Víctor Jerez no es sólo un apasionado trabajador social; es además un gran comunicador. Quizás, por eso mismo, porque conoce la sensibilidad de las personas, sabe cómo se puede contar en todas sus dimensiones una gran tragedia y tocar la fibra de quien la escucha. Y conseguir así la magia de la empatía.
Fue a él a quien se le ocurrió reunir a Patricia González (54) con Evelyn Rivas (37) esta mañana de sol vibrante en el sector Antonio Varas, en Lirquén, comuna de Penco. Estacionamos en el plano y subimos hasta la vivienda de emergencia que ya levantó la familia González Fonseca en el sitio donde se quemó completamente la vivienda en que criaron a sus tres hijos.
Ahí las conocimos a ambas -a Patricia y a Evelyn- y ellas se reencontraron por primera vez después de la horrible noche del incendio, donde Evelyn fue esencial en el rescate de Salvador y de toda la familia.

A la entrada de la casa de emergencia que rápidamente ha logrado reconstruir Patrica, ella posa junto al capellán del Hogar de Cristo, el padre Pepe.
Patricia es la hija de Salvador González (84) y de María Fonseca, quien murió en noviembre de 2025 a causa de un infarto. María era la incansable cuidadora de su marido Salvador, quien está postrado a causa de una trombosis en las piernas, una insuficiencia respiratoria grave (EPOC) y otra serie de patologías asociadas.
Hoy está lúcido y comunicativo, aunque no cuenta con el catre clínico que requeriría y cuesta comprender lo que nos dice a causa de su enfermedad pulmonar.

María Fonseca cuidó a su marido Salvador hasta que la muerte los separó. Su muerte. Hoy él está al cuidado de Patricia, la hija de ambos. El incendio de enero en Biobío vino a reforzar si idea de dejarlo todo por él.
María, su mujer, cuidaba también a Salvador Segundo (56), el hijo, quien padece una insuficiencia hepática grave y cada mes debe acudir al hospital para mantenerse mientras espera un trasplante de hígado. Esa es la única solución para su mal, pero no parece fácil.
La muerte de María, la madre, que era participante del servicio de atención domiciliaria del Hogar de Cristo, generó una hecatombe familiar frente a la cual Patricia no dudó.
Hoy nos dice:
-Supe que debía dejar mi vida en Viña del Mar, donde vivo desde hace 30 años, para ocuparme de mi papá y de mi hermano. Dejar mi casa, mi marido, mi trabajo. Yo trabajaba como manipuladora de alimentos desde hace 18 años en la misma empresa y renuncié para asumir esta tarea. No me quedó otra. Perdí el ingreso que me daba autonomía, pero mi viejito, la familia, está primero.
Cuenta que su marido, quien es carnicero y trabaja bien en Viña del Mar desde hace años, “gracias a Dios, me entendió”. Ahora se ven algunos fines de semana y ella se las arregla con las dos PGU que sostienen a la familia, la del padre y la del hijo. “Hay que saber organizarse con la plata, con las consultas médicas, con las comidas. Ahí está la clave”.

Víctor, trabajador social del Hogar de Cristo, a los pies de la cama de Salvador, en la casa de emergencia donde vive al cuidado de su hija Patricia.
Víctor y las integrantes de su equipo admiran a “la señora Patricia”, tanto como admiraban a su madre.
-Son mujeres con una fuerza y una generosidad notables. La señora María se hacía cargo de su marido y de su hijo sin quejarse, con grandes dificultades. Esta población no tiene más acceso que las escaleras. Todo se hace a pie, a pulso, y ella tenía una admirable vitalidad. Realmente, su muerte nos golpeó -dice el trabajador social Víctor Jerez, a cargo de este servicio del Hogar de Cristo que presta apoyo a cuidadores ultra sobrecargados como fue María Fonseca hasta que un infarto la liberó de sus responsabilidades. “Ahora apoyamos a Patricia, quien a mí me conmueve por su entrega como hija y hermana”, sentencia Víctor.
Evelyn Rivas (37) es bonita, femenina y sensible. Tiene marido y dos hijos, una de 16 y uno de 11. No fue afectada por los incendios, porque vive en el plano y las llamas no llegaron a su barrio.
Está en cuarto año de la carrera de servicio social en la Universidad de Concepción. Hizo su práctica profesional intermedia el año 2025 en el servicio del Hogar de Cristo que lidera Víctor Jerez. Y la pusieron a cargo de la familia González Fonseca.

