“Yo llegué primero que la carretera”. La frase de Francisco (38) resume una historia de arraigo poco habitual en quienes viven en situación de calle. Conoce el sector de La Granja al revés y al derecho. Sabe dónde bañarse, dónde conseguir comida, quiénes son los vecinos y hasta cómo ganarse un lugar en un barrio donde, asegura, se sentía seguro.
Durante un año y medio, su casa fue un ruco instalado en un sitio eriazo junto a la autopista. Desde allí salía temprano a hacer sus pololitos, se procuraba comida y mantenía sus hábitos de higiene. También volvía. Porque su paso por la calle no fue lineal: iba y venía, intentaba recomponerse y terminaba regresando al mismo lugar.
Hasta que apareció el equipo de Hogar de Cristo.
Este miércoles, después de varias visitas y de un vínculo que costó construir, Francisco aceptó dejar atrás la autopista. Es el primero en hacerlo desde que comenzó a funcionar el servicio territorial Isa Vías, una iniciativa que busca ofrecer alternativas de reinserción social a personas en situación de calle que viven en la autopista o en sus inmediaciones.

Con casi todas sus pertenencias en una bolsa, Francisco se encamina resuelto a dejar su situación de calle en la autopista.
“Me gusta la calle, tiene cierta parte de agrado. ¿Por qué? Porque uno que está ahí libre, conocí, salí para acá, salí para allá. Pero tiene su lado bueno y su lado malo, como las lluvias, eso es lo peor”, cuenta Francisco.
Su historia en calle se remonta a cinco años, aunque de manera intermitente. La separación de su pareja, con quien estuvo 18 años y tuvo un hijo, lo desestabilizó profundamente. A eso se sumaron dificultades personales que terminaron por alejarlo de la vida que había construido.
Su familia no sabe que ha vivido en situación de calle. Por eso, hablar del tema no le resulta fácil.
Pero hoy tiene un horizonte claro: trabajar y recuperar el vínculo con su hijo.
La primera vez que Jessica Aguilera, psicóloga y jefa del servicio territorial Isa Vías de Hogar de Cristo, junto a la dupla psicosocial integrada por Rubén Méndez y Valeria Valenzuela, se acercó a Francisco, la respuesta fue un no rotundo.
“Cuando me dijeron que eran del Hogar de Cristo, yo pensé que venían a hablarme de Cristo. En la calle pasaban siempre los mormones, los evangélicos, los hermanos de toda creencia, a puro hablar de Dios. Yo soy creyente en un ser supremo, pero no tengo religión. Yo me dije: vienen a hablarme de este caballero”, recuerda.
El equipo le ofreció desayuno, café, té, pan. Él insistía en que no necesitaba nada, que tenía de todo.
“Yo me levanto, tengo mis pies buenos, mis manos buenas. Entonces, me levantaba temprano en la mañana y salía a hacer mis pololitos, mis cositas, tenía para comer”, explica.
La estrategia fue insistir sin presionar. Visitarlo, saludarlo, conversar, ofrecer ayuda y respetar sus tiempos.
Hasta que un día aceptó un pan. Después, algo mucho más importante: pidió ayuda para renovar su cédula de identidad. Llevaba un año sin carnet.
“Los del Hogar de Cristo me preguntaron si quería sacar el carnet. Ahí le dieron en el clavo. Yo llevaba un año sin cédula, me vinieron a buscar y me llevaron en la camioneta. Comenzamos a charlar más y me explicaron quiénes estaban financiando este servicio y no lo podía creer. Los de la misma autopista. ¿Dónde está la letra chica?, pregunté. Me pareció increíble. Hasta el momento no hay ninguna letra chica. Ha sido puro beneficio para mí”.
Con su documento al día, Francisco comenzó a mirar nuevamente hacia el mundo laboral.
“Nuestro principal esfuerzo es acompañarlo para que logre su meta de tener una vida independiente con un trabajo. Él mismo nos dijo: ‘No puedo seguir viviendo en la calle si quiero encontrar una pega’”, relata Jessica Aguilera.
Y esa frase fue el punto de partida.
Francisco había trabajado en construcción, como maestro carpintero en edificios, en labores de aseo y contaba con un curso de guardia de seguridad. Aunque un accidente le dejó una lesión en una mano, confiaba en sus capacidades y en sus contactos para volver a trabajar.
“Yo consigo rápido un trabajo porque tengo contactos”, le dijo al equipo. Pero necesitaba algo fundamental: un lugar donde descansar, ducharse y recuperar estabilidad.
Jessica y sus compañeros comenzaron a buscar alternativas. La fundación Las Viñas tenía un cupo disponible en una residencia laboral destinada a personas en situación de calle autovalentes que quieren incorporarse al mundo del trabajo.

