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Mi reencuentro con “el viejo del saco”

Hace como 30 años, pasé la noche en la Hospedería del Hogar de Cristo. Entonces era una periodista que estaba recién partiendo y me apasionaba el periodismo de inmersión o participativo, una herramienta del llamado Nuevo Periodismo, desarrollado por escritores gringos como Tom Wolfe y Truman Capote. En esa época pensaba que era muy distinto llegar con “carnet” de reportera, hacer entrevistas, quedarse un rato y escribir sobre lo visto en un momento en un determinado lugar, a instalarse sin límites de tiempo y como una más en los distintos escenarios. Viviendo, siendo parte de la situación lo más que se pudiera.

Todavía sigo creyendo lo mismo, pero los tiempos han cambiado. Hoy se reportea sentado frente al computador, se hacen entrevistas virtuales, se “cucharea” en la web para recopilar datos. Conceptos económicos, como el valor de la hora/hombre, dominan las redacciones y hacen casi imposible que un medio destine a un periodista a vivir una semana con los más pobres, por ejemplo. Por eso las crónicas sobre la pobreza dan cifras, hablan de porcentajes, citan a especialistas y, a lo más, le conceden el párrafo inicial a “la señora María” o a “don Juan”, en un tono paternalista, lastimosamente cariñoso, pero sin entender mucho cómo es la vida cotidiana de María y de Juan.

Los desamparados, los “vulnerables”, como se les llama hoy, aparecen para las tragedias naturales -terremotos, temporales, crecidas de ríos, maremotos, erupciones volcánicas-, en eternas notas televisivas con pianos de fondo, donde piden “frezadas” y solicitan con tono plañidero que aparezca la autoridad. Ahí los pobres sirven, porque “el mono” de la tragedia dispara el rating. Pasada la emergencia, a otra cosa, mariposa, pero los pobres siguen viviendo, poniéndole el pecho a sus circunstancias, arreglándoselas solos, malviviendo al margen.

La miseria del día a día no “pincha” en la web, no marca en la tele, no da para titular en los diarios. ¿A quién le importa que 100 mil niños en situación de calle no vayan a la escuela, cuando hay movilizaciones y tomas y dirigentes incendiarios, clamando por educación universitaria y gratuita para todos, copando los noticieros?

Esa noche que paseé en la Hospedería del Hogar de Cristo hace  casi 30 años aún me sirve como llamado de atención para no “impermeabilizarme” frente a la pobreza. Por el periodismo que  me ha tocado hacer,  he estado más cerca del bienestar desproporcionado que de la miseria insoportable, por eso cuando veo a un vagabundo en la calle, sobre todo a un anciano, me acuerdo de lo que esa noche significó. Esa noche le puse cara al “viejo del saco”, figura con que nos metían miedo cuando era niña. Los vagabundos eran el cuco: “Si no te comes la comida, va a venir el viejo del saco”. Qué mala estrategia pedagógica, pero esa noche me reconcilié con el viejo del saco; me contó historias, me hizo reír, emocionarme, aprender cómo mejora un caldo con una cucharada de ají en pasta y cómo aguantan las suelas de los zapatos reforzadas por dentro con papel de diario.

Hasta hoy le agradezco al entonces capellán del Hogar de Cristo, el sacerdote jesuita Renato Poblete que me invitara a conocer la hospedería y a pasar allí la noche. Él estuvo conmigo y con los hombres que llegaron en busca de albergue. Y tuvimos todos una auténtica comunión humana.

Al padre Poblete le encantó la idea de “la reconciliación con el viejo del saco”, que utilicé después en el reportaje. Dijo que era eso lo que se pretendía: ver al pobre como una persona. No estigmatizarlo. No demonizarlo. No compadecerlo. No temerle a su aspecto. No despreciarlo. Reconocerlo como un ser humano, un hombre o una mujer, igual a uno.

Hace unos meses, sentí que necesitaba algo parecido a la experiencia de esa noche. Volví al Hogar de Cristo. No a la hospedería, sino a la ruta de calle. En la noche más larga del año, la que da inicio al invierno, me invitaron a sumarme a uno de los grupos de voluntarios que atienden con comida caliente, abrigo y sobre todo conversación y afecto a los más desamparados. A los que no sólo no tienen techo, sino que les falta incluso la voluntad de buscarlo en una hospedería o en un albergue. Son los más marginados, los más solos, los que literalmente mueren a la intemperie en estos días de frío polar (este año ya van 25 muertos en todo el país).

Pese a lo helado de las noches, los invito calurosamente a sumarse a la experiencia. No cuesta nada comprometerse con una noche por semana o con una cada dos. Es mejor que cualquier lectura, que cualquier película, que cualquier panorama. Es una inmersión en una realidad que nos cuesta ver o vemos distorsionada para las catástrofes. Aunque se entuman por fuera, les garantizo que se les entibiará el corazón.

Por Ximena Torres Cautivo

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