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Innovador Programa Calle de Castro:

Cómo florecer cultivando la tierra

Alguno escuchó a su abuela hablar de la hierba de San Juan, otro recuerda a su madre usando la zarzaparrilla para “el mal de los riñones” y ahora la “señorita Isabel” les está enseñando a todos a usar la raíz de valeriana para combatir los síntomas de la abstinencia. Son 20 hombres y mujeres de calle, 19 de los cuales tienen ancestros huilliches, que están encontrando así remedio para sus penas.

Por Ximena Torres Cautivo y María Teresa Villafrade

Mercelinda Leviñanco, Ariel Tocol Tocol, Teobaldo Llancalahuel, Francisco Leviñanco y Marcelo Gueico Cheun son un almácigo de potenciales llawentuchefes si esta innovadora iniciativa que desarrolla el Programa Calle del Hogar de Cristo en Castro, Chiloé, junto con el ministerio de Desarrollo Social, la Conadi y el municipio local, crece, se asienta y prospera, como las flores y las hierbas medicinales que han ido plantando en el jardín y reproduciendo en el invernadero.

Isabel Monroy es psicóloga e investigadora de los poderes medicinales de las hierbas y plantas

Así lo sueña la psicóloga e investigadora Isabel Monroy (52), quien aspira a que de este grupo mayoritariamente masculino y de ascendencia huilliche, que conoce la rudeza de la vida en calle en un clima húmedo y  frío casi todo el año, surjan monitores expertos en el poder sanador de las plantas. Es decir, lawentuchefes.

La profesional del  Programa Calle, oriunda de Montepatria, al interior de la región de Coquimbo y de origen diaguita, como se preocupa de precisar, llegó a Chiloé, con un bagaje importante en materia de “talleres prácticos que recogen y ponen en valor la sabiduría de los pueblos originarios en el ámbito de la medicina de las plantas”. Durante años desarrolló una iniciativa similar de rescate y uso de hierbas y flores curativas ancestrales con mujeres y hombres de comunidades agrícolas del valle del Limarí y ahora, junto a la joven trabajadora social Camila Guajardo, coordinadora del Programa Calle en la región austral, que tenía el plan de hacer un invernadero en la Hospedería de Castro, el pasado enero inauguraron este innovador programa.

Explica Isabel: “Muchos de nuestros participantes pertenecen al pueblo huilliche, varios de ellos se encuentran en proceso de lograr ese reconocimiento, así es que el aprendizaje de este antiguo saber cobra más sentido. Nosotros nos focalizamos en enseñarles los usos y preparaciones de las hierbas medicinales útiles para prevenir recaídas como terapia complementaria en el tratamiento de la drogodependencia, que es la problemática de fondo que presentan 19 de los 20 de los que asisten a los talleres”. Terapia y método natural que sirve también para abordar otros problemas de salud mental, como la depresión, que abunda entre las personas en calle, precisa la psicóloga.

Levantar el invernadero en el patio trasero del edificio redondo de tejuelas de alerce donde funciona la Hospedería Mixta de Castro, ya es todo un logro que constituye “un aprendizaje significativo en cuanto al desarrollo de un oficio, la jardinería, y al trabajo productivo”.

Localizada en una loma, la Hospedería ha ganado además el mejoramiento del jardín con la incorporación de las especies medicinales, que servirán pronto como fuente de insumos para el taller de preparaciones medicinales tradicionales huilliches. Otro aspecto positivo de los talleres es que permiten sumar a nuevos voluntarios Hogar de Cristo, fortaleciendo la red de apoyo para las personas en situación de calle, agregando además el intercambio con comunidades indígenas a través de CONADI y de Vínculos, una agrupación que trabaja en rehabilitación en drogodependencias, utilizando algunas hierbas medicinales para sus tratamientos.

VERDE ESPERANZA

“Para olvidarme de ti, / voy a cultivar la tierra. / En ella espero encontrar, / remedio para mi pena”, canta Violeta en su clásica “Jardinera” y el verso no puede resultar más apropiado a lo que pasa en este jardín. Acá la pena, que los hombres y las mujeres de calle aplacan con el mal remedio que es el consumo problemático de alcohol y otras drogas, se trata con raíz de valeriana que, como explica Isabel Monroy, sirve para “contrarrestar los síntomas de la abstinencia, así como las crisis de ansiedad y las palpitaciones al corazón”. La zarzaparrilla, tan común en estas latitudes, el diente de león y la ortiga llantén sirven para limpieza y desintoxicación, mientras el romero castillo y la lavanda son relajantes musculares.

“Poco a poco, iremos incorporando y rescatando conocimientos de las hierbas medicinales locales gracias al acompañamiento de la paramédico Berta Nahuelhuen Huilliche, que se  dedica a la medicina ancestral de la zona”, detalla Isabel.

