En el Hogar de Cristo todos la conocen cariñosamente como la “Oly”. No como Olimpia Norma Méndez, su nombre legal. La secretaria que comenzó su vínculo con la fundación siendo dueña de casa y voluntaria, y que, con el paso de los años, construyó una sólida trayectoria hasta transformarse en una pieza fundamental del quehacer de la casa matriz.
Sin embargo, no se conforma con lo ya logrado. A los 68 años acaba de certificarse por primera vez en su vida, gracias a un curso gratuito de emprendimiento de la Escuela de la Experiencia de la Caja Los Andes, impartido junto a la Universidad del Alba. Su historia fue destacada a página completa en Las Últimas Noticias. Aquí, desde el conocimiento cotidiano, profundizamos en su notable capacidad para reinventarse, una y otra vez.
Vivía en Chiguayante, cerca de Concepción. “Yo soy de Temuco. Me casé y me fui a vivir a Concepción”. Fue allí donde una experiencia personal la acercó al Hogar de Cristo. Una amiga cercana, Mirna, enfermó de cáncer y atravesaba una situación económica compleja. La doctora que la atendía en el hospital sugirió contactarse con el Hogar de Cristo, que contaba con un centro de cuidados paliativos para personas con cáncer terminal.
A través de ese contacto, llegó al área de voluntariado. Entonces, todas las personas que asistían al centro estaban a cargo de una voluntaria, coordinadas por Astrid Araneda. Movida por la inquietud, Olimpia decidió acercarse para saber en qué consistía el trabajo.
Comenzó a asistir todos los miércoles. Uno de los requisitos era contar con automóvil para el traslado de los pacientes. “Entonces, yo dije, ‘Ni un problema’”. La labor incluía dar desayuno, acompañar a terapias como yoga, realizar manualidades durante la tarde y, cerca de las cinco, llevar nuevamente a los pacientes a sus hogares. Para las cuidadoras, ese día significaba un respiro invaluable.

Oly junto a la legendaria “Chicho” años atrás.
Inicialmente, acompañaba a su amiga Mirna desde y hacia el centro. La primera vez decidió esperarla. Ahí recibió una invitación que marcaría su camino. “La Astrid me dijo: ‘Quédate con nosotros’. Y ahí empezamos”. De esa experiencia nacería una amistad para toda la vida.
“Me quedé en ese voluntariado con los enfermos terminales, solo una vez a la semana. Después me invitaron a participar, aunque tú no lo creas, en el directorio del Hogar de Cristo. Fui la secretaria del directorio del Hogar de Cristo todo un año. Incluso tiene que haber una memoria del Hogar de Cristo donde dice secretaria Norma Méndez Gutiérrez. Todo lo hice a honorarios, yo no recibía remuneración alguna. Era dueña de casa”.
Olimpia es madre de dos hijos, Marion (39) y Sebastián (36). Tiene además de una nieta, Victoria Paz (14).
“Sebastián tenía dos años cuando empecé como voluntaria en el Hogar de Cristo. Hoy llevo 34 años aquí. Pero de esos, los últimos 18 han sido con contrato y remuneración”.
Cuenta que cuando junto a su familia se trasladó a vivir a la capital, la entonces directora del voluntariado en Hogar de Cristo, Verónica Monroy, le ofreció hacerse cargo de la Casa del Voluntariado Padre Hurtado. Quedaba en la esquina de Asturias con Renato Sánchez, en la comuna de Las Condes.

Jovial y activa, con una sonrisa siempre en sus labios, Oly es un claro ejemplo de una proactividad que solo crece con los años.
“Estuve cerca de dos años como voluntaria hasta que me divorcié. Me vi en esa complicada situación en que muchas mujeres de clase media quedan de la noche a la mañana: solas y sin trabajo. En Hogar de Cristo me ofrecieron seguir en la misma función, pero esta vez con contrato y remuneración.
“Fue un cambio importante. Estuve a cargo de esa Casa del Voluntariado muchos años. Hicimos cosas maravillosas. Se reunían las voluntarias para coordinar todo el trabajo. Yo iba todos los días. Cuando era voluntaria, dejaba a mis hijos en el colegio y me iba a la casa a trabajar y a la hora en que mis hijos salían del colegio, yo los iba a buscar y me iba con ellos a mi casa. Después ya tuve que cumplir horario y la dinámica cambió”.
Tras el cierre de esa Casa, Olimpia llegó a la casa matriz del Hogar de Cristo para incorporarse como secretaria en la Dirección de Comunicaciones, cargo que desempeña hasta hoy.
A Olimpia le cuesta imaginar una vida completamente retirada del trabajo y sin actividades.
“No quiero que ser una carga para mis hijos. Yo empecé a cotizar a los 51 años, entonces, debo pensar en generar ingresos para el momento en que ya no trabaje. Mi jubilación no será suficiente y no quiero ser una carga ni para mis hijos ni para la sociedad”.
Esa convicción la impulsó a capacitarse y pensar en un emprendimiento propio. Así llegó, en 2025, al curso gratuito de emprendimiento de la Escuela de la Experiencia de Caja Los Andes, en alianza con la Universidad del Alba, obteniendo por primera vez una certificación formal de estudios en su vida.
“Me interesó hacer el curso para estudiar y aprender cosas nuevas que me permitan empezar una pyme o hasta hacer mermeladas. Se me abrió el mundo de todo lo que puedo hacer, en vez de quedarme inactiva”.
Durante el curso aprendió desde aspectos básicos hasta nociones clave de gestión. “Desde cosas muy simples –como que debo tener un nombre atractivo para mi producto y una etiqueta clara– hasta llevar la contabilidad: qué es un activo, un pasivo, calcular los costos”.

El sueño de Olimpia es emprender por cuenta propia. No quiere retirarse a hacer nada en la casa.
“También aprendí que ahora casi todo se está vendiendo por redes sociales: si arriendo un local voy a vender cuatro frascos de mermelada, pero por redes sociales puedo vender diez, y no tengo que pagar luz, agua y arriendo, que encarecen mi producto. Y aprendí además a usar”.
“Con conocimiento, a uno se le abre el mundo”.
La iniciativa —impulsada por la Universidad del Alba y Caja Los Andes— busca demostrar que la edad no es impedimento para aprender, emprender o asumir nuevos desafíos. Actualmente, han abierto 1.000 cupos de capacitación para personas mayores interesadas en reinsertarse en el mundo laboral.
“Lo mejor es que no te exigen niveles de conocimientos previos, eso me facilitó poder postular a una beca que me gané”, resume Oly.
“Mi sueño es tener una Pyme, pero estoy en etapa de discernimiento de qué voy a hacer. Gracias al curso ya sé cómo iniciar las actividades, sacar los costos”.
Con 33 años de experiencia en la institución, Olimpia es testigo privilegiada de su evolución.
“El Hogar de Cristo para mí ha sido una escuela, una escuela de vida. He sido testigo de grandes cambios y cuánto nos ha costado adaptarnos a esos cambios, los que en definitiva han sido para mejor. Hemos pasado de un hogar paternalista a un hogar que da oportunidades para que las personas más desfavorecidas de la sociedad puedan crecer”.
Y como síntesis, recuerda el conocido proverbio chino: siempre es mejor enseñar a pescar que regalar pescados.
“Me encantaría, por ejemplo, que existiera una fundación para ayudar a las mujeres de clase media que se quedan sin nada cuando se divorcian, como me pasó a mí. Para que no solo se capaciten sino que reciban apoyo en el cuidado de sus hijos, en especial si son muy pequeños. Hace falta en este país más ayudas para esas mujeres”, concluye.