No volaba ni una mosca en el Club de Lectores de El Mercurio, en Vitacura. Christopher White, el mediático alcalde de San Bernardo —el que, en su afán de erradicar ocupaciones en espacios públicos, fue agredido recientemente junto a otros 18 trabajadores municipales; el que ha recibido cuatro amenazas de muerte— hacía gala de su capacidad de expresión.
Con 41 años, un pasado como parte de la generación pingüina y filiación socialista, fue presentado como “el alcalde que rompió sus prejuicios para luchar por la seguridad”. Lo escuchaban empresarios, miembros de fundaciones sociales, parlamentarios y periodistas.
Una figura que incomoda a la izquierda a la que pertenece, por insistir en que los militares intervengan para controlar la inseguridad y proteger la infraestructura crítica del país.
—¿Te quieren en tu partido? —le decimos al pasar.
—No tanto —responde.
Ahí aprovechamos de convocarlo a Hora de Conversar, programa que Hogar de Cristo hace en alianza con El Mostrador. La fundación tiene una larga historia en San Bernardo, una comuna de más de 350 mil habitantes, donde más de 60 mil son adultos mayores, muchos de ellos en situación de pobreza. También ha desarrollado servicios de apoyo social para personas en situación de calle, personas a las que hoy el alcalde quiere erradicar a como dé lugar. Eso implica desmantelar sus rucos, arrebatarles sus escasas pertenencias y hacer que se desplacen de un rincón a otro de la comuna.

El alcalde de San Bernardo Christopher White en Hora de Conversar.
—Alcalde, ¿cuál es el sentido de estos operativos? ¿Sirven para algo?
—Lo primero es dejar claro que cuando hay cosas que se normalizan, eso cambia la calidad de vida de las personas. Que hoy los vecinos sean testigos de cómo una persona en situación de calle es “fachada” para lugares donde se está vendiendo y consumiendo droga, donde se hacen fiestas clandestinas y se apoderan de las plazas, es algo que cambia la calidad de vida de los vecinos.
Menudo, moreno, de ojos expresivos y discurso intenso, el alcalde no hace distinciones. Considera que un 90% de quienes viven en la calle lo hacen por gusto. Tampoco se “ablanda” cuando le retrucamos que el 90% de esa población con seguridad tiene graves problemas de salud mental.
—El Estado de Chile ha fracasado en esto: políticas de salud mental para los pobres. El fracaso está a la vista y lo único que queda es ir tomando decisiones. Eso es lo que estamos haciendo en San Bernardo.
—¿Existe en la comuna alguna entidad que trate problemas de adicción y trastornos mentales?
—Lo que ofrecen los COSAM (Centros Comunitarios de Salud Mental), pero ellos no absorben a quienes están en adicción desatada. Ahí la solución son internaciones forzosas, que implican ocupar camas públicas en los hospitales. Es decir, son los mismos recursos que tienen un propósito definido para hacerse cargo de esta problemática. ¿Qué quiero decir con esto? Que debemos hacer algo, no desentendernos de una situación que daña a la mayoría de la población.

Participantes de una casa compartida de Fundación Hogar de Cristo en San Bernardo. AGENCIA BLACKOUT
El alcalde ha acuñado el concepto “situación de calle recreativa”. Y lo define así: “Son personas que se van de juerga por un par de días y cometen toda clase de incivilidades. Por eso hablo de ´una fachada´. No es el personaje de calle tradicional, sino delincuentes que están vendiendo y consumiendo drogas, asaltando menores, destruyendo nuestra infraestructura pública. A esas personas las queremos presas, porque son delincuentes”.
—¿Eso no es criminalizar la pobreza?
—Podría ser, pero no por cinco personas vamos a renunciar a que quinientas recuperen su espacio. No me parece justo.
El alcalde estudió en la Universidad Católica de Valparaíso, donde se tituló como profesor de Biología y Ciencias Naturales. Ahí fue compañero de lista del exalcalde de Valparaíso, Jorge Sharp. En junio de 2021, tras ser concejal, se convirtió en alcalde de la Municipalidad de San Bernardo con solo 36 años. Es vecino de toda la vida de la comuna y, por eso, la describe con conocimiento.