Eso, mientras Camila Guajardo, la asistente social nos muestra con orgullo las matas de llantén mayor y menor, matico, salvia, toronjil melisa, ruda, caléndula, lampazo, ajenjo y menta, a los que cada semana se van agregando nuevas hierbas y flores. Ahora, en marzo, tanto Isabel como Camila, esperan que los talleres se activen con la participación de “todos los chiquillos, porque en verano la asistencia fue más irregular. Ellos echan la talla, se ríen, como son ellos, pero van de a poco retroalimentando recuerdos de algunos usos y conocimientos que oyeron de sus madres y abuelas. Es un espacio muy terapéutico, que está siendo muy bien valorado”, explica Camila.

Los tres talleres apuntan a abordar cuatro cuestiones claves en el día a día de los usuarios del programa: el autocuidado; el tratamiento y prevención de recaídas en adicciones y dependencia al alcohol y otras drogas, además de otras dificultades de salud mental; el uso del tiempo de una manera significativa y productiva, y la generación de espacios grupales de autoayuda.

Alfonso Vera Vera (65) es un viejo conocido de esta Hospedería, que tiene capacidad para 20 personas y que lo ha acogido durante 7 años. Ahora está feliz. Ya recibió las llaves de su vivienda tutelada, lo mismo que otros 24 adultos mayores de la ciudad de Castro. Dice: “Le doy las gracias a la señorita Camila Guajardo porque ella me ayudó en todos los trámites. Se ha preocupado de mí mucho más que mi propia familia”. Camila dice que fue un trabajo en red con el Senama y con el consultorio. Que Alfonso es autovalente y, por lo tanto, cumplía con el requisito número uno para salir beneficiado.

En el jardín florido de la Hospedería, donde también hizo su aporte a la construcción del invernadero, Alfonso, sin pausa y sin prisa, nos cuenta su vida: “Fui niño pobre de campo. Nací en el sector de Tara, en la comuna de Chonchi. Hubo muchos factores que arruinaron mi vida: lo psicológico y sentimental, que es casi lo mismo. Mis momentos buenos fueron en la ruca de junquillo, donde crecí con mi familia. En Tara la escuela llegaba hasta sexto básico y yo quise seguir estudiando, me vine a Castro donde no conocía a nadie. Hice séptimo y octavo básico, en los tiempos de Salvador Allende. Me gané la beca presidencial y eso incluía alimentos, útiles escolares, vestuario, financiado por el Estado, hasta me daban plata para pagar la pensión”.

Alfonso Vera Vera vivió 7 años en la Hospedería de Castro. Ahora es beneficiario de una vivienda tutelada.

Militante socialista, con el golpe militar en 1973, “se acabó todo para mí. Me querían desalojar de la isla, no sé cómo supieron los marinos y los carabineros, pero me tuvieron 15 días preso, dormí sobre cemento. Me exigían que les dijera quiénes eran mis otros compañeros. Al final, me soltaron”.

Cuenta que estudió mecánica y trabajó durante 8 años con “un señor yugoeslavo, experto en motores diésel”. Después se inscribió en un politécnico para especializarse en mecánica automotriz y sacar cuarto medio, pero no terminó. En paralelo, “conocí una niña a la que dejé embarazada, le pedí matrimonio y ella dijo que no. A mi hijo lo conocí recién 5 años después. En su momento le expliqué sobre mi ausencia y él entendió”.

Finalmente, se casó con Edilia Muñoz. Ya había perdido el dedo del medio de su mano derecha, trabajando como mecánico. Con Edi, como la llama, fueron padres de Rosita y estuvieron juntos 18 años. “Lo malo fue que los dos nos pusimos a tomar. No sé por qué, la engañé, me sentía mal. Nos enviciamos con el alcohol, me siento mal cuando lo cuento, me hace daño. Nos amenazaron con quitarnos a la hija, entonces decidimos llevarla a Osorno donde vivía mi suegra. La Edi se quedó con ella allá, pero a los 5 meses se regresó a Chiloé. Ya era alcohólica, lo que es una cosa imparable”.

Alfonso conoce de hígados dañados. Hace 7 años, Edilia murió de cirrosis en el Hospital de Castro, los mismos años en que “me allegué a la Hospedería, donde me trajo alguien que me pilló en la calle. Ya no tomo, pero fumo. Ahora vivo en un departamento solo y vengo acá a almorzar y a cenar”. Su hija Rosita hoy tiene 26 años, es ingeniera agrícola y vive en Río Bueno, donde está a cargo de un campo. “La mamá Ocha, mi suegra, la salvó”, dice, agradecido.

También le agradece a Dios cada día que pasa sin tomar. Y le agradece a sus a estas alturas amigas del programa Calle, las señoritas Camila e Isabel, que con sus iniciativas botánico-terapéuticas le estén dandi una verde energía a la Hospedería y sus habitantes. No en vano, el color verde es el de la esperanza.

(Foto principal es de referencia)

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