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Residencia Protegida de Castro: Donde van a vivir los inocentes

Siete hombres y 5 mujeres con escaso contacto familiar, de extrema pobreza y con discapacidad mental severa comparten su vida y sus mundos en el apacible sector de Gamboa. Los atienden 12 trabajadoras que han aprendido a barrer con sus prejuicios en una isla donde la vergüenza, el miedo, las relaciones consanguíneas y hasta el mito del Trauco rodean a la enfermedad psiquiátrica.

Por Ximena Torres Cautivo y María Teresa Villafrade

Fotografías: Camila Toro

Gladys Gueicha (42) es de ascendencia huilliche, lo mismo que José. El joven hoy de 27 años llegó a los 19 a la Residencia Protegida que el Hogar de Cristo tiene en Castro, con presencia de las autoridades y un gran despliegue mediático. Su arribo fue incluso grabado y difundido por la televisión local.

Cuenta la monitora, quien lleva 13 años trabajando aquí: “Fue una asistente social de Quellón la que se interesó en él e hizo todo para que fuera acogido aquí. José vivía en Piedras Blancas, una comunidad huilliche al sur de Quellón, muy apartada, donde se le consideraba un peligro social. Vivía encerrado en un gallinero y cuando lograba escapar, asustaba a las personas, las asaltaba, les quitaba el pan. Tenía una obsesión por la comida”.

Hijo de una pareja con discapacidad mental, vivía con la madre, una hermana y un padrastro, que tenía severos problemas de alcoholismo. Ellos lo mantenían encerrado. Para trasladarlo, hubo todo un operativo, que incluyó tramo en lancha hasta Quellón y de ahí, por tierra, a Castro.

Así recuerda Gladys su llegada a la casa: “Había hasta un grupo folclórico, mucha comida en la mesa, estaban las autoridades y la televisión. Fue muy bonito. Él llegó acompañado de la asistente social y del alcalde de Quellón. Venían su mamá y su hermanita chica, pero nunca más volvieron a visitarlo. José estaba asustado. Buscó un rincón donde se echó en posición fetal, hasta ahora esa es la manera en que duerme y se acuesta varias veces a lo largo del día, pero ahora lo hace en su cama, no en el suelo. Por eso es el único al que no le exigimos que la tenga bien hecha y estirada en el día”, cuenta con naturalidad, conocedora de los gustos y costumbres de cada uno de los habitantes de la casa.

-¿No fue agresivo, ni salvaje, como se los habían descrito?

-Nosotros vimos a otro José ese día, a un ser asustado, que no agredía ni tiraba piedras, como nos habían contado. Después, en los meses y años siguientes, su aclimatamiento fue muy difícil. Empezó a enojarse, a hacer unos sonidos terribles, a negarse a hacer sus necesidades en el baño. Se sacaba la ropa, no le gustaba andar vestido y corría por los pasillos. A veces se arrancaba y los vecinos alegaban al verlo pilucho en el patio. Hubo que elevar las rejas exteriores, porque es campeón para treparse y no podemos dejar que se arranque. Le dio por romper las toallas con los dientes, se comía las puertas. Empezó a hacerse daño. Se sentía enjaulado, prisionero. Había vivido siempre a su aire, porque del gallinero se escapaba cavando la tierra.

Ahora, José -moreno, pequeño y con una apariencia más de niño que de hombre adulto-, nos trae una silla para que podamos conversar en una oficina privada. Luego se retira silenciosamente. “Le gusta jugar con legos. Juntar chapitas y agruparlas por colores. Una colega es su madrina, porque hace 5 años lo bautizamos. Fue una fiesta que hicimos como para celebrar sus logros. Ella tiene una relación especial con él y José la obedece. Desde hace años, se sienta en la mesa, ya no quiere comerse todo él. No se abalanza sobre los platos. Se ducha, se viste solito y elige su ropa. A veces se aísla y rabea solo, pero pronto se le quita, como a cualquiera. El suyo ha sido un tremendo progreso”.

Gladys recuerda que hace años los vecinos del bonito sector de parcelas conocido como Gamboa, donde se levanta la casa de 200 metros cuadrados que acoge a esta singular comunidad, quisieron reunir firmas para que la Residencia Protegida se trasladara, pero que de a poco han ido aceptándolos. “Cada vez que me encuentro con gente del sector hago mi tarea de sensibilización. Después de la típica pregunta: ¿Cómo puedes trabajar con esas personas?, les digo que, tal como se enferma el cuerpo, se enferma la mente, y que ellos son dulces y buenos, que hay que apoyarlos, conocerlos y no temerles. Pero la gente y, lo peor, las familias los olvidan y los demás no quieren verlos. A José, que tuvo tanta prensa en su momento, ya nadie lo recuerda”.

