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Breve visita a la patria de los olvidados

Aunque hace un frío siberiano, el olor cálido y avinagrado de la miseria me llega a ramalazos cuando abren la puerta de una casa de la que queda sólo la fachada. Sale primero Camilo, luego Ramón y, al final y subiéndose los pantalones, Leo, envueltos en el aroma acre de la suciedad, el alcohol y la pobreza. Ramón es el dueño de esta vivienda de fachada continua, que tiene cartones en las ventanas, porque en un ataque de furia, “la Shakira”, una vagabunda que suele rondar al trío y a veces se acomoda con ellos, las emprendió a peñascazos contra los vidrios.

La casa es un remedo de casa. Tiene puerta, pero al abrirla la luz de la luna llena invade el interior, porque del techo no queda ni el recuerdo. Es casi lo mismo que estar afuera. Adentro, no hay muebles, tabiques, piso, nada.

Juan Carlos Reyes y Cristián Sepúlveda, voluntarios del Hogar de Cristo, que todas las noches de viernes integran un grupo que recorre los rincones más desprovistos de las comunas de San Miguel y San Joaquín para repartir comida, abrigo y compañía entre “los que viven en situación de calle”, incluyen en sus visitas a este trío de amigos que conviven bajo el mismo no-techo.

Esta noche de junio, la primera del invierno y la más larga del año, un grupo de hombres y mujeres, jóvenes y adultos, hemos sido invitados a conocer esta realidad oculta. Antes de partir, cargados de marraquetas con mortadela, porciones de pollo con arroz y té caliente, distribuidos en 5 grupos -uno liderado por el capellán del Hogar de Cristo, el sacerdote jesuita Pablo Walker, y a bordo de la famosa camioneta verde del padre Hurtado-, escuchamos algunas cifras. El año pasado 16 personas en situación de calle murieron en Chile por hipotermia, enfermedad, falta de atención; este 2016 van 25 muertos, incluido Rodrigo Rojas, un “cliente” de Juan Carlos y Cristián, nuestros guías.

RODRIGO, Q.E.P.D

“Rodrigo escogió la calle y decidió morir en ella. Era un hombre de 53 años, alto, fornido, de lentes. Se instalaba en la Gran Avenida, en uno de los bancos del bandejón central, frente a la Comisaría y a un paradero de micros, bajo un arbusto que algo lo protegía del sol y de la lluvia. A causa de una trombosis que tuvo en su pierna derecha, estaba impedido y se movilizaba en una silla de ruedas. En ella, a veces iba a lavarse a un supermercado cercano. Y dormía en el banco. Los vecinos lo apreciaban, algunos le dejaban comida y ropa. Era un gran conversador, culto, amante de la música y de los libros, tenía buena dicción y un buen timbre de voz. Aunque era reacio a contar detalles de su vida, decía que había sido locutor de radio y, al igual que yo, era fanático de los Beatles”, recuerda, emocionado, Juan Carlos.

Rodrigo murió un sábado de octubre de 2015. “Lo vimos dos veces la noche del viernes, al partir y al terminar la ruta. Estaba muy mal, con espasmos, pero no quería nada. Ni médico ni ir al hospital. Yo volví el sábado por la mañana y seguía igual, rodeado de moscas en medio de una fetidez terrible. Estuve con él un buen rato, pero ni siquiera hablar de Paul McCartney lo animó. Murió por la tarde. La jefa de nuestro grupo logró averiguar su nombre completo, su RUT, ubicó a su mujer, que no quería saber nada de él. Era esquizofrénico y había sido alcohólico. Su hija se había ahorcado, después de tener una guagüita. Era una tragedia familiar muy dura la que arrastraba Rodrigo, que fue un hombre valioso y querido. Tengo fotos de los escritos de despedida que aparecieron en su banco de la Gran Avenida después de su muerte. Ese homenaje espontáneo refleja su forma de ser y su valor como persona. A mí me golpeó mucho su muerte, nos habíamos hecho amigos”, dice Juan Carlos, quien lleva más de un año dedicando sus noches a esto. “Hoy en que todo se expresa en plata, necesito dar algo gratis, un poco de mi tiempo. Y he descubierto que más que la comida y el abrigo, lo que más valoran las personas como Rodrigo es la compañía, la aceptación, el respeto. Que uno los mire y los escuche”.

