Jaime tiene 71 años, cinco meses y cinco días. Pasó una parte importante de su vida sumido en el consumo de alcohol, y en ese oscuro tránsito perdió todo vínculo con su familia. Ninguno de sus cinco hijos volvió a interesarse por su suerte, pese a que desde hace 12 años vive en total abstinencia. Su relación con el Hogar de Cristo comenzó hace tres años. Desde entonces es una de las 60 personas mayores que reciben atención domiciliaria en Tomé-Lirquén, región del Biobío. Vive solo. O vivía, más bien, acompañado únicamente por la precariedad.
En diciembre de 2025, una empresa privada local, a través de la plataforma de ayuda Match Solidario, conoció las condiciones de su mediagua y decidió donar materiales de construcción para mejorarla por dentro. Voluntarios y trabajadores del servicio de atención domiciliaria participaron en las obras, que cambiaron sustantivamente su calidad de vida: forraron los muros, pintaron, instalaron revestimientos y le compraron un mobiliario sencillo pero digno.

Este era el interior de la mediagua en que vivía Jaime en Lirquén antes de que el incendio la quemara entera. Así la habían pintado trabajadores y voluntarios del Hogar de Cristo, de cuyo servicio para adultos mayores Jaime es parte.
En paralelo, Víctor Jerez, jefe del dispositivo de atención, intentó que Jaime retomara vínculos con sus hijos. No tuvo éxito. Ninguno de los cinco respondió de manera positiva al llamado.
La noche del sábado 19 de enero pasado, la mediagua rehabilitada gracias a Match Solidario fue una de las 20 viviendas de personas mayores vinculadas al Hogar de Cristo que quedaron reducidas a cenizas en los incendios que afectaron la zona ese aciago fin de semana.
—Todas las mejoras que hicimos desaparecieron a causa del incendio. Se le quemó todo. Pero en este caso se dio una contradicción virtuosa: a partir de un gran mal, se produjo un gran bien —relata, todavía emocionado, el trabajador social Víctor Jerez.

En la puerta de la casa que le levantaron su hijo y sus nietos. Y que vistieron por dentro voluntarios y trabajadores del Hogar de Cristo.
Uno de los hijos de Jaime vio en televisión la magnitud de los incendios. Algo se removió. Se movilizó junto a sus propios hijos —los nietos de ese abuelo al que no conocían— y todos sintieron que había llegado el momento de ayudar.
—Yo me crucé con ellos y no lo podía creer. Ellos viven en un sector rural de la región, no se vieron afectados por los incendios, pero vinieron a ayudar a Jaime. Se movieron rápido y le levantaron dos piezas, con sus propios recursos y su propia mano de obra. Trabajaron todos juntos con él para resolver su emergencia —explica Víctor.
El padre Hurtado hablaba de un fuego que enciende otros fuegos. Aquí, las pavorosas llamas del incendio inflamaron el corazón desesperanzado de un hijo al que le nació apoyar a su padre. En suma, reconciliarse.
No recurrieron a Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres ni a TECHO-Chile. Tampoco optaron por el Bolsillo Electrónico para Materiales de Construcción, otra ayuda posible. Como muchas otras familias, decidieron resolver su problema habitacional de emergencia por sí mismos. Quizás para anticiparse a demoras y trámites, a la cercanía de las lluvias y al invierno.

Víctor Jerez en diciembre junto a Jaime, atrás de camisa a cuadros. Todas las reparaciones de su mediagua quedaron reducidas a cenizas. Pero lo malo de los incendios trajo algo muy bueno.
Es una realidad nueva con la que se ha encontrado el Hogar de Cristo tras los recientes incendios en Biobío y Maule. Familias que, aun en medio de la devastación, prefieren actuar rápido y con sus propios medios.
—Sin duda, en este caso nos enfrentamos a una persona que hoy está mejor que antes de la emergencia, tanto en materia de vivienda como en la recuperación de los lazos con uno de sus hijos. La revinculación familiar es clave en el caso de las personas mayores. Eso es, sin duda, lo más lindo de este caso—afirma Víctor.
A la mejora tangible de su situación se suma que su nueva casa fue una de las primeras donde el Hogar de Cristo instaló el kit de habitabilidad, eje de su campaña de emergencia.
Con un costo de un millón 200 mil pesos, este kit “viste” por dentro una vivienda de 24 metros cuadrados. Incluye una cama de plaza y media, un camarote, un comedor, una cocina de cuatro platos con balón de gas, batería de cocina, vajilla, vasos, hervidor y ropa de cama. Objetos particularmente valiosos cuando se busca retomar la normalidad de la vida cotidiana.
“No son simples cosas, son el punto de partida para recuperar la idea del hogar”, ha dicho en diversas entrevistas el capellán general del Hogar de Cristo, José Francisco Yuraszeck.
En el caso de adultos mayores solos, como era Jaime antes del incendio, tanta abundancia puede parecer un exceso: varios platos, cuchillería completa, más de un vaso.
Luis Cifuentes, otro beneficiario del sistema de apoyo domiciliario para personas mayores, contaba que él tenía solo un plato y una cuchara. Hoy también tiene cuenta con todos los enseres que incluye el kit de habitabilidad, lo que da cuenta de la pobreza severa en que vivían muchas de las personas mayores damnificadas por los incendios.
Jaime resume así lo que ha pasado en poco más de un mes,. Desde que su casa desapareció en el fuego:
-Después de muchos años distanciados, mi hijo vio por televisión la tragedia de Lirquén. Él sabía que yo vivía acá. Al segundo día de mirar las noticias, pensó lo peor y vino a buscarme. Gracias a Dios, me encontró. Me llevó a su casa y me ofreció que viviera con él y su familia. Yo no acepté. No puedo dejar mi pueblo de siempre, me gusta la libertad y estoy acostumbrado a estar solo.
Dice que su hijo, su nuera y sus nietos decidieron “reconstruirme mi hogar”.
-Juntos, todos, clavo a clavo, tabla a tabla, paramos mi casita. Así conseguimos lo que pueden ver ahora, y que el Hogar de Cristo completó por dentro. Esto demuestra que una mano lava a la otra y las dos lavan la cara -sentencia Jaime.
Entre pérdidas irreparables y casas convertidas en cenizas, la historia de Jaime muestra que no todo quedó reducido a humo. A veces, cuando el fuego arrasa con lo material, deja espacio para reconstruir lo más difícil: los vínculos.