—En San Bernardo hay barrios donde las familias viven en 40 metros cuadrados. Ocho personas en 40 metros. Imagínate los problemas de salud mental que ya existen en ese grupo familiar. Esas personas el único espacio extra que tienen es su plaza, pero cuando la quieren usar está tomada por otros. Ese es el Chile B, como lo llamo, el que se ha escondido por mucho tiempo bajo la alfombra.
Christopher White divide al país en el Chile A y el Chile B. El B es el que resulta invisible para los del A y al que le buscan soluciones desde los escritorios.
—Hago una invitación a la autoridad para que nos visite y conozca la realidad. Lo que nosotros hacemos no es porque nos impulsen nuestras convicciones, sino porque nos parece desesperante no hacer nada.
—Fuiste agredido hace varias semanas. ¿Qué pasó?
—Fuimos a hacer limpieza a una plaza y unos tipos que se la habían tomado para hacer servicios de mecánica sin autorización iniciaron una verdadera batalla campal. Diecinueve funcionarios municipales, incluyéndome, terminamos con algún nivel de agresión. Quien lideró ese grupo no era una persona en situación de calle tradicional. Era un tipo que argumentaba que tenía derecho a trabajar ahí para alimentar a sus hijos. Viendo eso, todos los niños que miraban la escena van a entender que agredir a una autoridad es legítimo. Que no nos sorprenda después si un niño en un colegio agrede a un profesor o a un compañero.
—Tú integraste la revolución pingüina, ahí nace tu liderazgo político. ¿Ese grupo no es responsable en parte del cuestionamiento de la autoridad? ¿No crees que ahí se incubó la actual crisis de autoridad?
—Esa es una discusión más bien superficial, porque el tema de fondo es la desigualdad que existe en nuestra sociedad. Cuando tú ves que tienes comunas como Las Condes versus San Bernardo, El Bosque o La Pintana, donde la diferencia de ingreso presupuestario es de hasta diez veces menos que en la primera, se evidencia el problema del Chile B al que me refiero. Si pones a dos niños a competir, uno del Chile A y otro del Chile B, el segundo va diez pasos más atrás, siendo incluso más capaz y talentoso. Eso no me parece correcto. Eso fue lo que mostró el movimiento pingüino.

El alcalde tiene 41 años, un hijo. Es profesor de biología. Acumula 4 amenazas de muerte.
—¿Y qué se sacó en limpio?
—La gratuidad, por ejemplo. Yo estudié por méritos académicos, en el Instituto Nacional, en la Universidad Católica.
—¿Con CAE?
—Sí, con CAE.
—¿Y lo pagaste?
—Lo terminé de pagar, con mucha dificultad.
—¿Qué te parece que el fiscal nacional no lo tuviera pagado y lo hiciera cuando lo pillaron?
—Impresentable.
—¿Crees que debería renunciar?
—Obvio, es por ese no asumir las responsabilidades que hoy vemos que las autoridades no son respetadas por la gente. A cada rato vemos este tipo de contradicciones.
Al alcalde de San Bernardo le gusta la imagen de la punta del iceberg. La usa cada vez que habla de las distintas realidades sociales.
—Según eso, las personas en situación de calle son la punta del iceberg de la pobreza severa. ¿Cómo no hay una solución para ellos más digna y humana que corretearlas y arrasar con sus pocas cosas? —insistimos.
—Lo primero es sincerar que en Chile hay un problema fuerte de adicción, que muchas familias ocultan. De hecho, mientras mejor situación económica tienes, mejor lo escondes. Pero este es un problema transversal. ¿Por qué hago esta reflexión? Porque quienes tienen las herramientas para internar a un familiar y darle un tratamiento tienen el camino mucho más fácil. El que no tiene nada está en una condición mucho más compleja. Dada la cantidad de droga que existe hoy en los territorios, sus posibilidades de poder reinsertarse son mucho menos.