Juan Carlos, Cristián y Raúl, el chofer, tienen clarísimo lo que veremos en esta ruta. Los que no tenemos nada claro somos los que debutamos en esta actividad, que tiene como objetivo “visibilizar” a los más abandonados, descubrir cómo sobreviven, oírlos, ponernos en su lugar.

LA MAGALY

Según cifras oficiales, en Chile existen casi 12.500 personas en situación de calle. ¿Cómo son? ¿Cómo llegaron a ese nivel de precariedad y abandono? ¿Quién los echó de donde estaban o se excluyeron a conciencia, por decisión propia? ¿Cuál es su daño y el exceso que les ha tocado: alcohol, pasta base, esquizofrenia, todas las anteriores? ¿Tienen familia, compañía, algún perro que les ladre?  ¿De qué viven: del “macheteo”, la caridad, peguitas precarias? ¿Les gusta que los visiten los voluntarios del Hogar o rechazan la ayuda? ¿Son violentos, agresivos, huraños?

Todas esas preguntas, en especial la última, se amontonan en el furgón manejado por Raúl, quien sale todas las noches con distintos grupos de voluntarios. Una niebla rastrera, unta de humedad los vidrios del vehículo y apenas vemos para afuera. Salimos del Hogar de Cristo, de ahí del Santuario del Padre Hurtado, al costado de General Velásquez, y avanzamos por un Santiago gris, de luces mortecinas, hasta parar en una calle paralela a Santa Rosa y perpendicular a Carlos Valdovinos.

En esta esquina tiene su “ruco” la Magaly. Ahí se dedica “al macheteo”, a pedir plata a los automovilistas que se detienen con la luz roja. Presenta consumo problemático de drogas, como dice el Hogar de Cristo. Hace poco la pasó a llevar una micro y renguea, pero se mueve rápido cuando ve el furgón de la Fundación y acepta la comida y a la numerosa comitiva que acompaña a sus benefactores de siempre. Está lúcida. Debajo de una ropa sucia, un pelo desgreñado y una costra de hollín, hay una chica morena, de ojos vivos y unos veinte años a lo más. “¿Alguno de ustedes fuma?, dice, pidiendo un pucho, mientras se come el pollo con arroz. Lo enciende, al mismo tiempo que traga y responde preguntas. Lo que no cuenta por nada es qué edad tiene. Sí confiesa cuál es su signo: “Cáncer; nací un 9 de julio”. Todos decimos que vendremos con una torta el día de su cumpleaños. Ella nos mira de lado, sonriendo escéptica.

Tiene eso: una desconfianza pegada, tal como la mugre a sus uñas y la capa negra de hollín a su piel. “Si a mí me dijeran que me van a sacar de la calle para llevarme a un lugar bueno, me iría feliz. Pero una vez me dieron esperanzas y nunca llegaron a buscarme”, recrimina, en un reclamo que tiene un dejo de manipulación.

Los “se dice” en torno a la Magaly son muchos. Se dice que es mamá de dos hijos; se dice que no la atropelló nadie, sino que se cayó de una altura cuando estaba intentando robar en una industria cercana; se dice que comparte su ruco con un cincuentón que le ahuyentó a un pololo más joven. Ella no cuenta nada sustantivo. Saciada el hambre, pide dos raciones completas más para sus compañeros de calle y se va cojeando en medio de la noche oscura pese a la luna llena.

LUIS Y SU IGLÚ

Luis es apenas una mano.

