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Guillermo Lovelack:

El fraile, su nieta y la población San Gregorio

Existen personajes perdidos en el anonimato con historias riquísimas. Es el caso de este arquitecto que creía en la autoconstrucción y está en la génesis de la famosa población de la comuna de La Granja, y que también dejó su impronta en el edificio que alberga a las monjas trapenses de Quilvo, en Curicó. Eso, ya viudo, estado que lo condujo al monasterio y a una satisfactoria muerte sin ataúd.

Por Ximena Torres Cautivo

 

Lo más duro de hacerse monje para el arquitecto Guillermo Loveluck fue cumplir con el voto de silencio.

“Era tan bueno para hablar como yo, así es que para que pudiera conversar con gente, lo pusieron a cargo de la puerta del Monasterio Trapense Santa María de Miraflores, ubicado en Codegua, donde pasó los últimos 15 años de su vida. En eso, en lo conversadores, nos parecemos, lo mismo que en la vocación social”, recuerda Monserrat Duarte Loveluck (51), trabajadora social, encargada de los 13 programas, ubicados en 7 comunas –Rancagua, San Fernando, Graneros, Santa Cruz, Rengo, Coltauco y Pichilemu– que Hogar de Cristo tiene en la Región de O´Higgins.

La rubia, crespa y conversadora Monserrat es la orgullosa segunda nieta de las tres que tuvo este personaje tan desconocido como apasionante. Guillermo Loveluck fue un arquitecto profundamente católico y con una marcada vocación social que puso al servicio del desarrollo de viviendas básicas en la lejana década del 40 del siglo pasado.

Por esos años, hizo clases en la revolucionaria Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso y después se integró a la Corporación de Vivienda (CORVI) en Santiago.

Como director del departamento de autoconstrucción de la CORVI, dirigió la erradicación de seis mil familias y posterior construcción de la población San Gregorio, en la comuna de La Granja. Como recuerda su hija Amalia, la madre de Monserrat, en un escrito, “nuestro paseo dominical era visitar estas poblaciones y comunicarnos con sus habitantes. Una de las grandes virtudes que tenía mi padre era la empatía, característica que les transmitió incluso a sus nietas”.

La San Gregorio es considerada desde entonces todo un hito en la historia de la vivienda social en Chile, ya que fue la primera solución habitacional social masiva construida por el Estado a través de la CORVI. Un dato anecdótico que la mayoría desconoce es que en 1960, para la inauguración del primer consultorio de la población, el invitado estelar fue el entonces presidente de Estados Unidos Dwight Eisenhower. Se cuenta que habría llegado en helicóptero levantando una polvareda de antología, después de arrojar monedas a los que lo esperaban en tierra.

Lovelack era un convencido de las virtudes de la autoconstrucción para mejorar la habitabilidad de las personas más pobres y vulnerables, y tuvo la suerte de ser becado para especializarse en el tema en Puerto Rico e Israel. “Mi mamá cuenta que las cartas de sus viajes eran interesantísimas, porque agregaba dibujos de los lugares que iba conociendo, así es que las leían todos los familiares y amigos cercanos. Yo vivía en España, cuando él entró como monje a los trapenses en La Dehesa, y me llegaban sus cartas con sus escritos mezcladas con dibujos de lo que estaba viviendo”, comenta Monserrat, quien dice que hasta hoy la gente se desconcierta cuando cuenta que su abuelo era fraile. “Nadie entiende”.

MORIR SIN ATAÚD

Guillermo quedó huérfano de madre y viudo por los mismos años. Con su hija casada, viviendo en España, y con la vocación religiosa clara, ingresó a la orden de los trapenses, que entonces tenían su monasterio en el hoy prósperamente consolidado sector de La Dehesa, en la comuna de Lo Barnechea, en Santiago. “Mi abuela murió en 1976, él desarmó la casa matrimonial y se metió al monasterio. Se llamaba Guillermo, pero pasó a ser el hermano Luis. A poco andar, la orden vendió en La Dehesa y se vino para acá, a Codegua”.

