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Pamela Saavedra: “A nadie le importan las mujeres en situación de calle”

La directora de la Hospedería Santa Francisca Romana, alerta sobre el aumento de mujeres que sobreviven entre la violencia, la enfermedad mental y el abandono. En todo Chile existen apenas dos hospederías permanentes y exclusivas para ellas.
Por Ximena Torres Cautivo
Junio 27, 2026

, aEn Avenida La Paz, una mujer menuda, flaca, mayor, aunque seguramente tiene mucho menos edad de la que aparenta, fuma pasta base con destreza y sin pudor. Son cerca de las 9 de la mañana. Hace frío y la neblina se corta con cuchillo. Poco más allá, en Olivos, “la calle del Psiquiátrico”, esquina Juárez Corta, una afroamericana con rastas en la cabeza, mira el infinito, sentada en el suelo, ajena a lo que la rodea. En Juárez Corta antes de llegar a Juárez Larga, una ambulancia del SAPU ulula frente a una bonita casa de fachada continua. Vienen a buscar a una acogida de la Hospedería para Mujeres en Situación de calle, que “se descompensó”. Sus dos niños no entienden qué pasó y juegan con un tercero, que está disfrazado de capibara.

Estamos en la antigua Chimba, en los alrededores de La Vega, en la comuna de Recoleta. Aquí, en la calle Juárez Corta, se ubica la Hospedería Santa Francisca Romana, que existe desde 1997. Nació cuando un grupo de apoderados del Colegio San Lorenzo, perteneciente al Movimiento Apostólico Manquehue, comenzó a hacer visitas nocturnas por el sector. Llevaban alimentos, abrigo y compañía a las personas que vivían en la calle. Con el tiempo, se interesaron en la situación de mujeres y niños que dormían en condiciones muy precarias, sin acceso a albergues, porque los que hay son eminentemente masculinos.

Así nació la segunda Hospedería para Mujeres de Calle oficial y permanente que existe en Chile, la Santa Francisca Romana, que tiene capacidad para 20 mujeres y sus hijos. Se aceptan niñas sin límite de edad y niños hasta los 12 años.

Pamela Saavedra, a la izquierda, con Carmen, encargada de la casa, y Pinky, una voluntaria, en la puerta de la Hospedería Santa Francisca Romana

La otra Hospedería femenina es la de Estación Central, que pertenece al Hogar de Cristo, que es harto más antigua y lleva el nombre de la mamá del padre Hurtado: Anita Cruchaga. No hay más.

Son las únicas dos que existen en Chile, lo que no se condice con la necesidad. La presencia de mujeres y niños en situación de calle, post pandemia, se ha multiplicado. Y ellas requieren más atención, porque el nivel de violencia y vulneración que acarrean es enorme.

En Ojos que Sí Ven, el programa que hacemos en alianza con radio Cooperativa, conversamos de esta percepción generalizada con la directora de la Hospedería Santa Francisca Romana. Pamela Saavedra está a cargo desde 2024, cuando el lugar fue reabierto tras verse obligada a cerrar en pandemia.

ERRADICAR RUCOS: INHUMANO E INÚTIL

-Nosotros gestionamos esto desde el cariño y con el afán de aportar a la sociedad. Efectivamente, son muchas las mujeres en calle. Nosotros estimamos unas 3.400 en Santiago -dice Pamela Saavedra, quien es una de las tres personas remuneradas por este trabajo. Ella, que dirige, y dos “dueñas de casa”, como las llaman. Carmen, que trabaja de día. Y Rosa, que está por las noches y los fines de semana. Todo el resto son voluntarias.

Pamela se vinculó a la fundación como voluntaria y apoderada del Colegio San Lorenzo. Hoy, que sus hijos ya son grandes, se ha volcado en cuerpo y alma a este trabajo, dejando atrás sus funciones de headhunter.

-Las mujeres en situación de calle son una realidad que a nadie le importa. Son realmente invisibles, porque ellas mismas se esconden. Se avergüenzan y, a diferencia de los hombres y sobre todo por sus hijos, suelen contar con algún refugio, alguna solución de emergencia, pero muy precaria.

Son mujeres que escapan de la violencia intrafamiliar que sufren ellas y sus hijos; que tienen graves problemas de salud mental; que son adictas a antidepresivos, alcohol y otras drogas; que no tienen estudios ni ninguna posibilidad de entrar al mundo del trabajo.

-Actualmente, las que más nos llegan es por derivaciones debido a violencia intrafamiliar. Muchas veces no es directamente por eso, sino porque están en la calle. Pero están ahí porque escapan de la violencia en sus hogares.

-¿Notas que ha aumentado el número de mujeres en situación de calle?

-Ciertamente. Claro que hay más.

-¿Perciben ustedes también una marcada falta de compasión frente a quienes viven en calle, tanto de las autoridades como de los medios y de la opinión pública?

-Es así. De hecho, aquí en la calle Juárez Larga se han instalado más y más rucos. Para nosotras, esas personas son nuestros vecinos. Son gente buena, con muchos problemas: adicciones, enfermedades, discapacidad mental, problemas psiquiátricos. Y es injusto que se les criminalice. Cuando nosotros reabrimos la Hospedería post pandemia, esos mismos hombres se acercaban a ayudarnos. A nosotros jamás nos han asaltado ni han tratado de meterse en la casa.

 

Pamela y sus colaboradoras están completamente comprometidas con lo que hacen. De otra manera no podrían partir cada mes viendo como mantener la causa viva.

