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21 de junio: la noche más larga del año

Adela Cortina, filósofa española galardonada con el Premio Internacional de Ensayo, escribió uno de los libros más lúcidos del último tiempo: “Aporofobia, el rechazo al pobre”.

Para definir y contextualizar el término, Adela buscó en el léxico griego la palabra «pobre», áporos, y acuñó el término «aporofobia», que describe el miedo y el rechazo culturalmente normalizado respecto de las personas más pobres. Su mirada nos ayuda a observar con agudeza algunas de las causas de la segregación social, patentes en nuestras ciudades, pero ocultas en nuestras costumbres.

Cuando nos referimos a las personas más pobres del país como si fueran “invisibles”, intentando explicar el “no verlos” durmiendo en la calle o comiendo de nuestros desperdicios, sabemos que nos engañamos. Sí los vemos, lo que no vemos son los puntos ciegos de nuestros pre-juicios.  Sí los vemos, pero preferimos no conectarnos mirándolos de frente, optamos por ponernos los audífonos, en una mezcla de comodidad, impotencia y normalización de nuestros hábitos… “Siempre ha habido pobres”, “Ellos están acostumbrados a vivir así”.

Cuando preguntamos, en la encuesta de percepción de la pobreza hecha por el Hogar de Cristo en alianza con Adimark, “¿Qué crees que sienten las personas cuando se encuentran con alguien pobre?”, destacaron las respuestas “rechazo” (un 35% entre los varones y un 25% entre las mujeres) y “temor/miedo” (14% entre los varones y 20% entre las mujeres).

El rechazo a priori y el temor son fruto de un pacto social no escrito. De un acuerdo en considerar riesgoso un vínculo de igual a igual, una oscuridad fabricada por unos anteojos transmitidos de padre a hijo, compartidos entre hermanos y vecinos, entre los que nos consideramos “pares”, para mantener lejos a los que evaluamos como “inferiores”. La convivencia cotidiana con los otros, los distintos, los que no van al mismo colegio, celebran en la misma iglesia, viven en el mismo barrio, comen en la misma mesa, es percibida como un riesgo a nuestra valía social. Casi como un haber descendido de la escala, un valer menos que antes, salvo que se evalúe esa relación como una condescendencia caritativa, que me sigue dejando en una situación de superioridad. Seguiremos quedando lejos, no reconociéndonos como genuinos pares,  a no ser que acontezca un “encuentro transformador”.

Declarar que la pobreza no es carencia sino la más profunda vulneración de los derechos humanos, reclamar por el reconocimiento de una dignidad igualitaria e incondicional que se refleje en las prioridades de las políticas pública tanto como en nuestras costumbres cotidianas, son pasos que piden un esfuerzo suplementario.  Esto porque  son convicciones que nos generan conflictos, rompen inercias, nos confrontan con violencias estructurales normalizadas en gran cantidad de instituciones.

Ahora más que nunca, como un chuzo que rompe los pensamientos y sentimientos congelados que tenemos dentro -y para que vuelva a latir como algo vivo un corazón de condición humana-, ganemos lucidez respecto a los prejuicios de clase. Regalémonos encuentros transformadores, que sean fuente de innovación en el modo de entender el éxito y la dignidad. Detengámonos, conozcámonos, descubrámonos distintos de lo que nos contaron. No somos invisibles, nunca lo hemos sido. Partamos por dónde hay más deuda: encontrándonos como pares con personas que han sido dañadas por la vulneración de sus derechos humanos, hasta el punto de ser segregadas en medio de la normalidad social. Despertemos de una pesadilla de inhumanidad.

Este 21 de junio, día en que se producirá la noche más larga del año y se iniciará oficialmente el invierno, cerca de 7 mil 500 personas dormirán en la Región Metropolitana a la intemperie con temperaturas cercanas a los 4 grados. Ya van nueve muertos por hipotermia. Con sentido de urgencia, el Hogar de Cristo invitó a sus habituales “rutas de calle” a personalidades y líderes de opinión  para ir al encuentro de nuestros pares en un esfuerzo de sacarnos los anteojos sucios y reconocernos como iguales. Porque no nos mata el frío, sino la frialdad y la indiferencia. Tal como el padre Hurtado, interrumpiendo sus horas de sueño, invitémonos unos a otros a salir de nuestros hábitos segregadores, de nuestras zonas de confort, y salgamos a reparar esos derechos y responsabilidades prioritarias para el bien común, claves para hacer de Chile un país más justo y digno.

 

 

 

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