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Diego Acevedo, ex alumno de Súmate: Todo sea por Joaquín

Fue su pequeño hijo el motor que movió a este joven a retomar sus estudios y ahora cursa la carrera de gastronomía. A diario, se esfuerza por salir adelante y asegura que cualquier sacrificio vale la pena por su niño, cuyo nombre lleva tatuado en letras góticas en su antebrazo derecho.

Por Jacqueline Otey A.

Diego Acevedo (21) es estudiante de gastronomía en la Escuela Nacional de Capacitación (ENAC), exalumno de Escuelas Súmate y padre de Joaquín, de tres años.  A los 18, se convirtió en papá y, desde ese minuto su vida cambió para bien.

El joven estaba en primero medio en un colegio de enseñanza tradicional cuando supo que iba a ser papá: “Apenas me enteré, de inmediato pensé: tengo que trabajar. De hecho, dejé el colegio y trabajé en diversas pegas. Fui guardia, obrero de construcción e incluso empleado de bodegas, lo que sea para tener recursos para cuando mi hijo naciera”, dijo.

Fue su hijo, la paternidad, lo que lo motivó a salir adelante. “Después del nacimiento del Joaquín y con ayuda de Michelle, mi pareja, retomé mis estudios en una escuela de reingreso Súmate. Ella también egresó de ahí y hoy es administradora de empresas; yo estudio Gastronomía. La verdad es que si no fuera por él, quizás en este momento estaría carreteando. Gracias a mi hijo logré superarme”.

Diego cuenta que a los 16 años empezó a salir con amigos, una rutina que mantuvo por bastante tiempo. “Era muy carretero, me gustaba el copete y eso me trajo problemas con mi pareja, porque cuando nació Joaquín todavía estaba en esa etapa… casi nos separamos. Yo era muy inmaduro, pero mi mentalidad cambió. Ahora por mi hijo me portó bien. Comencé a tener un sentimiento muy grande por él”, explica.

Michelle y Diego han dado su testimonio de superación en varias oportunidades, porque conocen directamente lo que significa la exclusión escolar por problemas económicos, familiares, de aprendizaje y vulneración de derechos de todo tipo.  Ambos son casos de éxito, pese a todas las dificultades pasadas y a la “indisciplina y flojera”, como dice Diego de sí mismo, que lo llevaron a tener un tremendo rezago educativo. Hoy estudian, trabajan y sacan adelante a su hijo, que nació cuando Michelle cumplía 17 años.

A él le duele ver a su hijo sólo en la noche, ya que el resto del día estudia y trabaja en una sanguchería en Maipú. “Es un sacrificio no verlo todo lo que quisiera. Tengo muy poco tiempo para mi familia, pero sé que después habrá recompensa”, señala el joven que sueña con abrir un negocio de carnes; un área que por medio de la carrera que estudia descubrió que le interesaba.

Dice que le preocupa inculcarle valores a su hijo. “Ojalá sea un niño que respete a las personas, que se esfuerce, que no dejé las cosas a medio camino y tampoco juzgue a las personas sin conocerlas”. Agrega que cuando sea grande, va a apoyarlo en lo que quiera ser. “Empresario o comerciante en la feria, lo que sea. Que lo haga, pero que sea el mejor”.

El joven cuenta que como acto de amor a Joaquín el año pasado se tatuó su nombre en un brazo: “Es mi primer tatuaje y fue un homenaje a él. Con Michelle buscamos las letras y, cuando tuve la plata, me lo hice. Más adelante, espero poder agrandarlo para que se vea más bonito”.

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