Cerca de la autopista General Velásquez, una mujer en situación de calle. Fotografía de Hogar de Cristo, 2020.
La gestión fue vertiginosa. El viernes encontraron la posibilidad y ese mismo día regresaron a la autopista para contarle a Francisco que tenía una entrevista.
El lunes lo llevaron a la entrevista y el martes llegó la noticia: había sido aceptado.
“Nosotros de verdad nos abrazamos y saltamos. Estábamos demasiado contentos”, recuerda Jessica.
Había un problema: Francisco no tenía celular y debía ingresar a la residencia al día siguiente. El equipo volvió a buscarlo, pero no estaba en su ruco. Le dejaron notas pegadas, con un mensaje claro: que se quedara, que al día siguiente lo irían a buscar. Jessica incluso escondió su número de teléfono detrás de uno de los papeles.
A las nueve de la noche, Francisco llamó.
“Soy Francisco”, dijo.
Estaba en casa de su papá, buscando calcetines porque no tenía ropa. Jessica le explicó que no se preocupara, que ellos podían llevarle algunas cosas y útiles de aseo.
Al día siguiente, estaba listo.
“Todo esto fue muy rápido. No llenamos nada, ni siquiera una ficha de postulación. Si se dio así, se abrieron los caminos mágicamente”, dice Jessica, quien atribuye todo al padre Alberto Hurtado, el santo fundador de Hogar de Cristo hace 82 años.
La residencia laboral de la fundación Las Viñas le ofrece a Francisco un año y medio para encontrar trabajo, estabilizarse y avanzar hacia una vida independiente.
El equipo de Hogar de Cristo ya comenzó a trabajar en su currículum. También lo orienta en los trámites que necesita para buscar empleo, entre ellos obtener su certificado de antecedentes.

Francisco no puede creer en su buena suerte: por fin tendrá un lugar seguro donde habitar hasta que consiga un trabajo.
La idea es que, durante este período, pueda generar ingresos, abrir una cuenta de ahorro y reunir dinero para arrendar una pieza o una vivienda.
Pero Jessica es enfática en que el trabajo no termina con el traslado.
“Nosotros tenemos un compromiso de que él no vuelva a la calle. Entonces, no es solo ayudarle a salir de ella. Nosotros ya hicimos el primer paso, pero vamos a hacer el acompañamiento psicosocial todo el tiempo que sea necesario”.
La razón es sencilla: si se construye un vínculo, se consigue una alternativa y luego se deja sola a la persona, existe el riesgo de que vuelva al mismo lugar.
“Podría ser que si nosotros, que hicimos el vínculo, lo sacamos y lo dejamos ahí, él pueda volver y no es la idea. Nuestro objetivo es que Francisco logre juntar platita, que se logre arrendar algo y que él pueda retomar su vida”, agrega.
Para Francisco, la meta es concreta y tiene nombre propio.
“Quiero encontrar trabajo de guardia o en una empresa de aseo. Fui maestro carpintero en edificios, pero tuve un corte en una mano y no me quedó muy bien. Una vez que consiga trabajo quiero arrendar una pieza y volver a ver a mi hijo, que hace un año que no lo veo. Uno no puede llegar con puros besos y abrazos, por eso quiero urgente conseguir un trabajo”.
¿Por qué eligió instalarse junto a la autopista?, le preguntamos. Francisco conoce el sector desde antes de que existiera la carretera. Allí tenía sus referencias, sus vecinos y sus rutinas. Incluso había conseguido ganarse la confianza de quienes vivían en el barrio.
“Yo siempre estuve solo en un sitio grande, pero me sentía seguro”, cuenta.
Sin embargo, esa sensación comenzó a cambiar. Cerca de su ruco ocurrieron dos hechos de sangre que lo hicieron mirar con preocupación el lugar donde vivía. El primero acabó con cuatro jóvenes asesinados.

PDI indaga asesinatos de cuatro jóvenes en La Granja. Fuente: Radio Biobío.
“A como 20 metros de donde estaba yo. Le llaman la esquina de la muerte, cada seis meses pasaba una desgracia. Se estaba poniendo pesado todo”.
La autopista, que durante un tiempo le ofreció un espacio conocido donde instalarse, se había convertido en un entorno cada vez más peligroso.
Por eso, cuando el equipo de Hogar de Cristo le ofreció una alternativa concreta para salir de ahí, Francisco sintió que era el momento.
“Hogar de Cristo me cayó del cielo, todo calzó en el momento preciso”, dice.
El servicio territorial Isa Vías de Hogar de Cristo comenzó a funcionar el 1 de septiembre de 2026. Su misión es ofrecer alternativas de reinserción social a personas en situación de calle que viven en la autopista o en espacios cercanos a ella, principalmente en el eje de La Granja, entre los kilómetros 0 y 2. El equipo lo integran Rubén Méndez y Valeria Valenzuela, bajo la jefatura de la psicóloga Jessica Aguilera.
En sus primeros dos meses de trabajo, han catastrado a siete personas que viven en rucos. Las visitan regularmente, les ofrecen acompañamiento y, sobre todo, buscan conocer sus historias, necesidades y expectativas.
Francisco es el primero que aceptó recibir ayuda para salir de esa situación y buscar trabajo.
El modelo de intervención contempla también la coordinación con la autopista. Una vez que una persona logra salir del lugar, se informa para que el ruco sea retirado y no vuelva a ser ocupado por otra persona.
“Nosotros andamos en lugares que son complejos, pero nos sentimos muy acompañados por la autopista, porque a medida que les contamos dónde estamos, ellos nos monitorean con sus cámaras de seguridad. Eso es muy importante”, explica Jessica.
La experiencia de Francisco demuestra que salir de la calle no es simplemente cambiar de lugar para dormir. Es recuperar documentos, reconstruir confianzas, encontrar oportunidades laborales y volver a proyectar una vida.
Y, a veces, todo comienza con algo tan sencillo como aceptar un pan, conversar un rato y descubrir que detrás de una oferta de ayuda no hay letra chica.