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Carlos Vöhringer:

“Cómo dotar de paracaídas y poner alas a los jóvenes que egresan del Servicio Mejor Niñez”

El psicólogo a cargo de la infancia vulnerada y de los programas de consumo problemático de alcohol y otras drogas del Hogar de Cristo enfatiza en que no puede ser que al cumplir 18 años, el Servicio de Protección se desligue de sus acogidos sólo por una cuestión cronológica. Acá desarrolla ese punto y otro central a partir de la experiencia que dejaron los 4 años de pilotear un modelo especializado de residencias de protección.

Por Ximena Torres Cautivo/ Publicado por El Mostrador.cl

. “El género marca una diferencia esencial en el ámbito de protección de niños, niñas y adolescentes, y es clave trabajar desde el inicio con un plan de egreso”. Estas son las dos claras y rotundas conclusiones de cuatro años de trabajo en dos pilotos de residencias especializadas para adolescentes vulnerados en sus derechos bajo la protección del Estado, que implementó el Hogar de Cristo con el financiamiento de cuatro fundaciones familiares: Colunga, Ilumina, Kawoq y Luksic.

La primera conclusión llega a ser dolorosa para el psicólogo Carlos Vöhringer, director técnico nacional de protección integral y apoyo terapéutico del Hogar de Cristo, de quien dependen las 4 residencias que hoy tiene la fundación: dos en la región de Coquimbo y dos en la Metropolitana, que en 2021 acogieron a 84 niños, niñas y adolescentes.

Una de ellas, la residencia para hombres adolescentes, Maruri, ubicada en Providencia, fue una de las residencias piloto. Y sus residentes hoy exhiben logros destacables. Podría decirse que el piloto cumplió satisfactoriamente su cometido: creando un ambiente familiar y logrando que varios de los jóvenes perseveraran en estudios superiores. La otra, la Residencia Anita Cruchaga para mujeres adolescentes, que estaba en el cerro Recreo de Viña del Mar, fue incendiada por una de las jóvenes que vivía en ella, en 2019, lo que puso fin al piloto.

El lamentable hecho hizo saltar a la luz un problema que Hogar de Cristo y otras fundaciones venían denunciando desde hace años: la existencia de redes de explotación sexual comercial de niñas bajo la protección del Estado que acechan a estos dispositivos. “Ser Niña en una Residencia de Protección” es el título de la investigación hecha por la Dirección Social del Hogar de Cristo y publicada en 2021, donde en 205 páginas se revela en detalle esta realidad y sus consecuencias. Ese trabajo contribuyó a que finalmente este 2022 el Parlamento esté trabajando en la tipificación de ese delito específico. Y se deje de hablar de “prostitución infantil”, como se hace incluso hasta ahora e instale la necesidad de trabajar con perspectiva de género en estos dispositivos de protección.

–Ahora estamos por publicar ocho guías técnicas, muy prácticas y específicas, validadas por el equipo del Centro de Estudios Justicia y Sociedad de la Pontificia Universidad Católica, que acompañaron el desarrollo de las residencias piloto. Pensando en los equipos de las residencias, desarrollan cómo se hace en distintos ámbitos relevantes: enfoque terapéutico en residencias, enfoque de trauma, convivencia segura, trabajo con las familias,  cuidado de los equipos, enfoque de comunidad y redes, supervisión y acompañamiento del equipo y preparación para la vida interdependiente –explica Carlos Vöhringer y se detiene en el último título.

Hoy, un joven bajo la protección del Estado, a los 17 años, 11 meses y 30 días, por ley, debe ser egresado. La excepción se da cuando está estudiando, caso en que puede permanecer hasta los 24 años, recibiendo techo y alimentación.

Son, sin duda, los menos.

La mayoría salta sin paracaídas a la vida adulta.