Frente a este diagnóstico, dice, en San Bernardo el municipio catastró a 390 personas en situación de calle y les preguntó que si querían tratarse, si querían tomar el camino de la rehabilitación. El 90% se negó.
—Nosotros tenemos súper clara una cosa: para que una persona pueda reinsertarse, tiene que tener voluntad de hacerlo. Si no la tiene, es un recurso perdido, un proceso perdido.
—Esa es tu convicción. Tú asocias calle con adicción y adicción con delito.
—Sí. Y, por lo mismo, me he querido resguardar con documentos firmados por ellos, donde la mayoría señala que de la calle no los sacan.
—¿No hay algo de populismo punitivo en esta mirada?
—No. Nuestro trasfondo es súper claro. Nosotros sabemos que la solución para las personas en calle es integral, transversal y requiere mucho tiempo. Pero, mientras tanto, no me parece justo que gente de trabajo y de esfuerzo deba vivir encerrada en su casa de 40 metros cuadrados, porque finalmente son los malos los que ganan.

Mirna es una de esas vecinas que debe encerrarse, aunque la por las mañanas la necesidad la obliga a salir. Es “colera” en la feria y tiene un hijo con problemas de adicción. Cuenta con la atención domiciliaria para personas mayores del Hogar de Cristo. AGENCIA BLACKOUT
Christopher White habla de lo que pasa en el cuadrante más complejo de San Bernardo. Es un sector que representa el 1 por ciento de la superficie comunal, pero que alberga a una población equivalente a la de Calera de Tango. Esto significa que en un kilómetro y medio cuadrado viven unas 25 mil personas sometidas a la violencia, al robo y a la convivencia con narco-búnkeres donde se trafica y consume droga.
“Además, las calles están en malas condiciones. Si instalas un juego infantil, al otro día no está, porque se lo robaron. Los menores de edad son usados para vender y traficar droga. O sea, aunque hayan disminuido los homicidios, ha aumentado el manejo criminal del barrio”.
Agrega:
—San Bernardo tiene un carabinero por cada 2.100 personas. Frente a eso, los delincuentes se mueren de la risa, porque saben que sus posibilidades de ser descubiertos son mínimas. Tienen un 90 por ciento de probabilidades de salir exitosos de cualquier delito. Por eso se requieren soluciones drásticas. Si nadie se pone las pilas, el problema de San Bernardo también va a ser el problema en Las Condes o Vitacura muy prontamente.
“Mijito, cuídese, por aquí está muy peligroso”, comenta que le dicen las vecinas mayores. No son pocas.
San Bernardo es una comuna envejecida. Sesenta mil de sus más de 350 mil habitantes tienen más de 65 años. Son personas que se han acostumbrado a encerrarse en sus casas.
“Sé de personas mayores que se quedan con un hijo o un nieto que entra en el mundo de la adicción y al que no tienen cómo controlar. Lamentablemente, estas personas terminan tomándoles la casa, haciendo fiestas clandestinas y vendiendo drogas en ella. Esto genera un malestar en la comunidad completa y a las personas mayores las hace retraerse, encerrarse. Es muy triste”.
Dice que los SAPU (Servicios de Atención Primaria de Urgencia) han instalado cortinas blindadas y cámaras. “Parecen una correccional”.
—Para terminar, alcalde, ¿cómo se vive con cuatro amenazas de muerte?
—No es fácil andar con escolta todo el día. Las cuatro amenazas han sido por cosas distintas: por enfrentar narcos, comercio ambulante, personas en rucos… Es difícil porque yo tengo una esposa, un hijo maravilloso, una vida que me gusta, y no me gustaría el día de mañana terminar en una fosa común, como me ha tocado ver qué pasa. Estos tipos a los que nos enfrentamos, para dar una señal de temor, hacen todo de una manera tan drástica que cualquier cosa puede pasar. Ese miedo que generan es la forma que tienen de ganarnos, y yo no estoy dispuesto a que nos ganen.
—Con tanta amenaza, ¿piensas volver a postular?
—Sí, podría hacerlo. Siempre que esté vivo, claro.