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Consumo, maternidad y un lugar para sanar

En el Centro Terapéutico Residencial de Hogar de Cristo en Quilicura, 18 mujeres enfrentan historias de consumo problemático, abandono y pobreza. Algunas llegan con sus hijos pequeños. Allí, entre reglas, comunidad, acompañamiento profesional y afectos cotidianos, intentan recomponer lo que durante años estuvo quebrado.
Por Matías Concha P.
Junio 9, 2026

Bastián tiene 4 años y corre por el Centro Terapéutico Residencial de Hogar de Cristo en Quilicura como si conociera cada rincón de la casa. Va de un lado a otro, se acerca, sonríe, se agacha apenas y muestra sus zapatillas: de esas que se iluminan al caminar. Cada paso deja una luz breve sobre el piso de un lugar donde casi siempre las palabras pesan: dolor, consumo, abandono, miedo, culpa, infancias rotas y familias heridas.

Su mamá es Marlene. Tiene 36 años y lleva cerca de seis meses en el centro. Su historia comenzó, como ella misma cuenta, durante el embarazo. Después vino lo que ella llama tocar fondo, hasta que apareció un lugar donde podía pedir ayuda sin separarse de sus hijos.

—Mi historia partió con el consumo que tuve durante el embarazo. Desde ahí fui tocando fondo: la vergüenza, eso es lo que más pesa. Hasta que apareció este lugar, que me acogió con mi hijo. Estoy muy agradecida, porque son muy pocos los espacios donde reciben a mujeres junto a sus niños. Muchas no aceptan internarse o iniciar un tratamiento porque no quieren dejarlos solos.

—Todas llegamos sintiéndonos culpables. Acá te enseñan lo contrario a la culpa, que es responsabilizarte, seguir reglas, entender el cariño y a cachar que no estás sola y que se puede salir.

El Centro Terapéutico Residencial de Quilicura está pensado para mujeres con consumo problemático de alcohol y otras drogas, muchas de ellas atravesadas por historias de violencia, abandono y soledad, como Marlene. La diferencia más importante está a la vista: este espacio también recibe a madres con hijos pequeños, algo muy escaso en la red de tratamiento.

Venecia (36) llegó después de perder a su hermano menor. Antes de morir, él le dejó un mensaje que todavía la acompaña:

—Busca ayuda.

Venecia venía de años difíciles, de un consumo que había dejado marcas en su vida y también en su familia. En Quilicura encontró apoyo profesional, acompañamiento diario y un espacio para empezar a ordenar esa historia.

Venecia lo resume así:

—Hoy, mi proceso es sanarme. Yo tuve problemas de droga, medicación. Fue una situación muy difícil que le hizo mucho daño a mi familia, me hizo mucho daño a mí, y ahora estoy sanando. Estoy sanando aquí.

En el centro hay psicólogas, trabajadoras sociales, terapeutas ocupacionales, técnicos sociales y una técnica en párvulos. Pero también hay algo más difícil de escribir en una ficha técnica: acá se acompaña sin juzgar.

Venecia sonríe cuando habla de sus compañeras. Dice que se acompañan, que se aconsejan, que no se juzgan.

—Es lindo ver que una mujer levanta a otra mujer —concluye.

MUJERES HECHAS Y DERECHAS

Gabriela Leiva, trabajadora social y jefa del servicio, lleva cinco años en este trabajo. Habla del Centro con una mezcla de orgullo, cansancio bueno y emoción contenida. Ella explica que el consumo suele ser la parte más visible de una vida marcada por heridas mucho más antiguas.

—No hay que olvidar que antes de ser mujeres adultas con consumo problemático, muchas de ellas fueron niñas vulneradas, niñas solas, niñas que aprendieron demasiado temprano a sobrevivir.

Por eso, Gabriela explica que el trabajo no se reduce a dejar una sustancia. Es más profundo. Se trata de recuperar confianza, volver a mirarse con dignidad, recomponer vínculos, aprender a vivir en comunidad, aceptar ayuda, levantar una rutina. En este lugar, hasta el paso que desde afuera parece mínimo puede ser enorme.

—Aquí hay un equipo que acompaña día y noche. No paramos nunca. Es gente muy comprometida, que pone toda su energía para que las chiquillas puedan salir adelante. A mí eso me emociona. Han pasado muchas mujeres por este lugar y la gran mayoría ha logrado ponerse de pie. Llegan muy quebradas, muchas veces con historias durísimas, y de a poco vuelven a encontrarse con ellas mismas. Salen orgullosas de ser mamás, con más fuerza, con más dignidad, sin aceptar violencia ni humillaciones de nadie. Salen convertidas en lo que siempre fueron: mujeres hechas y derechas.

En la casa se come, se conversa, se comparte. Hay niños que corren, mujeres que preparan la comida, profesionales que entran y salen, habitaciones, comedor, patio, rutinas. También hay memoria del daño. Gabriela lo ha dicho antes con crudeza: muchas llegan con cicatrices en brazos, piernas, estómago; marcas de autolesiones que hablan de un dolor difícil de poner en palabras.

Marlene, al final de su testimonio, mira hacia otras mujeres del Centro que pueden estar viviendo algo parecido.

—Está bien salir adelante por los hijos. Yo lo hago por mi Bastián. Pero también está bien salir adelante por una misma. Porque una también importa, una también merece estar bien y sanar.

Bastián vuelve a aparecer. Su presencia no suaviza ni borra las historias duras de las mujeres que viven ahí. Hace otra cosa: recuerda para qué existe este lugar.

—Mire, tío —dice Bastián.

Y sus zapatillas se prenden otra vez.