EL INCESTUOSO TRAUCO

“Antes que la aproveche otro, la aprovecho yo”, es la brutal explicación para el incesto cometido por un padre en contra de su hija que nos comenta una asistente social en Chiloé, cuando, impresionadas por la cantidad de personas con discapacidad mental que están a cargo de adultos mayores de extrema vulnerabilidad y pobreza, indagamos sobre la endogamia que suele darse en las comunidades aisladas. A causa de la soledad, la ignorancia, el alcoholismo, nos comentan que “es una conducta súper validada en los sectores más remotos de las islas, en la ruralidad más profunda. En muchas localidades se normalizan las relaciones incestuosas o, al menos, no se condenan”.

Las consecuencias genéticas de las relaciones sexuales consanguíneas están más que estudiadas y se conocen como “trastornos de herencia autosómica recesiva”, los que corresponden a enfermedades que van desde el albinismo hasta la fibrosis quística, con alta prevalencia de discapacidad intelectual y trastornos siquiátricos, como bipolaridad y esquizofrenia.

Una realidad a la que el experimentado siquiatra Jacobo Numhauser, quien llegó a trabajar a Chiloé en 1994, ha dedicado varias investigaciones. Una de ellas es “Cultura e integración: vigencia del mito del Trauco a propósito de una casuística clínica de incestos en Chiloé”. En otro estudio suyo, publicado en 2006 y hecho entre 59 mujeres adultas víctimas de incesto en Ancud, lo que leemos es parte de la vida en esos parajes alejados.

A modo de frío resumen: 17 de las 59 mujeres denunciaron judicialmente el abuso, mientras las restantes 42 lo contaron en consultas médicas por razones de depresión crónica, tener niños con retraso, descontrol de impulsos o  intento suicida. El hombre autor del acto incestuoso resultó ser el padre en 21 casos, el padrastro en 14 y otros familiares en 24. En uno de ellos, abusaban de la niña varios familiares simultánea o sucesivamente. El rango de edad cuando se cometió el incesto varió de los 3 a los 26 años, siendo la edad promedio 10,6 años. En la muestra, hubo como “resultado” de la relación 9 hijos incestuosos y un aborto; y 32 mujeres sufrieron alguna forma de depresión, 12 de ellas con intentos suicidas.

A modo de comprensión “humana” del fenómeno, este es el resumen que hace el siquiatra Numhauser de uno de esos 59 casos. Se trata del de Claudia y Óscar, su padre, campesino, de 47 años al momento del estudio. “Óscar cuenta que nunca consideró a Claudia igual que a sus otras hijas, que empezó a sentir inclinación erótica hacia ella. ´Creo que me enamoré´, dice. Inició las relaciones sexuales cuando ella tenía 11 años, la llevaba al monte en las mañanas a la grupa del caballo y volvían en la tarde. Así nacieron dos hijos. Él los atendía y cuidaba con esmero y cariño. La denuncia ocurrió después de 12 años, luego de que la golpeara en un arrebato de rabia cuando Claudia decidió no vivir más con él. Óscar había echado a su cónyuge y dejado a Claudia como dueña de casa. Ella lo aceptaba sexualmente por temor al castigo, ya que él la golpeaba con varas en las piernas. La madre, analfabeta, padece una debilidad mental leve y señala que su marido llevaba a Claudia a trabajar y que nunca vio nada extraño en la casa. Los hijos que tuvo su hija se los explicaba como consecuencia de pololeos ocasionales de Claudia”.

Judith Soltof, asistente social  temporalmente a cargo de la Residencia para Personas con Discapacidad Mental Severa que Hogar de Cristo tiene en Castro, donde vive José desde hace casi una década, habla de otra tara social: “Acá, especialmente en las islas más apartadas, el tener un familiar con discapacidad mental es motivo de vergüenza. Por eso, muchos son escondidos o abandonados de niños y viven y crecen en situación de calle. Varios de los residentes de esta casa pasaron por esa experiencia. José es uno de los casos más extremos”.

