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Hogar de Cristo y Adimark preguntaron: ¿Qué vuelve pobre a un pobre?

La pregunta puede sonar hasta poética, pero es concreta y dolorosa si la respuesta mayoritaria es “la flojera”. Este estudio, que sorprendió con una aparente baja del prejuicio, tendrá una segunda parte pronto. Acá detallamos los resultados de la primera, que se inscribe en la campaña anual de la causa del padre Hurtado.

Por Ximena Torres Cautivo.

¿Existe la aversión al necesitado? ¿El desprecio y la discriminación al pobre? ¿Somos los chilenos aporofóbicos, palabra que aún no está reconocida por la Real Academia de la Lengua, pero que desde los años 90 da cuenta de un fenómeno universal, masivo y lamentablemente creciente?

Una de las preguntas que incluimos como Hogar de Cristo en la encuesta sobre percepción de la pobreza hecha en alianza con Adimark el pasado mes de abril, es particularmente relevante para intentar responder estas interrogantes: ¿Qué hace que una persona sea pobre?

Cuando muchos de los encuestados atribuyen la flojera a la pobreza, estamos cerca de afirmar que sí, que padecemos de aporofobia, de fobia al pobre. En esa respuesta subyace el rechazo hacia el que no tiene nada e implica un sentimiento de superioridad, que incluye la culpabilización de  la víctima de ese doloroso e indeseado estado de vulnerabilidad.

Varios estudios anteriores -del CEP, del Instituto de Derechos Humanos, del Instituto Nacional de la Juventud- han arrojado cifras que sitúan entre un 41% y hasta un 50% el porcentaje de quienes creen que los pobres son pobres por flojos, por desidia y falta de aspiraciones.

Para indagar en este tema, la encuesta del Hogar de Cristo incluía la pregunta:  “¿Qué vuelve pobre a un pobre?”, con las siguientes posibilidades de respuestas de selección múltiple: “La falta de oportunidades”, “La falta de educación”, “La flojera”, “Las adicciones”, “La falta de apoyo del Estado”, “El abandono”, “La enfermedad”, “El lugar en que uno nace”, “La mala suerte”, “La voluntad de Dios”, “Ninguna de las anteriores”.

“Falta de oportunidades” y “Falta de educación” fueron las respuestas mayoritarias, con una suerte de empate técnico estadístico, con un 58% y un 55%, respectivamente. “La flojera” alcanzó un sorprendente 18%, porcentaje que entre los hombres (20%), el estrato C2 (24%) y los encuestados de entre 30 y 39 años (23%) alcanzó los porcentajes más altos.

¿Podemos alegrarnos por este resultado? ¿Ha bajado la culpabilización del pobre por su condición de tal en el último tiempo?

Desgraciadamente, creemos que no es así. Ni en Chile, ni en el mundo. La encuesta realizada en 2013 por el CEP -aunque por cuestiones metodológicas no sean comparables- arrojó un 47% para la flojera y falta de iniciativa como explicación de la pobreza, y en los 4 años que median entre ella y la nuestra no ha pasado nada que pueda justificar un cambio tan radical. Como el dato resulta sorprendente para académicos y especialistas en la materia, estamos trabajando con Adimark en un nuevo sondeo para profundizar en este punto, el de los prejuicios y de la discriminación. En lo que sentimos y pensamos los chilenos sobre nuestros compatriotas más desvalidos y en cómo se combate la pobreza.

EL VALOR DE LA EDUCACIÓN

Positivo, en cambio, resulta que la mayoría de los encuestados de la muestra de 1.000 casos totales, ponderados en base a la población nacional, sostenga que la pobreza involucra una vulneración de los derechos humanos de quienes la padecen.

Este año el Hogar de Cristo centró su campaña de socios en esa idea-fuerza: “La pobreza es la más profunda vulneración de los derechos humanos”, con otras dos derivadas, que son complementarias: “Nacer y crecer en pobreza es una profunda vulneración de los derechos humanos” y “Envejecer y morir en pobreza es una  profunda vulneración de los  derechos humanos”. Ambas ponen el acento en los más vulnerables entre los vulnerables: los niños, los jóvenes y los ancianos.

La pregunta del estudio fue: “¿Cuáles de estas alternativas definen de mejor forma lo que entiendes por pobreza?”. Se podía elegir un máximo de 3 entre las siguientes opciones: “No tener acceso a derechos básicos, como salud, vivienda y educación”; “La carencia de lo mínimo para sobrevivir”; “No tener acceso a una vida digna”; “Una condición que priva a las personas de oportunidades de desarrollo”; “Una situación de desigualdad y exclusión”; “No tener el dinero suficiente para los gastos de la familia”; “Una vulneración de los derechos de las personas”; “No tener plata para comprar alimentos”; “No tener donde vivir”; “Una condición que daña a las personas”; “El no tener nada”; “El tener menos de lo que uno quisiera”; “Ninguna de las anteriores”.

