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Michelle Víquez del SJM:

“Lo mejor de Chile: el metro y las chorrillanas; lo peor, la desigualdad”

Es costarricense, tiene 35 años y una naturalidad y franqueza que encantan. Desde marzo de 2020, esta joven psicóloga de religión evangélica está a cargo del Servicio Jesuita a Migrantes, donde uno de sus empeños es que la migración deje de entenderse como un tema de fronteras y se focalice en la integración de las personas a los territorios.

Por Ximena Torres Cautivo

Felices, habríamos ido hoy a la clase de ceviches en el flamante Centro Comunitario que el Servicio Jesuita al Migrante (SJM) inauguró recién en Estación Central, a la que nos invita la psicóloga costarricense Michelle Víquez (35): “Quedó hermoso; es un espacio de refugio para la comunidad y un lugar muy importante para mí. Uno de los participantes de los talleres de emprendimiento nos enseñará a preparar ese plato típico peruano, pero ese es un pretexto para conocerse, para que las vecinas se integren, para construir. Pero ya vendrá una nueva actividad a la que puedas asistir; estamos llenos de ideas”.

Directora social desde marzo del SJM, esta joven oriunda de Cot, un pueblo rural de la provincia de Cartago, vecina a San José de Costa Rica, capital de su país, menciona ese Centro Comunitario de Estación Central como un símbolo de lo que busca lograr durante su gestión. “En el SJM tratamos de que el equipo se vuelque a los territorios, que desarrolle una acción coordinada con las organizaciones locales, que en allí se produzca la convivencia intercultural. Nuestro empeño está puesto en cómo cambiamos la mirada sobre la migración, pasándola de las fronteras a los territorios. Hoy en Chile existe un millón y medio de personas migrantes en el país, integrados al trabajo, a la educación, a todos los ámbitos del país. Y somos personas iguales a los chilenos, con los mismos derechos. Nadie pierde sus derechos por cruzar una frontera, y eso toda la población debe entenderlo”.

Michelle llegó a Chile en 2017. “Por amor”, cuenta con naturalidad, atributo que es su sello. También dice que la relación con el chileno que surgió en TECHO Costa Rica, no prosperó en Santiago, pero que el vínculo con el país, con el SJM y con las redes que ha tejido acá son fuertes, tanto como para no ceder ante los llamados de su madre. Ella pensaba traer a sus padres este 2020. No era fácil. “Ellos ni siquiera tienen pasaporte”, dice, pero como a todos se le cruzó la pandemia y quizás cuándo pueda cumplir ese plan.

Empleado para todo servicio en una finca, su padre, y dueña de casa, su madre, explica viene de una familia muy extensa, su madre tiene 13 hermanos, con una historia de lucha pero también de violencia y pobreza; una vida muy dura. “Cuando yo tenía 5 años, mi mamá se acercó a la Iglesia. Ella necesitaba fuerza para enfrentar una crisis familiar muy dura, los problemas de alcoholismo de mi padre. Mi hermano y yo pasábamos ahí con ella. A los 10 años, yo pedí bautizarme. Decidí que quería ser cristiana”.

Hoy sus padres viven juntos, bien. “Fueron arreglando las cosas. Yo conozco dos versiones de mi padre. Y lo admiro por su valentía; lleva 20 años sin probar una gota de alcohol”. Michelle tiene sólo un hermano y ni él ni ella tienen intenciones de convertir a sus padres en abuelos. “Creo que a lo más tendrán que conformarse con un gato”, bromea.

-Me llama la atención que siendo el Servicio Jesuita al Migrante una institución jesuita, católica, su directora sea evangélica. ¿Cómo es eso?

-Yo, honestamente, no soy católica, soy evangélica. Y en SMJ es lo más normal, natural. Yo siempre participé en diferentes actividades de voluntariado en diversos espacios eclesiales, desde niña. Hay ahí un valor importante que trasciende las religiones, la solidaridad, el ayudar al otro, el amor.

-¿Cómo nace en ti esa vocación?

-La he tenido siempre. Toda la vida me ha importado hacer algo que mejore las condiciones en que viven los grupos más desfavorecidos de la sociedad. Una vez que terminé de estudiar psicología, vino el trabajo formal, sobre todo en organizaciones que tenían que ver con empoderamiento femenino, con temas de desarme, desmilitarización y prevención de la violencia. Estuve en la Fundación Arias, fundada por el Premio Nobel de la Paz y ex presidente de Costa Rica, Óscar Arias. Ahí me tocó visitar Chile, fue mi primera vez acá, ya que estábamos trabajando con varios países del cono sur la aprobación del Tratado sobre el comercio de armas en Naciones Unidas, antes de este tratado no había nada en el mundo que regulara esta actividad. Después entré a TECHO Costa Rica. Ahí me di cuenta de cómo uno tiene normalizados ciertos paisajes, como los asentamientos informales, la pobreza extrema. No los ves, aunque convives a diario con ellos. En TECHO ratifiqué todo sobre mi vocación, sobre mi interés en incidir en materias de pobreza y desigualdad. Fue una experiencia increíble. Me tocó estar a cargo del equipo como directora general. Aprendí mucho, fue como un magíster en gestión de crisis. Agradezco muchísimo esa experiencia.

