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Sergio Marín: “Estoy en los descuentos”

A los 57 años, este hombre está reconstruyendo su vida después de pasar tres años en situación de calle. En el Estadio Germán Becker de Temuco se encontró con Marcelo Salas, el histórico goleador de la selección chilena. Hablaron de derrotas, segundas oportunidades y de la importancia de tener a alguien al lado cuando las cosas se ponen difíciles. Su encuentro es parte de "Te quiero ver", la nueva campaña del Hogar de Cristo que busca dar visibilidad a quienes llevan demasiado tiempo fuera de la mirada del país.
Por Matías Concha P.
Octubre 28, 2026

—Tienes un partido difícil —le dice Marcelo Salas.

—Lo estoy jugando. Estoy en los descuentos —responde Sergio Marín.

Los dos se ríen. La conversación ocurre en el Estadio Germán Becker de Temuco. El Matador conoce bien esa cancha, aunque esta vez no está allí para hablar de goles. Frente a él tiene a Sergio, un hombre de 56 años que ha vivido en distintas ciudades de Chile y que, sumando varias etapas, calcula haber pasado cerca de siete años en situación de calle.

Sergio Marín junto a Marcelo Salas, el Matador, en las graderías del Estadio Germpan Becker.

Sergio Marín junto a Marcelo Salas, el Matador, en las graderías del Estadio Germpan Becker.

El encuentro forma parte de la campaña #TeQuieroVe del Hogar de Cristo. En el video, la voz de Pedro Carcuro plantea una diferencia que Sergio conoce de cerca: “En la cancha nunca verás a un jugador solo. En la vida, en cambio, hay personas que enfrentan sus partidos más difíciles sin que nadie las vea”.

Sergio pasó por Santiago, Rancagua y Temuco. Perdió trabajos, arrendó piezas, volvió a quedarse sin techo y atravesó períodos de consumo problemático de alcohol y otras drogas. Hoy continúa un tratamiento y ha retomado su oficio en la desabolladura y pintura de automóviles. Habla de sus errores sin eludirlos y también de las personas que han seguido creyendo en él.

LA AUSENCIA QUE TODAVÍA LE DUELE

Nació en Santiago. Tiene tres hermanas y recuerda una infancia en la que su madre debió sacar adelante a los hijos después de que su padre se fuera de la casa. “Ella tiró para arriba con todos nosotros. Fue buena madre”, dice. En su relato, la figura materna aparece una y otra vez: fue quien lo acompañó incluso en sus momentos más difíciles.

Sergio cuenta que comenzó a consumir drogas alrededor de los 22 años. Era una forma de escapar, aunque fuera por un rato. Después venía la culpa y todo se ponía peor. “Era un círculo vicioso: me drogaba, me angustiaba porque no tenía cómo conseguir más, salía a robar y terminaba en la cárcel. Así pasé siete años de mi vida, entrando y saliendo”.

Luego, la muerte de su madre agravó una situación que ya era compleja. “Ella era la única que creía en mí”.

—¿Todavía te afecta?

—Sí, siempre. Porque estuve con ella hasta el final, aunque no pude acompañarla en su velorio ni en su entierro.

—¿Por qué no fuiste?

—Porque no quería ver gente.

Había acompañado a su madre mientras estaba enferma y le dolía que, según su recuerdo, sus hermanas no hubieran estado tan presentes en ese período. Después del fallecimiento se alejó de ellas. Cree que su ausencia en la despedida dejó heridas que nunca conversaron. Desde entonces, dice, no las ha vuelto a ver.

—¿Las echas de menos?

—Sí. En la noche pienso en ellas y en todo. Pero ya estoy en este tren y tengo que llegar a destino, y llegar bien. Para que algún día podamos volver a estar juntos.

Esa misma reflexión tuvo Sergio con Marcelo Salas, ambos coinicidían en algo: todos necesitamos un equipo para salid adelante.

Esa misma reflexión tuvo Sergio con Marcelo Salas, ambos coinicidían en algo: todos necesitamos un equipo para salir adelante.

Durante años cambió de ciudad una y otra vez. A veces conseguía trabajo y podía pagar una pieza; otras, terminaba nuevamente en la calle. Estuvo en el norte, en la zona central y en el sur. En una de esas etapas, mientras se encontraba en Rancagua, sufrió una peritonitis que requirió una operación y hospitalización. Cuenta que pasó cuatro días intubado. No atribuye esa enfermedad a una causa específica: recuerda, sobre todo, que lo sorprendió cuando vivía en la calle.