Una mano amistosa y una voz masculina, que se asoman para saludar desde una especie de huevo gigante, montado sobre una carreta estacionada en la calle Cuevas, bien al sur. Algunos llaman a esta precaria habitación “el iglú de Luis”, aunque también parece la caparazón de una tortuga gigante hecha de polietileno, varada incomprensiblemente en un barrio cualquiera. Al lado hay un tarro de basura, una escobillón amarrado y a través del plástico se distinguen un montón de papeles escritos y amuñados. Cuando Luis asoma su mano para recibir el té y la comida, nuevamente el vaho fétido de la pobreza extrema nos golpea la cara. ¿La ventaja? Su mano está calientita, lo mismo que el interior pasado a orines.

Luis, al que “los tíos” le calculan unos 60 años, no se queja de frío, sino de los tres vagabundos jóvenes -dos hombres y una mujer- que duermen en una colchonetas sobre la vereda a cielo raso en plena esquina, unos metros más allá, y que le escamotearon el plástico celeste que cubría su iglú.

Ellos no se dan por aludidos del robo; están borrachos y tampoco piden nada. Aceptan el té caliente, pero no las acusaciones de Luis, que es un regalón de nuestros guías y también de los vecinos de esta cuadra, que son solidarios con su pobreza. “No así los empleados municipales. Más de una vez, cuando Luis deja su iglú cerrado para ir a hacer un ‘pololito’ o conseguir que le presten un baño, pasan y se llevan todo. Queda la carreta pelada y él debe empezar a armar todo de nuevo”, nos comenta Cristián.

BERNARDO Y HELIO

Hasta enero pasado, Bernando, recolector de latas de bebidas, y Helio, “el argentino”, acomodador de autos, arrendaban sendas piezas en una casa de la calle Portugal. Pagaban 45 mil pesos cada uno al mes, pero la dueña decidió poner la propiedad en venta, tal cual reza el letrero que instaló en el techo, y ellos no han podido encontrar nada equivalente por menos de 100 mil. Por eso desde hace meses cada noche duermen en la vereda frente a la casa que sigue en venta.

Ahí los encontramos acostados, debajo de unos nylon, rodeados de quiltros amistosos. “El argentino”, con su vitalidad alcohólica, no para de hablar. “Me vuelve loco; no se calla ni a palos”, dice Bernardo. “Él y sus perros, que aunque no me gustan, me quieren más a mí que a él”, confidencia, piropeando a sus visitantes femeninas. Es un hombre joven, simpático, ocurrente. Está sobrio y entretenido con la compañía. Sin levantarse de la colchoneta, se toma el té y guarda la comida. Habla bien, la calle no ha corrompido su lenguaje. De sus razones para malvivir así, nada dice. Tampoco de su amistad con “El Argentino”, pero parece genuinamente agradecido cuanto todos nos despedimos con un apretón de manos.

MANUEL, PESO PESADO

En la calle Carmen, a metros de la llamada Costanera de los Pobres, hay una casa a oscuras. Hace meses que no tiene sumistro de agua ni de electricidad. La maleza crece salvaje en el antejardín y en el interior un hombre joven y muy alto recibe a “los tíos”, que esta vez prefirieron bajarse con un grupo reducido y masculino. No saben bien cuánta gente puede haber adentro y en qué condiciones.

Mientras, Raúl nos comenta que se han vuelto comunes en Santiago estas casas semiabandonadas habitadas por adictos y vagabundos. “A la entrada de La Legua hay una. Los carabineros la desalojan una y otra vez, pero al día siguiente vuelve a estar ocupada. A mí me da la impresión que este año ha aumentado la gente que vive en la calle, que estos lugares están más llenos cada vez. Da rabia lo poco que se avanza en resolver la situación de las personas en situación de calle, y eso que siempre en tiempo de campaña es una promesa de las autoridades”.

Volvemos a ponernos en marcha. La provisión de comida ha bajado ostensiblemente. Antes estuvimos con una familia de adultos -los padres, el hijo, la nuera y otra abuela, flaca y ronca-, que dio cuenta casi de la mitad de los suministros. Era un grupo peculiar, que bajo una malla raschel tiene una suerte de carpa de camping mimetizada contra un muro lleno de grafitis en un sitio eriazo en Santa Rosa con Salesianos. Viven de oficios menores, de rapiñar, de hacerse amigos de lo ajeno en la medida de lo posible, para que nadie piense que delinquen en serio.