Ahí se enamoró, renunció y decidió migrar a Chile, donde cursó un magíster en análisis sistémico aplicado a la sociedad en la Universidad de Chile. Así, instalada en Chile, empezó a visibilizar otro paisaje: el de los migrantes.

-En Costa Rica conocía el trabajo del SJM, que también está en mi país. Allá, la mayoría de los migrantes son de Nicaragua. Yo tuve el privilegio de haber migrado planificadamente, con ahorros, con un contacto, mi pareja chilena y su familia, que me ayudaron muchísimo, con un plan de estudio. Pero, igual, no fue fácil. Me encontré con “la tramitología” que enfrentan los migrantes, fenómeno que desconocía. Con todas las ventajas ya descritas, igual me tardé 8 meses en conseguir la visa.

“ADMIRO LA VALENTÍA DE LOS CHILENOS”

Lo que más la golpeó, dice, fue llegar a una ciudad –Santiago– que tiene más población que toda Costa Rica, su país, lo que la vuelve, sin duda, menos humana. “Yo venía de un entorno rural, de un pueblo de 12 mil habitantes, donde gente que no te conoce te saluda en la mañana. Que se detiene para ayudarte si lo necesitas. Hay una cordialidad ambiente muy rica; acá la gente es desconfiada, más individual, apurada. Si tú tienes un gesto distinto, un saludo, una manifestación de preocupación en la calle por otro, te miran raro, como si no estuvieran acostumbrados. Bueno, en las grandes ciudades pasa eso, cambian las dinámicas de cercanía e interacción humana.

Confiesa que se ha perdido más de una vez, que ha tomado micros en la dirección exactamente contraria a donde iba, que le cuesta orientarse porque las referencias geográficas son muy distintas, aunque reconoce que todo está muy bien señalizado, y todo es muy grande y se confunde. Ha llegado tarde, muy tarde, incluso, a su primera clase de magíster en la universidad, por ejemplo. Pero le gusta andar en Metro y descubrir la ciudad.

A través de Pegas con Sentido, postuló al SJM y fue seleccionada. Entró en 2018 y en marzo de 2020 se convirtió en su directora social. “Aunque conocía a la fundación en mi país, al entrar al SJM inicias todo un aprendizaje de un enfoque intercultural, que transforma tu mirada. Uno definitivamente ve la realidad desde donde está parado y eso implica muchos sesgos inconscientes que son discriminatorios. Empiezas a escuchar de otra manera lo que antes te parecía normal. Vives un proceso de deconstrucción de tu mirada, cuestionando lo que te hace excluir, discriminar. Yo, además, como migrante, descubrí de manera directa y personal las dificultades burocráticas. El sentir que eres “de otra categoría”, que debes adaptarte al país para poder vivir en él. En Chile, hay fuertes estructuras que excluyen a la población migrante, sobre todo a la de un color distinto de piel o aquella que es pobre.

-¿Cómo veías Chile desde tu país, antes de instalarte acá?

-Chile tiene muy buena fama a nivel regional, siempre ha sido un referente de prosperidad y desarrollo. La infraestructura y la conectividad son reales, impresionantes. Aunque acá la gente sea crítica, el metro de Santiago es un lujo para alguien como yo, que conoce un sistema de transporte público mucho más precario. El sistema de transporte urbano me parece muy bueno, por eso resulta tan sorprendente la precariedad del acceso a otros temas básicos, como la educación y la salud. A mí lo que más me sorprendió al poco tiempo de llegar son los enormes niveles de desigualdad. Comparativamente, en algunos aspectos Costa Rica está mucho mejro. Yo ya te conté mi realidad familiar, soy hija de una familia modesta, de padres que sólo completaron su educación primaria, pero, sin deuda y sin ningún sacrificio económico, tengo un título de psicóloga de la Universidad de Costa Rica; soy hija de la educación pública costarricense y debo mucho de mi conciencia y responsabilidad social a ella. También tengo dos operaciones médicas en mi historia clínica, costeadas con el seguro de la Caja Costarricense del Seguro Social que pagaba mi padre con su sueldo mínimo de empleado en una finca. Fui atendida por los mejores especialistas y no tuvimos que pagar ni un peso. Acá prevalece el lucro en servicios que no deben obedecer a esas lógicas y eso genera una desoladora sensación de frustración y abuso. A mí todo eso me ha hecho valorar muchas cosas de mi país y admirar muchísimo al pueblo chileno que explotó el 18 de octubre de 2019. Son de una valentía impresionante y están consiguiendo cambios. El proceso constituyente y la redacción de una nueva Constitución son logros de ese pueblo que no pudo más y exige cambios. Y el reclamo social es por una vida digna para todos y todas. Es eso, nada más, ni más ni menos que eso.

-¿Algo que rescates, además del metro?

-La chorrillana, es un invento superior. Yo sería catadora profesional de chorrillanas –dice, riéndose. Y se vuelve a poner seria cuando insiste en dos ideas: su admiración por el pueblo chileno que protagonizó el estallido social de octubre de 2019, y la necesidad de poner el acento en los migrantes integrados a los territorios y no, como suele mostrarlos la prensa, cruzando, legal o ilegalmente los pasos fronterizos.

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