En la casa apareció la pregunta más obvia y, al mismo tiempo, la más dolorosa: si había sufrido bullying, si algo había pasado en el colegio, si alguien lo había empujado hacia ese silencio. Pero Franco no acusó a nadie. Y a veces eso fue lo más difícil de sostener. Así lo explica, Manuel:
—A veces conversaba, a veces no. Estaba en su pieza y decía que no quería ir al colegio ni quería ver a nadie. Ese no entender nos costó mucho.
Mientras Manuel trabajaba, su señora, Olga Melo González, iba de un lado a otro buscando ayuda, golpeando otras puertas. El colegio había alertado que el alumno no estaba asistiendo, y a partir de eso se activó una red de apoyos. Lo visitaron profesores, inspectores, pero Franco jamás abrió la puerta ni dijo nada. Incluso, desde la ONG La Casona de los Jóvenes de Maipú enviaron un asistente social para averiguar qué estaba pasando con Franco.

—Uno de los tantos que venían le habló muy, muy fuerte. Le dijo las cosas por su nombre. Lo más duro fue que le advirtió que podían llevarlo hasta un hogar, porque todavía era menor de edad y tenía que estudiar. Ahí Franco se asustó mucho.
Aun así, el cambio tardó en llegar. Hubo un nuevo intento en otro colegio, pero tampoco resultó. Su edad, su estatura y la forma en que lo miraban los demás alumnos jugaron en contra.
—Yo ya había tirado la esponja, así, vulgarmente. Mi señora siguió, ella jamás se rindió y siguió buscando un lugar que aceptara a Franco tal y como es él.

Así llegaron al colegio Padre Álvaro Lavín, de Súmate. Lo conocían de vista, porque pasaban por fuera, pero no sabían bien qué era. Fueron Franco, Olga y Manuel, quien apenas vio el lugar, dudó. Le pareció un espacio demasiado duro para un muchacho tan retraído, que vivía solo en su mundo y que a su edad todavía ni siquiera sabía andar en micro.
—Yo, al entrar al colegio ahí, vi la forma, cómo era el entorno. Dije: “No, Franco no”.
Pero esa primera impresión no fue la última. En el colegio lo entrevistaron, le tomaron una prueba para ver en qué nivel estaba y escucharon a la familia. Franco, que llevaba 3 años fuera de clases, encontró ahí algo que no había encontrado antes: un lugar donde volver a empezar.

—Y de ahí fue como un renacer para él. Y para nosotros, un alivio total. Le gustó, y siguió donde había quedado: en quinto básico.
Al principio, el cambio fue simple y concreto. Su abuelo lo iba a dejar todos los días al colegio. Después lo iba a buscar. Esa rutina, que para cualquier otra familia podría parecer menor, en ellos casa era una forma de reconstrucción.

Con el tiempo, Franco empezó a afirmarse. Ya no era el adolescente que pasaba encerrado en su pieza, negado a todo. Empezó a participar, a relacionarse, a ganarse un lugar dentro del colegio. Incluso, según recuerda su abuelo, ayudaba a otros estudiantes cuando no querían entrar a clases.
—Incluso cuando los niños a veces no querían entrar a la clase, él conversaba y los llevaba hacia adentro, a la sala. Incluso los mismos profesores le decían a mi nieto “colega”, porque él ayudaba mucho.
Ese cambio también se vio en otras cosas. Lo entrevistaron varias veces para dar a conocer su testimonio, apareció en actividades del colegio y terminó dando un discurso de egreso. Para Manuel, que había visto todo el proceso desde la incertidumbre más dura, lo que vino después todavía lo emociona.
—Siempre fue como un líder ahí. Y eso me llena de orgullo. De verdad, cualquier cosa que yo diga se queda corta.

Hoy, Franco estudia Psicología en la Universidad de Las Américas. Para su abuelo, más que un logro académico, eso confirma algo mucho más profundo. Ese muchacho que un día prefirió encerrarse en sí mismo que hoy estudie para entender a otros jóvenes que no quieren saber nada del mundo es, para él, una señal de que todo al final sí tenía sentido.

—Llegar al colegio fue como una cosa divina. Hoy mi nieto se transformó en el líder que siempre fue. Franco sale, entra, estudia, conversa, proyecta. Ya no hay que golpear para pedirle que vuelva. Su puerta, la misma que un tiempo nadie lograba abrir, hoy casi siempre está abierta.