Evelyn Rivas es la salvadora de los González Fonseca. Aquí, junto al capellán del Hogar de Cristo, José Francisco Yuraszeck.
Dice que esa experiencia la marcó.
-Fue maravilloso, porque confirmé mi vocación social con foco en las personas mayores. Jamás pensé que lograría una conexión tan cercana con la señora María y con don Salvador. Hoy me concibo como una facilitadora, pero con lazos profundos, casi familiares, con ellos, porque tengo un conocimiento claro de lo que necesitaban debido al contacto permanente, a las conversaciones profundas que tuvimos.
Comenta que la muerte de María la golpeó y que su hija Patricia se le parece mucho.
-Son máquinas de trabajo. Son hacedoras y al mismo tiempo piensan, organizan. Hacen pancito amasado, tienen impecable a don Salvador, con la cama limpia. La señora María tenía el piso soplado. Se podría haber comido en él. Cuando me enteré de su muerte, no lo podía creer. Fue impresionante que alguien tan vital, se fuera, así, de un día para otro.
La noche del 16 de enero, Evelyn subía desesperada las escaleras del sector Antonio Varas. Su cuñada tenía su casa en un pasaje mucho más arriba del cerro que la familia de Salvador. Pero, igualmente y pese a la angustia, la ex practicante se acordó de las personas a las que había estado acompañando durante meses. Corrió, pensando que sería imposible sacar a Salvador en su catre clínico por las estrechas escaleras del cerro. Imaginó que Patricia no podría cargarlo ella sola.
El fuego ya estaba encima.
Se desvió y pasó a la casa de los González Fonseca, que tantas veces visitó el año pasado. Se dio cuenta de que había que evacuar como fuera. Era imposible salvar nada. Había que salir. Ayudó a Patricia a vestir a Salvador y bajó corriendo para pedir ayuda a los bomberos. Los había visto al subir. Habló con uno y lo convenció de que había una persona postrada que necesitaba ayuda para evacuar. Luego volvió a subir en busca de su cuñada.
La angustia activaba la adrenalina, pero en su caso lo que más dominaba era la solidaridad.
Hoy, día en que ambas mujeres se encuentran frente a frente después de esa noche aciaga, Patricia, que es siempre fuerte y positiva, se quiebra. Y afirma:
-Ella, Evelyn, fue como un angelito. Llegó determinada y me ayudó a preparar a mi marido, trajo a los bomberos, logró, con tanta eficiencia y energía, que llegáramos al paradero de abajo y que luego nos llevaran a un albergue. Sin su ayuda, estoy segura de que hoy no estaríamos grabando este video con mi papá presente y a salvo.
Evelyn la escucha, la abraza, le acaricia el brazo. Ambas tienen los ojos anegados por la emoción.
Víctor escucha y se limita a admirarlas. A reconocer la fuerza y valentía femeninas.
Yo atino a decir que para mí Evelyn ya está graduada con honores de Trabajo Social, aunque aún le quede un año de carrera por delante.
Todos se ríen para disipar el quiebre emocional que les provocó el encuentro y empiezan a agregar detalles de cómo fue esa noche caliente y angustiosa.
Patricia cuenta:
-Mi hermano Salvador Segundo justo esos días estaba internado en el hospital por su tratamiento de drenaje hepático mensual. Fue una suerte, porque con él habría sido mucho más difícil evacuar. Pero él vio las noticias en el televisor de la sala común donde estaba. Se angustió mucho. Se imaginó lo peor. Quería salir, venir a buscarnos. Pensaba que su papá había muerto quemado. Debieron contenerlo.

Aunque es su hermano mayor, Salvador Segundo, depende absolutamente de Patricia.
A las tres de la mañana, Evelyn llamó a Patricia y se quedó tranquila. Salvador y ella estaban a salvo. También su hermano y su cuñada. Días después, dice, ella entró en crisis de pánico. “Estuve muy mal, con mucha angustia por lo vivido esa noche y por la destrucción que nos rodea. Mi hermano y su mujer aún no tienen vivienda de emergencia y todo el mundo está haciendo lo posible por no pasar el invierno a la intemperie”.
Patricia hoy ya cuenta con casa, pero le queda mucho por hacer. Necesita aislarla por dentro. Conectar los servicios. El pololo de su hija le trajo una buena cama para su papá, pero no es como el catre clínico que tenía y que le permitía estar más cómodo. Salvador, a quien cuesta entenderle, está como enterrado en la cama, pero agradece toda la ayuda recibida.
Patricia, su inagotable hija, que heredó la fuerza de su madre, actualmente hace una olla común con su vecina. Así resuelven los problemas de las instalaciones de gas que aún no están operativas y multiplican los panes para atender a los maestros pagados y a los voluntarios -amigos y familiares- que vienen a ayudarles.
Aquí, pese a la devastación, se respira solidaridad, amor fraternal y aún mucho olor a humo, lo que ciertamente no ayuda a Salvador.