Ser trapense significa “que nadie sea nada”, como nos explica Wilson Fuenzalida, monitor de la Hospedería de Hombres San Benito de Rengo, que está bajo la jefatura de Monserrat. Por eso, aunque el hermano Luis fue convocado a construir el Monasterio Trapense Nuestra Señora de Quilvo, en la provincia de Curicó, región del Maule, su nombre no está escrito en ninguna parte.

“No lo dejaban. Esa es una peculiaridad de la orden. ´Lo hizo un hermano´, se dice, y por eso no hay firma del arquitecto en el monasterio”, precisa Wilson, quien sabe de esto porque en una etapa anterior fue monje. También nos explica que los benedictinos son más contemplativos, más volcados a la oración y los trapenses más orientados a la acción, al trabajo.

A un par de kilómetros de la Hospedería San Benito de Rengo donde conversamos, está el maravilloso Monasterio de la Asunción de Santa María de las benedictinas, un edificio patrimonial que data de la época de O´Higgins y que alberga a 19 monjas de claustro. Ahí se reza y en silencio, mientras las religiosas de Quilvo, que viven bajo el techo que construyó Guillermo Loveluck, se han hecho famosas en todo Chile por sus deliciosas mermeladas.  La de damasco, a mi juicio, es insuperable. “Siguen la tradición del monasterio madre, Nuestra Señora de San José de Vitorchiano, en Italia. De allá, deben venir las recetas”, especula Wilson.

Instalados en el comedor de la Hospedería de Rengo, que fue creada por las benedictinas y hoy es administrada por el Hogar de Cristo, frente a un plato de garbanzos, Monserrat se entusiasma haciendo recuerdos de su abuelo: “Él se indignó, hervía de rabia, cuando los monjes decidieron que practicarían la chocolatería para vivir. ¿Por qué no cultivamos soya?, alegaba, furioso, porque los chocolates le parecían suntuarios, frívolos. Después, se le pasó la rabia y con sus manos completamente tiesas por la artrosis se dedicaba a ponerlos en sus envases. Eso fue al final de su vida. Lo otro que hacen en el Monasterio de Miraflores es miel”.

Y continúa, mostrando sus dotes de conversadora y haciendo memoria:

“Cuando yo y mis hermanas éramos chicas, íbamos al monasterio en los escasos días de visita y la clásica pregunta era cuál de las tres niñitas va a seguir los pasos del su abuelo y va a ser monjita, nosotras nos mirábamos con cara de ni una posibilidad”, dice, riéndose.

También cuenta que los trapenses no comen carne. “Mi mamá siempre dice que el almuerzo consistía en una papa y un atado de espinacas, por eso cuando íbamos a verlo, aprovechaba de hacer lo que más le gustaba: hablar durante horas y comer. Nosotros le llevábamos un pavo asado que fileteábamos y se lo servíamos con arroz, era lo típico, y él comía, comía y comía. Cuando cumplió 70 años nos dejaron celebrarle el cumpleaños en el monasterio. Yo era joven y organicé un partido de fútbol con los monjes. Entonces me pusieron la abadesa”.

El hermano Luis o el arquitecto Guillermo Loveluck murió a los 92 años, en 2003. En su ley. Eso significa sin ataúd. Lo explica Wilson: “El funeral de los trapenses es impresionante porque no hay cajón. Es con el cadáver expuesto, vestido sólo con el hábito y con una capucha que luego cubre la cara. Es la manera de representar la simplicidad y la pobreza en la que creen los trapenses”.

Monserrat complementa:

“El funeral de mi abuelo fue en dos partes, porque llovía tanto ese día, que primero fue la misa y después nos mandaron para la casa. Más tarde, cuando amainó el chaparrón, tuvimos que volver para poner el cuerpo en la tierra, en el hoyo”.

Fueron 92 años de una vida bien notable, marcada por la vocación social en sus dos sentidos: la solidaridad con los más pobres y la conversación con todo el mundo. Igual, que su nieta, Monserrat, la encargada de niños, adultos mayores y personas en situación de calle del Hogar de Cristo en la región de O´Higgins.

Si te importa la situación de las personas más pobres de la región de O´Higgins, involúcrate.

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