portátil, porque los mismos vecinos se lo llevaron al campo. Ahí está a salvo, pero lo perdió todo, y necesita con urgencia esa ayuda concreta.
A Víctor, que conoce la zona como la palma de su mano, le preocupa lo que viene. No quiere que la gente sufra lo que padecieron los habitantes de los cerros de Viña del Mar hace casi dos años y que conoció de cerca porque estuvo apoyando allá.

La remoción de escombros es tarea prioritaria. Víctor Jerez siente que hay poca percepción de lo que viene: la reconstrucción de las localidades arrasadas.
–La gente aquí en Lirquén está limpiando afanada. No han dormido, trabajan con un empeño impresionante. Yo creo que el viernes muchos ya van a tener despejados sus sitios. Y la ilusión es que con eso ya podrán tener una mediagua o una vivienda de emergencia. Sabemos que eso no va a pasar tan rápido. Hasta ahora no se ha hablado nada de reconstrucción.
Y es lógico, reflexiona Víctor Jerez. “En este minuto, las autoridades están priorizando la recuperación de cuerpos. El Servicio Médico Legal está abocado a eso”.
Víctor se pregunta en voz alta lo que muchos comentan en la calle:
–¿Esto fue peor que los incendios de Valparaíso de 2024? Ahí murieron 136 personas. Acá se habla de 20. Pero muchos me han dicho que esta devastación parece aún peor.
Tal vez la respuesta esté en quienes hoy barren cenizas donde ayer había hogares.
-Mi nombre es Natalia. He sido residente de esta población toda mi vida, 40 años. Nací y crecí aquí en la comunidad de Lirquén. Vi cómo esta población se creó. Yo corría por el barro cuando niña en este lugar. Ahora, lamentablemente, a raíz de esta catástrofe tremenda, perdí todo. Quedé con lo que ustedes me ven, con lo puesto. Y cada granito de arena que puedan hacernos llegar, para nosotros es un tesoro.
Natalia habla con la serenidad de quien aún no termina de entender lo vivido.
-No tenemos ni siquiera las cosas básicas. Les agradecería que se pongan la manito en el corazón, que recuerden que también somos seres humanos. No necesitamos lujo, solo lo más básico. Pero, por favor, no nos olviden.
De manera brutal, ella aprendió una lección que ahora, que los focos de incendio no cesan, le interesa compartir:
-Me salve por un pelo, por esto, de quedar atrapada por el fuego. Si se encuentran en una situación de peligro, huyan. Dejen todo atrás. La vida es lo mejor. Eso es lo único que importa.
En el sector Italia, en la calle Leonardo Da Vinci, de la casi desaparecida población Italia, en Lirquén, otra vecina revive la noche del sábado pasado:
-Se veía el cielo muy rojo, mucho más que la vez pasada, cuando estuvimos en peligro en 2023. Eran llamas muy altas, muy rojas, muy intensas. Empezamos a tirar agua, cargamos el auto con lo importante: fotos, documentos, cosas del hospital. Mi mamá estaba conmigo, es adulta mayor y le cuesta caminar. Esa era mi mayor preocupación.
Salieron justo a tiempo.
-Nos fuimos a Cerro Verde Alto. Desde allá uno de mis hijos volvió a mirar y cuando regresó me dijo: “Mamá, era una llamarada gigante. Desapareció toda la población”. Ahí entendimos que ya no había nada, que lo habíamos perdido todo.
La familia había sobrevivido al incendio de 2023, que entonces dañó más a la comuna de Tomé. Creyeron que esta vez sería igual. No lo fue. “Ahora me están ayudando mis hijos, sobrinos, amigos. Somos una familia unida. Pero empezar de cero a los 58 años, viuda desde hace dos, no es fácil”.
Aunque la emergencia no es el foco del Hogar de Cristo, nuestro fundador nos enseñó que en estas calamidades nadie puede restarse de ayudar.
Por eso organizamos una campaña humanitaria muy práctica. Hoy salieron desde Santiago decenas de kits de remoción de escombros y 10 mil litros de agua embotellada que nos donó Soprole.

Hoy al mediodía partió ayuda hacia Penco-Lirquén: 10 mil litros de agua embotellada que donó Soprole y kits de remoción de escombros. Liliana Cortés, nuestra directora social nacional, fue la vocera en el punto de prensa.
La pérdida de al menos 40 viviendas de personas atendidas por el Hogar de Cristo en Biobío es mucho mayor a la estimada inicialmente. La dimensión psicosocial de la tragedia es crítica y prioritaria.
Mientras se coordinan apoyos con el municipio y empresas de la zona, la urgencia es concreta: llegar rápido con los kits de remoción de escombros –palas, guantes, mascarillas, carretillas- y con agua embotellada para quienes trabajan desde el amanecer limpiando lo que quedó de sus casas.
No es solo asistencia material. Es también presencia. Acompañamiento. Quienes lo perdieron todo no necesitan discursos. Necesitan agua para beber, herramientas para despejar, manos que ayuden a levantar. Necesitan sentir que, más allá de la emergencia que pronto dejará de ser noticia, alguien sigue mirando hacia este rincón del Biobío.
Si algo enseñan estas historias que conocimos en el recorrido junto a Víctor Jerez es que la reconstrucción empieza con gestos simples. Un bidón de agua, un kit de trabajo, una donación que se transforma en dignidad.
Penco-Lirquén quiere ponerse de pie. Y para lograrlo, requiere de todos.