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Conociendo al Padre Hurtado: “Hay que ocuparse del hombre completo y llenar sus justas aspiraciones”

Su vida fue una espiritualidad en acción, toda hecha de servicio y don para los demás, enamorada de Jesucristo en sus embajadores, los débiles, los afligidos.

Le encantaba aquel trozo de Plenitud de Amado Nervo: “Todo hombre que se acerca a ti va a pedirte algo; el triste, un consuelo; el débil, un estímulo; el que lucha, una ayuda moral. ¡Dar! ¡Dar! ¡Tú puedes dar! En cuantas horas tiene el día, tú das, aunque sea una sonrisa, aunque sea un apretón de manos, aunque sea una palabra de aliento. En cuantas horas tiene el día, te pareces a Él, que no es sino dación perpetua, difusión perpetua, regalo perpetuo.”

En este ideal forjó su vida y la dió. Llamaba a los demás “patroncitos”, como dijo bellamente el Excmo. Sr. Manuel Larraín, “porque se sentía el servidor de todos”. Era su frase simpática para indicar a los demás que estaba dispuesto a servirlos. Y su servicio era atento, alegre, sonriente. No se quejaba de que los otros le hicieran perder su tiempo, porque lo consideraban como algo que pertenecía a otros y no a él.

Era un hombre de hechos. Una a una fueron brotando sus magníficas realizaciones. Sus libros: La Crisis Afectiva de la Adolescencia, La Crisis Sacerdotal en Chile, ¿Es Chile un País Católico?, Puntos de Educación, Humanismo Social y Sindicalismo. Luego aquellos edificios y obras que surgieron al empuje de su alma de apóstol, orientada a la acción y a servir: el Noviciado de Loyola, El Hogar de Cristo en Colina y Santiago, el Departamento de Vivienda Obrera, la Acción Sindical Chilena y esta revista Mensaje.

Tenía lo que él llamó el “humanismo social”, que es esa comprensión humana y cordial de los problemas que afectan a la vida en este mundo: la necesidad de habitación digna, de aliento y amparo al pobre. El sentía esa objeción que se hace al cristianismo de ser demasiado unilateral, a veces, al olvidar que el hombre tiene un cuerpo y necesidades materiales, y se ocupa tan sólo del alma. Hay que ocuparse del hombre completo y llenar sus justas aspiraciones, dándole la alegría de vivir humana y dignamente. Así podrá servir a Dios con un corazón filial en un mundo de hijos del Padre Común.

Sentía próxima la muerte porque hizo el bien de prisa, sin dejar de hacerlo bien, de hacerlo con alegría, de hacerlo siempre. Miró la muerte como amor de Dios. Miró la vida como amor de los hombres. Donde había una debilidad era la fuerza, donde había una lágrima era el consuelo, donde había una miseria era la caridad.

Fue amado, respetado y combatido.

Se le admiró siempre porque la gente quiere que se emprendan obras y verlas; y las suyas se ven. No quieren palabras, sino hechos. Para ellas trabajó y vivió, y por ellas se agotó. Esta cualidad práctica de acción le conquistó colaboradores que le ofrecieron, entusiastas, los medios de realizar sus planes.

Fue un despertador de inquietudes. No una adversario de los hombres, porque los amaba demasiado, sino de prejuicios que quería corregir. Era don suyo tener una combatividad caritativa y ecuánime.

Por sobre todo las cosas amó una virtud: la caridad hasta identificarse con ella, hasta formar con ella, una amable y deliciosa síntesis.

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