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Jenny, Fabiola e Irene: décadas de vida entre salas, cunas y pasillos del jardín

El Jardín Infantil y Sala Cuna San Alberto de Chacarillas recibe a casi 130 niños y niñas de sectores vulnerables de Constitución. Es el único jardín del sector y su historia cotidiana la conocen mejor quienes recorren todos sus rincones: estas tres auxiliares de servicio que llevan más de una década sosteniendo el jardín desde adentro.
Por Matías Concha P.
Julio 28, 2026

—Somos auxiliares de servicio en el jardín —dicen, casi al mismo tiempo.

Y eso significa mucho más que limpiar.

Su trabajo en los baños, los pasillos, las cunas, las camas pequeñas, los patios, las bodegas y las salas donde. Antes de que entren los niños, todo tiene que estar listo.

—Somos muy guaguateras con todos los niños. No sabemos si eso está bien o está mal, aunque somos mucho de abrazar y contener. Acá hay mamás que llevan dos generaciones trayendo a sus hijos —cuenta Jenny.

En sus muros hay dibujos del mar, ballenas, barcos, planetas y modelos del universo. El jardín fue inaugurado en 2007, pensado originalmente para acompañar a familias que serían reubicadas desde “La Poza”, un antiguo sector de Constitución ligado a la pesca de mar y río, ubicado junto a la desembocadura del Maule y a los pies del cerro Mutrún.

Después vino el terremoto y tsunami de 2010, y todo cambió. La Poza quedó marcada por la destrucción, los sitios eriazos y las familias que esperaban una solución definitiva. El jardín, que al comienzo estaba rodeado por terrenos vacíos, empezó a quedar en medio de otro mapa: llegaron departamentos sociales, creció la población y la demanda se disparó.

130 niños y niñas

Hoy el establecimiento atiende a casi 130 niños y niñas, 37 de ellos en sala cuna. Su equipo está formado por siete educadoras, 17 técnicos, una ayudante administrativa, tres auxiliares de servicio y una directora. Es uno de los jardines más grandes de la comuna y, aun así, mantiene una dinámica de barrio: las familias se conocen, los niños vuelven con hermanos menores y algunas generaciones ya regresan con sus propios hijos.

—Esta es nuestra segunda casa. Salimos a las seis de la mañana y llegamos a las seis de la tarde a nuestras casas. Pasamos más tiempo en el trabajo que en la casa —dice Jenny.

Fabiola conoce esa frase desde los dos lados. Tiene una hija de 22 años y un hijo de dos que también asiste al jardín.

—Fui apoderada primero y después trabajadora. Mi hija se fue, creció, y después volví a ser apoderada y trabajadora. Así es que aquí estoy contando la historia desde los dos lados —cuenta.

En un jardín así, las auxiliares no son visitas de paso. Los niños las ubican, las siguen, les piden cariño, las saludan en los pasillos y les reclaman cuando algo cambia. A veces, incluso, las tratan con una confianza que las hace reír.

—Una vez uno nos dijo: hola, compañero —recuerdan.

También las observan.

Milagros, de tres años, una vez las encontró mirando televisión y las encaró con toda la seriedad de su edad:

—Ahí están las tres, mirando la tele —les dijo.

Ellas todavía se ríen.

Otra vez, mientras lavaban las sábanas que los niños usaban a diario, pusieron unas más antiguas en algunas camas. Los niños se dieron cuenta al tiro.

—Se enojan y nos dicen: “tía, esta no es mi cama” —cuentan las auxiliares.

Fabiola dice que tiene facilidad para aprenderse los nombres. En un jardín que recibe a casi 200 niños, eso no es un detalle menor.

—Yo tengo la habilidad de aprenderme la mayoría de los nombres de los niños. Entonces digo: ¿por qué no vino tal niño? Y la Jenny me dice: “No, está enfermo”. Uno los echa de menos —cuenta.

Ese “echar de menos” aparece varias veces en la conversación. Echan de menos a los niños cuando faltan, a las compañeras cuando no están y a las generaciones cuando egresan. En las licenciaturas, dicen, siempre se les aprieta la garganta.

—Yo soy muy llorona. Cuando se van los niños, una dice: ya, no voy a llorar. Y al final lloramos igual.

En la calle también las reconocen. A una le dicen “la tía de las camas”, porque la han visto cambiar sábanas, ordenar y preparar los espacios donde juegan o descansan los niños. En un jardín infantil, esas tareas también forman parte de educar. 

Cuando se les pregunta por el sello del San Alberto de Chacarillas, no hablan primero del edificio, ni de su tamaño, ni de los cupos. Hablan de quienes lo hacen funcionar todos los días.

—El sello se lo ponemos nosotras, las personas. Yo siento que somos muy humanas, muy empáticas. Siempre nos ponemos en el lugar de las compañeras, de los apoderados y de los niños, sobre todo. El enfoque es que el niño esté bien. Hacer bien el bien —dice Jenny.

ELLAS PERMENECEN

El jardín también tiene historia de golpes. Las auxiliares recuerdan terremotos, tsunamis, incendios y una explosión que marcó al equipo. Fue en el sector de la cocina, por un escape de gas. Ese día no había niños en el establecimiento. Lo dicen primero, con alivio, antes de seguir contando.

Jenny estaba cerca.

—Yo salí volando. Me quemé la cara. Después el doctor me dijo que había sido como un lifting, porque no me quedó ninguna marca y mi carita quedó suave, como usted puede ver —cuenta, ahora riéndose.

De esa explosión quedó una imagen que las auxiliares todavía recuerdan: junto a la cocina, una figura de la Virgen quedó en pie.

—La Virgen quedó paradita. Para nosotras fue fuerte, todo quedó destruido, menos ella. Uno dice: gracias a Dios no estaban los niños —recuerdan.

Más de mil familias han pasado por el San Alberto de Chacarillas desde su apertura. Irene escucha y asiente. Después de tantos años en el jardín, dice que hoy hay una preocupación nueva: cada vez llegan menos niños. En los últimos años, cuentan, incluso se han tenido que cerrar niveles.

—Es un fenómeno que está afectando a Constitución entero. Hay menos niños y eso se está notando en los jardines. Las salas se empiezan a sentir más vacías —dice Irene.

El contraste es evidente: durante años, el San Alberto creció porque el barrio necesitaba más espacio para sus niños. Hoy el desafío es distinto: sostener sus niveles en una comuna donde nacen cada vez menos. El jardín tiene capacidad para más de 170 niños y actualmente recibe a 132.

—A veces vemos papás que se repiten. Tuvieron sus hijos acá y ahora vienen a dejar nietos. Nosotras decimos: pucha, cómo pasa el tiempo —concluye Fabiola.