Ahora nos detenemos en una especie de plaza escuálida por donde cruzan una antiguas vías férreas y hay un container en un costado. Es la improvisada casa de Manuel, un ex boxeador. Macizo y alto (“Fue peso pesado), acepta con alegría el té caliente, la marraqueta con mortaleda y los cariños que le hacemos a una gata gorda que podría ser de su propiedad, aunque aquí nada tiene papeles. Él y Jimmy, su vecino, que vive bajo unas fonolas apoyadas en un árbol raquítico, se han entretenido con un operativo policial que no los ha dejado dormir. A metros de donde estamos, una patrulla de Carabineros con la baliza ululando revisa una camioneta abandonada con una caja fuerte dentro. Al parecer, los ladrones no lograron abrirla. “Nosotros tampoco”, bromean.

El ex boxeador viste un grueso abrigo de paño que le trajeron hace semanas “los tíos” del Hogar y que ahora les vuelve a agradecer. Juan Carlos nos confidencia que hace dos semanas murió la mujer de Manuel víctima de una cirrosis alcohólica y que desde entonces él tiene sus días buenos y sus días malos.

Esta noche no parece derrotado.

LOS VIEJOS VINAGRE

Son pasadas las 23 horas, cuando se termina la ruta y la comida en el sitio que describimos al empezar esta crónica: la casa en vías de extinción de la calle Carmen, donde viven Camilo, Leo y Ramón. Pese a su estado, cuentan que la derruida propiedad de Ramón ha sido causa de unas tortuosas peleas familiares, aunque me cuesta imaginar a Ramón peleando por algo. Es moreno, menudo, desvalido y sólo ve por un ojo, ya que el otro lo tiene apagado, muerto, ciego desde hace años. Es el más entumido y humilde de los tres. Repite como una letanía “puchas, que hace frío. Nosotros ya estábamos acostados cuando ustedes llegaron. Es que está muy helado. Puchas, que hace frío”. Y abraza la frazada de polar color celeste que le entregaron “los tíos”, a los que a veces este trío también llama “los padrecitos”, convencidos de que son curas.

Camilo come su marraqueta, con displicencia. Cuesta calcular qué edad tiene, pero se ve más joven y mejor que sus dos compañeros, que deben andar por los 60. Si uno se lo topara de día en la calle, jamás pensaría que duerme en esta precariedad. Que es allegado de una casa sin techo. Homeles y roofless, doble vulnerabilidad.

Camilo mira burlón el espectáculo que nuestro guía Juan Carlos celebra como inédito: Leo, el más alcohólico de los tres amigos, el que lleva en su cara las huellas que ha dejado el consumo consuetudinario del vino bigoteado más barato, el que siempre está durmiendo la mona cuando ellos pasan a dejarles comida, ahora no sólo conversa, sino que se ha puesto a cantar.

Canta a voz en cuello una canción que él mismo precisa es de Luca Prodan: “Estoy rodeado de viejos vinagres, ¡todo alrededor! /estoy rodeado de viejos vinagres, ¡todo alrededor! / ¡Juventud, divino, tesoro! /¡juventud, divino, tesoro!”.

Todos aplaudimos. Leo está feliz. Nosotros también.

Juan Carlos insiste: “Nunca lo había oído cantar. Qué bien”.

Y mejor aún, porque para despedirse las emprende con “esto no puede ser más que una canción,/ quisiera fuera una declaración de amor”. Es “Yolanda”, la famosa canción de Pablo Milanés, que quizás qué recuerdos le trae. Al terminar, lanza besos, como veía hacer a los artistas antes de que les cortaran la luz y alguien se llevara la tele que tenían. Luego se da vuelta y junto a Camilo y Ramón, como en procesión, vuelve a entrar a la incoherencia de su casa sin techo, de regreso a la patria del olvido.

Por Ximena Torres Cautivo

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