Max Aguirre (50) estuvo cinco meses en situación de calle. Cuando le preguntan cómo fue, responde:
—Horrible.
Después enumera.
—Frío, hambre, miedo. Insomnio. Tú crees que vas a dormir, pero no es así. Estás con un ojo abierto y el otro cerrado. Cualquier luz o ruido te despiertan.
Antes de llegar a Portales trabajaba como supervisor de servicio al cliente en Falabella. Quedó cesante y comenzó a buscar empleo mientras estiraba los ahorros. Cuando el dinero se acabó, el arriendo dejó de pagarse y ya no tuvo dónde ir. Su mamá, adulta mayor, vive con una pareja con la que mantiene una relación distante; quedarse ahí no era viable. El contrato terminó y la calle apareció como única salida.

—La primera noche es la más traumática. No conoces los códigos ni la forma de relacionarte. Hay de todo: mujeres que se venden, tatas que no saben dónde están, flacos consumiendo, narcos vendiendo la droga. La noche está llena de gritos; nunca es silenciosa.
Desde esa primera noche, Max entendió que en la vereda nada es neutro. Circula droga, hay presión constante y grupos que se mueven con códigos propios. A él se le notaba que no pertenecía a ese mundo, que no manejaba la lógica de quienes llevan años sobreviviendo en la calle.
—Si te ven, entre comillas, diferente a ellos, que se mueven en la noche sin miedo, que manejan ese submundo, se aprovechan.
Por eso, explica, los robos no fueron aislados. Fueron parte de la experiencia.
—Varias veces me robaron. Documentos, celulares. Y eso te impide poder salir de ahí. Porque, como te digo yo, sin documentos, sin celular, sin una red de apoyo detrás… no sabes qué hacer.

Lo dice sin victimizarse. Al contrario, lo plantea como un obstáculo concreto. En su experiencia, perder la cédula no es solo perder un plástico; significó quedar fuera del sistema.
Max insiste en desmontar la caricatura.
—No es como lo que la gente piensa, que es como ya, me voy a echar al pastito, relajado, esperando que todos los días llegue el desayuno, el almuerzo. No es así. Al contrario. Siempre estás con miedo.
Las primeras veces que vio pasar la Ruta Calle del Hogar de Cristo fue de noche. La ciudad ya había bajado el volumen y el frío empezaba a sentirse con más fuerza. Las camionetas se detenían. Bajaban con termos, comida y frazadas en invierno; en verano, agua fría, bloqueador, gorros. Y tiempo.
—No es que te pasen algo y se vayan. Se quedan, conversan contigo, quieren conocerte. Se preocupan por tu historia.
Portales es uno de los puntos habituales del recorrido. Los equipos del Hogar de Cristo pasan por ahí de día y de noche. En invierno, para que nadie duerma sin abrigo; en verano, para evitar que el golpe de calor termine en una urgencia. La diferencia, dice Max, estaba en la constancia.
—Te preguntan cómo estás. Si tienes documentos. Si has pensado qué hacer. Y vuelven.
Luis Valdez (64) lleva casi cuarenta años en ese recorrido. Conoce los lugares y también los tiempos: distingue cuándo alguien acaba de llegar y cuándo la calle ya se volvió rutina. Max lo había visto varias veces antes de animarse a hablarle. La primera noche aceptó un café; después, una frazada. Más tarde, conversación.

—Me empezó a orientar. A decirme que si quería salir, había que ordenar cosas primero. Sacar documentos, ver opciones y tomar compromisos.
Después de varias noches de conversación, Luis le habló de una residencia sociolaboral administrada por Fundación Betesda. Un espacio pensado para acompañar procesos largos: recuperación, autonomía, inserción laboral. Ahí la ayuda no es solo techo; es estructura.
—Acepté al tiro, fue como un milagro. Hoy puedo dormir tranquilo. Tengo comida, una cama limpia, un lugar donde lavar mi ropa.

En la residencia hay acompañamiento profesional, apoyo psicosocial y metas claras. No es automático ni inmediato. Es proceso. Max lo vive así. Antes de esta entrevista estaba enviando currículums desde el celular.
—Que nadie está salvado. Basta perder la pega, gastar los ahorros, tener un núcleo chico o una familia sin plata. Con eso alcanza para terminar en la calle.