En la Residencia Protegida -que se llama Padre Alberto Hurtado y se ubica en el sector Gamboa de Castro desde 2008 cuando la antigua casa que quedaba a 14 kilómetros de la ciudad en Putemún fue destruida por un incendio,- viven hoy 12 personas, 7 hombres y 5 mujeres. Son atendidas por un equipo de 12 trabajadores, la mayoría asistentes de enfermos de trato directo, todas mujeres, incluida una monitora que tiene 70 años. Trabajan por turnos y siempre hay dos al menos a cargo de la casa. Es un trabajo duro, conmovedor y admirable, para el que se requiere energía y sensibilidad por partes iguales. Y eso lo comprobamos cuando conversamos con Gladys Gueicha, la monitora que recordó la llegada de José para nosotros. Cuenta: “Cuando llegué no sabía nada de tratar a personas con problemas mentales severos. Hoy soy otra, he aprendido mucho. Agradezco trabajar con personas que no pueden valerse por sí mismas casi en ningún sentido, para las que uno se convierte en sus manos, sus pies, su intérprete, porque finalmente logras entenderlos, saber qué les duele, qué quieren. El que más me conmueve es el Pato, un joven que además de su diagnóstico de esquizofrenia y retardo mental, es ciego. Él me duele”.

 

NO A LAS PATOLOGÍAS DUALES

Entrar a la residencia protegida requiere de llave y de cierta fortaleza, porque adentro se ve la vulnerabilidad propia de la discapacidad mental. Es una suerte de desesperanza melancólica que golpea. Pato, que es ciego y esquizofrénico, se golpea de manera obsesiva; Sofía tiene la cara quemada a causa del incendio en que murieron sus padres, es tímida y dulce; el alto y flaco Cristián se enreda en su propia camiseta a medio poner, padece autismo y usa pañales; nunca tuvo control de esfínteres. Antonio Cortés, el jefe social territorial del Hogar de Cristo en Chiloé, como psicólogo y sobre todo como ser humano resume así el espíritu profundo de lo que se debe hacer aquí: “A estas personas con daño mental tan severo no hay que tratar de traerlos donde uno está, sino entender que ellos habitan un espacio intermedio, donde es el amor lo que tiene que primar”.

Ellos lo tienen claro. Antonio y nosotros, que llegamos de visita, somos abrazados, besados, recibidos con un cariño y un agradecimiento conmovedor. Algunos quieren ser entrevistados, como Miriam Huachacán Ojeda. Cuenta que tiene 15 años, pero es claramente mayor. Al principio se muestra muy comunicativa. Dice que hace su cama todos los días y que Sofía es su mejor amiga, pero cuando recuerda que desde hace meses no la visita nadie, le da pena y llora y no quiere hablar más.

Su amiga Sofía Cárcamo Cárdenas es la que perdió a Anselmo y Clorinda, sus padres, en el devastador incendio de su casa, donde ambos murieron quemados. Se quedó sola. Tiene un hermano, Amadeo, que trabaja lejos, y dice que Miriam es su mejor amiga y que lo que más le gusta en la vida “es tejer y tomar mate de la teterita caliente”.

Judith Soltoff comenta que muchos de los acogidos no tienen vínculos familiares activos, que estarán aquí de por vida y que, como santiaguina en comisión de servicio en Chiloé, lo que más la preocupa es “que aquí no exista urgencia siquiátrica. En Santiago, sabemos que tenemos que partir al Horwitz, el Hospital Psiquiátrico de la Avenida La Paz, cuando alguno de nuestros usuarios se descompensa, pero acá a dónde los llevamos. Es bien terrible que en un lugar donde abunda la discapacidad mental, no haya oferta especializada. Que sea todo tan mínimo y precario”.

En ese sentido, la residencia protegida es excepcional y entrar es muy complejo, porque hay mucha demanda. “Aquí tiene que morir algún acogido para recibir a otra persona. Y es la mesa de salud de la provincia de Chiloé, la que resuelve quién entra cuando se produce un cupo por fallecimiento, porque aquí los acogidos lo son de por vida”.

Las condiciones de ingreso están relacionadas con la condición de pobreza y vulnerabilidad de las personas. “Deben tener un diagnóstico psiquiátrico, pertenecer al tramo socioeconómicamente más bajo según el registro social de hogares y no tener red familiar, aunque como te debes haber dado cuenta muchos la tienen, pero se han desentendido, los han abandonado. Nosotros no decidimos quiénes entran, pero sí sabemos que no podemos aceptar a personas con consumo de drogas o alcohol. Ese tipo de patologías duales, muy comunes en la región, requieren un personal especializado del que no disponemos”, concluye Judith, quien permanecerá a cargo de la casa hasta fines de marzo.

Su reemplazo representa todo un desafío, aunque es nada al lado de las profundas carencias en materia de salud mental que se viven en el aislado Chiloé y que bien resume la última imagen que nos llevamos de la casa: el Pato sentado al sol en su silla de ruedas, ciego, con retardo y brotes de esquizofrenia, meciéndose sobre sí mismo de la mano de su “yayi”, la monitora Gladys Gueicha.

Conoce más sobre Gladys en este video

 

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