Con el tiempo, caminar se había convertido en una manera de enfrentar lo que le ocurría. “De repente me dan ganas de salir, caminar, y camino”, relata. Al mirar ese período, reconoce lo difícil que era detenerse y permanecer en un lugar, incluso cuando lograba encontrar trabajo.

La calle también le dejó heridas físicas. Dice que sufrió agresiones, robos y que más de una vez terminó sin dinero, teléfono ni ropa. Son consecuencias que hoy tiene presentes cuando alguien lo invita a volver a consumir. “Estoy aburrido de las consecuencias”, afirma.

LOS QUE SIGUIERON AHÍ

En Temuco comenzó a recibir apoyo a través de la Casa de Acogida de la municipalidad. Allí conoció el Programa Calle del Ministerio de Desarrollo Social y Familia, ejecutado en convenio con el Hogar de Cristo, y posteriormente ingresó al Centro Terapéutico de la fundación. Según cuenta, desde entonces ha conseguido mantenerse alejado del alcohol y la pasta base y continúa trabajando en su recuperación.

—¿Qué significa hoy para ti el Hogar de Cristo?

—Harto, porque me han ayudado. Nunca me dieron la espalda. Siempre me dieron un plato de comida, un techo, una cama. En las ciudades donde he estado me han extendido la mano. Estoy agradecido.

A esa red de apoyo se suma Martita, una expareja a la que conoció en Puerto Montt. Ya no están juntos, aunque hablan todos los días por WhatsApp. Se saludan, conversan y se despiden por la noche. Sergio la llama su “amiguita” y no confunde ese cariño con la posibilidad de retomar la relación.

“Ella es mi pilar”, dice. “Todavía tiene fe en que yo puedo cambiar”.

Esa confianza tiene un peso especial para alguien que recuerda haber perdido tantos vínculos. También le ayuda a cuidar lo que ha conseguido. En el taller donde trabaja, por ejemplo, evita acercarse a situaciones en las que sabe que puede haber alcohol o drogas. No habla de una batalla ganada, sino de decisiones que debe repetir.

Sergio sabe que la recuperación no sucede de un día para otro, es una suma de desiciónes que transforman la vida.

Sergio sabe que la recuperación no sucede de un día para otro, es una suma de desiciónes que transforman la vida.

—¿Es una batalla todos los días?

— Claro, claro. Sé bien adónde lleva esa vida: a la cárcel, a la muerte o, como me pasó a mí, a caminar y caminar sin saber para dónde ir.

UN PLAN PARA QUEDARSE

Volver a trabajar ha sido importante. Se dedica a la desabolladura y pintura de autos, un oficio que conoce desde hace años.

—¿Cómo ha ido la peguita?

—Bien. No mucho, pero un goteadito.

El trabajo físico empieza a pasarle la cuenta y ya piensa en otra alternativa.

—¿Qué te gustaría emprender?

—Yo construía carritos de comida rápida, quizás por ahí podría seguir creciendo, no pierdo la fe.

Sergio todavía no ha recuperado el contacto con sus hermanas. Tampoco tiene instalado el negocio que proyecta. Habla de esos pendientes sin desconocer el camino recorrido y se aferra a una rutina muy particular para enfrentar cada jornada.

—¿Qué es lo último que piensas antes de dormir?

—Que me va a ir bien mañana. Me acuesto y me levanto así. Me miro al espejo y me río, porque tengo que mentirle a mi mente. Tengo que andar sonriente.

Después de una tarde compartiendo sus historias y conversando sobre los desafíos que les ha tocado enfrentar, Sergio y Marcelo Salas dejaron de ser dos desconocidos. Hoy los une algo más que ese encuentro: una amistad.

Después de una tarde compartiendo sus historias y conversando sobre los desafíos que les ha tocado enfrentar, Sergio y Marcelo Salas dejaron de ser dos desconocidos. Hoy los une algo más que ese encuentro: una amistad.

Cuando le preguntan si su madre estaría orgullosa de verlo luchar por su recuperación, se detiene en una respuesta breve: “Sí, yo creo que sí”. Y vuelve a esa frase que se repite cada mañana, antes de ir a trabajar: “Me va a ir bien, me va a ir bien, me va a ir bien”.