 

COMIMOS TORTA, LISTO Y CHAO

Le sucedió a Andrés, quien hoy tiene 19 años y al que encontramos durmiendo en el albergue municipal de Ancud para personas en situación de calle. A poco tiempo de su “egreso”, como se dice en la jerga, ya vivía sin un techo, en calle. Andrés no aprendió a leer ni a escribir, tiene una discapacidad intelectual leve y un resentimiento gigante con su familia y el Sename.

Dice Carlos: “El paso hacia la vida autónoma e interdependiente de todos los jóvenes es desafiante, pero para quienes se han criado en el sistema de protección y deben desligarse del cuidado estatal, es un desafío gigante”.

Un equipo del Centro de Estudios Justicia y Sociedad de la Pontificia Universidad Católica de Chile, que evaluó los pilotos del Hogar de Cristo, en el marco de ese proyecto, también elaboró el “Estudio de transición a la vida adulta de adolescentes en el sistema de protección en Chile” (2021). En él, leemos:

“La adultez emergente es una etapa crítica para la expresión de la resiliencia, particularmente en el caso de los niños, niñas y adolescentes que además transitan desde las residencias a la vida interdependiente, y normalmente están inmersos en contextos de altos riesgos y adversidades. La resiliencia surge como resultado de los recursos adaptativos, como la orientación futura y la autonomía, y es un fuerte precursor del cambio individual. Sin embargo, estos recursos adaptativos muchas veces no son desarrollados en los niños, niñas y adolescentes que transitan desde el cuidado residencial. Varios de estos jóvenes pueden no tener el apoyo social necesario para esta transición experimentándola como abrupta y sin previa preparación. Asimismo, a menudo están expuestos a un mayor riesgo en cuanto a la falta de vivienda, bajo nivel educativo, desempleo y paternidad/maternidad juvenil, todos factores que los hacen aún más vulnerables para la doble transición que deben enfrentar”.

Bien lo sabe Andrés, hoy de 19, que en plena pandemia, cumplió 18.

“Cada persona que yo conocía me decía ´tú debes exigirle al Sename, ellos son tus protectores, tienen que darte apoyo, ellos deben enseñarte a leer, a escribir, educarte´, pero a mí no me dieron nada de eso. Todo lo contrario. Cuando cumplí 18, me cantaron ´feliz cumpleaños´, comimos torta y listo, chao. Por eso yo no quiero celebrar más mis cumpleaños”.

Por eso, urge una planificación del egreso a la vida independiente. “Desde muy temprano, alrededor de los 12, 13 años, ya se debe empezar a trabajar con los y las adolescentes un plan de preparación para la vida interdependiente”, insiste Carlos Vöhringer.

ESCASA OFERTA PARA MUJERES

El otra área de trabajo de la que está a cargo el psicólogo del Hogar de Cristo es el consumo problemático de alcohol y de otras drogas de las personas con mayor pobreza y vulnerabilidad. La fundación actualmente gestiona 10 programas muy diversos en distintas regiones de Chile, que en 2021 atendieron a más de 500 personas en total.

“Apenas una raya en el mar, porque según datos de SENDA 2019, 649.160 personas entre 12 y 64 años presentan consumo problemático de alcohol y/o drogas. De ellas 131.943 manifiestan la necesidad de recibir tratamiento. La oferta total de programas terapéuticos, incluidos los del Estado y los de la Sociedad Civil Organizada es de unas 22 mil plazas anuales, por lo que se puede estimar una brecha anual de más de 109 mil planes de tratamiento”, hace notar Vöhringer.

También destaca que el efecto de la pandemia –cuarentenas, sensación de incerteza, soledad, temor– también impactó en el consumo de alcohol y otras drogas, alterando el acceso, el tipo y la forma de consumo. Además modificó los hábitos laborales y de salud de las personas, incrementando sentimientos de aislamiento, ansiedad, desamparo. “

Como el consumo de alcohol y drogas también se ve influido por el contexto de cada persona, como su condición socioeconómica o la existencia de redes de apoyo, la pandemia se suma como un factor de riesgo y estrés que hace más difícil su abordaje”, sentencia.