Si bien la respuesta literal “Pobreza es una vulneración de los derechos de las personas” obtuvo sólo un 17% de menciones, hay varias otras que implican la comprensión del pobre como alguien vulnerado en su condición de ciudadano, menoscabado en su dignidad. Es el caso de la primera alternativa -“Pobreza es no tener acceso a derechos básicos”-, que alcanzó un 50%, y de otras como “No tener acceso a una vida digna” (33%), “Condición que priva a las personas de oportunidades de desarrollo” (32%) y “Una situación de desigualdad y exclusión” (31%).

Resulta alentador que las respuestas que apuntan a entender la pobreza como una simple carencia de bienes sean muy minoritarias frente a las antes comentadas.  Esto se alinea con la mirada actual de académicos y profesionales del tema, que la definen como multidimensional y no limitada a un cierto nivel de ingresos.

Ser pobre es hoy para las personas mucho más que ganar menos del mínimo, mucho más grave que estar por debajo de una línea divisoria centrada en cosas o recursos sólo materiales. Incluso un 7% reconoce que la pobreza es “una condición que daña a las personas”. Y que puede llegar a matar, como lo reconoce la Organización Mundial de la Salud, que la considera una de las enfermedades más mortales del orbe en la actualidad.

“¿Cuál es la herramienta más efectiva para combatir la pobreza?”, fue de todas las interrogantes planteadas la que arrojó un mayor consenso entre los encuestados, muy por encima de las demás alternativas de respuesta. “La educación y la entrega de herramientas para salir adelante” obtuvo un 49%, que entre las mujeres se elevó a un 52%, en el tramo etario de 50 a 59 años a  un 54% y en el estrato ABC1 a un 57%. La segunda respuesta mayoritaria fue “la igualdad de oportunidades”.

ELLAS SON MÁS COMPASIVAS

“¿Quién debe ocuparse de los pobres en Chile?” tuvo dos respuestas que estadísticamente representan un empate: “El Estado” (54%) y “Todos los chilenos” (52%). Es esperanzador que los encuestados no le atribuyan a “Moya”, por usar el viejo dicho coloquial, a ese ente abstracto que constituyen las autoridades y el gobierno, la responsabilidad de ayudar a los más vulnerables. Que más de la mitad considere que “todos los chilenos” somos responsables de esa tarea, revela conciencia social y solidaridad, atributos claves que sostienen la democracia.

Llama la atención también que opciones de respuesta cercanas a iniciativas redistributivas, muy en boga por estos días de demandas ciudadanas y de contienda electoral, como “los ricos a través de sus impuestos” (15%) y “Subir los impuestos a las personas que tienen mayores ingresos para redistribuirlos” (4%), no sean mayoritariamente elegidas como respuesta.

Pero el optimismo que infunden las respuestas a la pregunta anterior se desvanece cuando analizamos los resultados de la pregunta: “¿Cómo ayudas tú a combatir la pobreza?”. El 48% se contenta con afirmar: “No discrimino a la gente pobre”, seguido de un 32% que dice: “Dono mi ropa y cosas que tengo que ya no necesito pero están en buen estado”. Entre la ambigüedad de la primera respuesta, donde dan ganas de profundizar en qué se entiende por “no discrimino”, y la medianía que implica regalar lo que ya no uso por bien mantenido que esté, podríamos hablar de una generosidad mezquina, si es que tal cosa existe. Un concepto muy alejado del dar hasta que duela, quizás la frase más conocida del padre Hurtado. Es cierto que hablamos de un hombre santo, pero entre dar hasta que duela y la soberbia de afirmar que no miro en menos al otro y de entregar dádivas sin mucho uso, hay un océano de diferencia.

Por último, hay una pregunta que resulta reveladora de las diferencias de género. Frente a “¿qué crees que sienten las personas cuando se encuentran con alguien pobre”, hay más mayor comprensión y conmiseración entre las mujeres. La respuesta “rechazo” -la más elegida- alcanza un 35% entre ellos y un 25% entre ellas, mientras “Ganas de ayudarlo” -la segunda más escogida- llega a un 24%  entre los hombres y a un 31% entre las mujeres. La sensación de “temor/miedo”, sin embargo, es mayoritaria entre las encuestadas: 20% de ellas dicen sentirla, frente al 14% de los varones.

Temor, miedo, desconfianza frente a los desvalidos es lo que la filósofa española, quien estuvo en Chile en mayo pasado, Adela Cortina, definió como aporofobia  (del griego aporos, pobres) en los años 90 y ahora desarrolla en su recién lanzado libro “Aporofobia: el rechazo al pobre”.

Hay mucho de ese rechazo rondando entre nosotros. Para contrarrestarlo, el mejor remedio es verlo, nombrarlo, estudiarlo, mensurarlo. Nuestra encuesta que, tal como dijimos, profundizará próximamente en un segundo estudio centrado en las razones que las personas atribuyen a la pobreza, forma parte de esa necesaria visualización del prejuicio y del temor que nos despiertan los más vulnerables.

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