Daniel Fernández tiene 44 años. Llegó al Hogar de Cristo en enero de 2020. Lidera los canales remotos de la fundación en la región, el call center, el sistema de atención a socios y los procesos de auditoría que permiten sostener el trabajo en terreno. Pero estos días no ha estado frente a un computador. Ha estado en los cerros.
Antes de esta emergencia, Daniel ya había estado en terreno en el marco de la respuesta del Hogar de Cristo a los devastadores incendios forestales que afectaron a gran parte del centro sur de Chile en 2023. Entonces miles de hectáreas quedaron arrasadas y más de mil viviendas fueron destruidas en las regiones de Ñuble, Biobío y La Araucanía.
—La gran diferencia con el incendio de 2023 es que este afectó una zona mucho más urbana —dice—. Comunidades completas. En 2023 muchos siniestros se dieron en zonas rurales o forestales, pero ahora lo que se quemó fueron los barrios, poblaciones, casas, las vidas de la gente.

Daniel Fernández, bien brandeado con los colores del Hogar de Cristo, recorre Penco-Lirquén.
Apenas comenzó la emergencia, Daniel volvió a subirse a su camioneta y salió a recorrer los cerros. Lo hizo como profesional del Hogar de Cristo y como bombero senior, con la mirada entrenada para leer el territorio después del fuego.
Fue parte de los primeros equipos de la fundación que entraron a Villa Italia, Punta de Parra y Lirquén. Pasajes donde antes había casas y hoy solo quedan fierros doblados, planchas negras y patios convertidos en polvo. Calles donde los vecinos caminan con palas al hombro y baldes en la mano.
—Ver sectores que tú conoces de toda la vida y darte cuenta de que ya no existen es impresionante —dice—. Lirquén, Punta de Parra… comunidades que llevan décadas acá. Hoy ya no están.
Daniel se detiene frente a un pasaje donde apenas se distinguen los cimientos.
—Eso es lo más fuerte. Ver que desapareció una ciudad.
En uno de los sitios, un muchacho entra caminando entre las cenizas. El terreno no tiene muros ni rejas. El dueño del lugar, desde la vereda, le grita en broma:
—Oye, cierra la puerta, por favor.
Todos se ríen.
Otro vecino agrega:
—Límpiate los pies.
Daniel observa la escena.
—Eso te muestra la resiliencia de la gente. Están destruidos, pero siguen tirando la talla. Es una forma de resistir.

Daniel Fernández admira la resiliencia de los pencones (ese es el gentilicio de los habitantes de Penco). Muchos adultos mayores que perdieron sus casas y aún son capaces de sonreír.
Como bombero, en 1998 le tocó enfrentar los grandes incendios forestales que rodearon Concepción. Ha estado en rescates, evacuaciones, zonas acordonadas. Pero lo que ve ahora es distinto.
—Nunca había visto una afectación urbana de esta magnitud. La cantidad de viviendas y de personas afectadas es algo que yo no había visto nunca.
Por su vocación de servicio, lo primero que aparece es el impulso de ayudar, de proteger, de salvar vidas. Como profesional del Hogar de Cristo, la preocupación se mueve rápido hacia lo que viene después. Explica.
—El incendio pasa, pero la reconstrucción es larga. Lo que no puede pasar es que en una o dos semanas más esto desaparezca de la memoria del país. Soy papá. Tengo dos hijos, de 12 y 6 años. Ver a otros niños caminando entre los escombros, buscando juguetes, buscando sus recuerdos sin encontrar nada… duele. Duele mucho.
Cuando volvió a su casa, en la noche, habló largo con su señora. Su familia es de Tomé y muchos de los lugares quemados eran parte de su historia.
—Esto te hace replantearte todo. Las quejas del día a día. Los problemas chicos. Te das cuenta de que hay gente que lo está pasando realmente mal.
Desde la zona cero, el Hogar de Cristo activó su campaña humanitaria #JuntosEnAcción. Y este jueves llegó el primer camión a Villa Italia con agua, herramientas y kits de remoción de escombros: palas, carretillas, guantes y mascarillas.
El camión avanza lento por las calles angostas. Los vecinos se acercan. Preguntan. Miran. Algunos ayudan a descargar.
Daniel estuvo ahí.
—La gente necesita saber que no está sola —dice—. Que vamos a estar acá. Que vamos a acompañar este proceso. Esto no se levanta en un mes. Esto va a tomar años. Y aquí es donde no podemos fallar.
En Penco y Lirquén, la reconstrucción recién comienza. Y mientras los vecinos barren su propio desastre con las manos, la ayuda empieza a instalarse en el territorio.
—Aquí no se quemaron casas —dice Daniel—. Aquí se quemó la vida de la gente.
Ahora toca ayudar a levantarla de nuevo.