Hogar de Cristo se esfuerza, sabiendo que ese trabajo parece mínimo frente a la magnitud del problema, pero sabido es que quien salva una vida, salva al universo entero. Y eso es lo que se logra en muchos casos de ese más de un millar que atiende la fundación en esos diez programas.

Varios de ellos, están llenos de dificultades y desafíos. Y en algunos casos, son la única oferta especializada para personas sin recursos y con problemas de adicción en una región completa. Es lo que sucede con el Programa Terapéutico Anawim, ubicado en Tierra Amarilla, región de Atacama, donde no existe otro para esta población. O con Villamávida, en Biobío, que está en una zona rural, cerca de Concepción, pero no tan cerca como para que esa distancia no sea un problema para su funcionamiento.

En Santiago existe uno de los pocos dispositivos que se encarga de rehabilitar a madres jóvenes y les permite estar hasta durante dos años con sus niños pequeños en el Centro Terapéutico. Queda en Quilicura y tiene destacables y emocionantes casos de éxito.

-Existen tantas necesidades y demandas sociales en todos los flancos que uno ve que en materia de consumo problemático de la población más vulnerable como que el horno no está para bollos. Por ejemplo, aún no se nombra al director o directora definitivos de Senda. Nosotros seguimos adelante, potenciando lo que tenemos. Hoy estamos innovando con un piloto en la comuna de La Granja: un programa preventivo infanto-juvenil para dar una primera respuesta a jóvenes que no están llegando a los sistemas de salud tradicionales  y/o están fuera del sistema escolar.

NO AL RETIRO BUCÓLICO

Carlos Vöhringer hace notar que la pandemia dejó harto aprendizaje que ahora hay que implementar en nuevas prácticas, donde la clave es la flexibilidad.

–Está bien instalada la idea entre las generaciones más jóvenes y entre los especialistas de que ir a hacerse tratamientos de desintoxicación o rehabilitación a rincones alejados de la ciudad y bucólicos no es la solución. Hoy la evidencia está mostrando la necesidad de un tratamiento inserto en la comunidad y las redes locales, más flexible, combinando modalidades ambulatorias con periodos acotados residenciales, con una vinculación permanente con los equipos de ayuda. En ese sentido, lo telemático en materia de tratamiento, fue una buena alternativa en los tiempos de cuarentenas y encierro, y ha sido todo un hallazgo, que incluso SENDA ha validado.

A manera de resumen, el director técnico nacional de apoyo terapéutico para poblaciones con consumo del Hogar de Cristo, dice: “Esperamos contribuir en la implementación de una oferta pública robusta en el ámbito de consumo problemático, en particular para poblaciones específicas que hoy no cuentan con una oferta que responda a sus necesidades: mujeres, personas en situación de calle y adolescentes. También es clave contar en todas las regiones con una oferta con financiamiento del Estado para el tratamiento del consumo de alcohol y otras drogas para las poblaciones antes mencionadas. Y una necesidad prioritaria es mejorar la disponibilidad y efectividad de programas de prevención y tratamiento para población adolescente vulnerable”.

–¿Qué pasa con las personas en situación de calle, que utilizan el alcohol y otras drogas como una válvula de escape?

–El trabajo con personas en situación de calle requiere de programas con bajo umbral de ingreso, para acoger a una población altamente invisibilizada y estigmatizada. Este tipo de programas cumple un rol de desmitificar la problemática de calle al mostrarla como un problema multidimensional y no enfocada sólo en el consumo. Especial atención merece para nosotros la dimensión de género en los procesos terapéuticos. En este sentido, se ha llevado a cabo un trabajo especializado en mujeres adolescentes que son madres, en el Programa Terapéutico de Quilicura, como te contaba, así también con población LGBTI+, que en cuanto a situación de calle, son las personas más excluidas, vulneradas y violentadas de todas.

Si te importan los jóvenes bajo la protección del Estado, involúcrate. 

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