Pamela hace notar que ellas son vecinas del Hospital Psiquiátrico Doctor José Horwitz, barrio por donde pululan hombres y mujeres con evidentes problemas de salud mental. Esos trastornos, insiste, están a la base de lo que lleva a muchos a vivir en la calle.

Una vecina desprolija y desparpajada nos advierte cuando nos ve acercarnos a la puerta de la Hospedería. “Ahí adentro viven puras mujeres pite’as. Están todas pite’as”.

Pamela reflexiona:

-Verdaderamente duele que tantas municipalidades estén eliminando los rucos de manera tan brutal. El último 18 de septiembre vivimos de cerca un desalojo. Estábamos celebrando en la calle con una fonda, cuando llegaron los funcionarios a sacar todos los rucos en la calle Juárez Larga. Rompieron todo lo poco y nada que ellos tienen y subieron los restos a un camión. Fue inhumano e es inútil. Erradicar rucos no es la solución de nada; es peor, porque daña más la salud mental de personas muy frágiles.

PROTEGER A LOS HIJOS

—Por tu experiencia, ¿qué lleva a una persona a terminar viviendo en la calle? ¿Y qué diferencias observas entre hombres y mujeres?

—Ya lo he dicho, en las mujeres vemos mucho la violencia intrafamiliar. También el abandono, la pobreza extrema, la falta de familia, de apoyo. Muchas llegan completamente solas. Ya no tienen dónde estar, no tienen a quién recurrir ni cómo sobrevivir. Eso es muy desolador.

A diferencia de los hombres, dice, las mujeres suelen conservar un impulso más fuerte por reconstruir sus vidas.

—Yo siento que ellas buscan una nueva oportunidad. Quieren salir adelante. Tenemos casos muy complejos, incluso de esquizofrenia y otros trastornos mentales severos, pero aun así hay una disposición distinta. En muchos hombres uno tiende la mano y ellos prefieren seguir en la calle. No porque sea fácil, porque es durísimo, sino porque terminan acostumbrándose a esa forma de vida.

Sin embargo, aclara que la calle castiga por igual.

—El año pasado conversábamos esto con Teresa Winter, de Cristo Vive. Antes se hablaba mucho de la violencia hacia las mujeres en situación de calle, pero vimos aumentar también la violencia contra los hombres. Al final, vivir en la calle es tremendamente duro para cualquiera.

—Pero las mujeres cargan además con una sanción social distinta.

—Puede ser. Lo que sí veo es que llegan con historias muy difíciles. Pero no diría que son más agresivas que los hombres. Nosotros no hemos vivido eso. Hay mucho sufrimiento, mucha desconfianza, pero no necesariamente agresividad.

Pamela Saavedra estuvo invitada a Hora de Conversar, donde nos invitó a conocer la casa donde funciona la Hospede´ria Santa Francisca Romana.

La calle, se suele decir, enferma, envejece y mata. Pamela no necesita estadísticas para confirmarlo. “Lo veo todos los días. Tenemos mujeres de 50 años que parecen de 70. El desgaste físico es impresionante”.

Pero no es sólo el cuerpo.

Mientras muchos hombres terminan desvinculándose de sus familias, las mujeres suelen cargar con ellas.

—Muchas llegan con hijos. Entonces no sólo estás enfrentando tu propio problema. Tienes que sobrevivir y proteger a tus niños al mismo tiempo.

DESPUÉS NO SE QUIEREN IR

La Hospedería Santa Francisca Romana dispone apenas de veinte cupos para una realidad que crece y para una ciudad donde miles de mujeres viven entre rucos, hospederías temporales, casas prestadas y refugios improvisados.

—Nuestra misión es recibirlas, acogerlas y acompañarlas en su reinserción. A veces laboral, a veces social. Hay mujeres con problemas psiquiátricos tan severos que requieren residencias permanentes. Ahí debemos buscar redes que las reciban.

—¿Se puede recuperar una mujer del trauma que significa vivir en la calle?

—Sí. Nosotros lo hemos visto.

Entonces recuerda una historia.

Una joven de apenas veinte años llegó a la hospedería durante 2024. Venía desde Puerto Varas. Su madre estaba hospitalizada por consumo problemático de drogas y ella convivía con un padrastro que abusaba de ella.

—Cuando llegó, pensó que esto era un prostíbulo. No podía creer que fuera una casa para ayudar mujeres.

La recomendación se la había dado una tía que, veinte años antes, había pasado por el mismo lugar. La joven permaneció tres meses. Consiguió trabajo, ahorró dinero, arrendó una vivienda y hoy trabaja en una peluquería de la Escuela Militar. “Tenemos fotos de cuando llegó y de cuando se fue. Parece otra persona”.

No todos los casos terminan igual.

Pamela reconoce que existen heridas mucho más profundas, especialmente entre quienes han vivido largos años en la calle, expuestas a violencia, consumo y abandono. “No sé si todo ese daño se repara completamente. Probablemente habría que tratarlo profesionalmente”.

Y allí aparece otra carencia.

Ni la Hospedería Santa Francisca Romana ni muchas otras iniciativas similares cuentan con equipos especializados en salud mental.

—Nosotros ayudamos desde el acompañamiento, desde el cariño, desde la comunidad. Tenemos una pequeña capilla donde hacemos oración por las noches. Puede sonar simple, pero para alguien que no tiene a nadie, sentirse parte de una comunidad hace una enorme diferencia.

Muchas veces, cuenta, el problema deja de ser que las mujeres quieran irse.

—Después nos cuesta el egreso porque no se quieren ir. Aquí encuentran un hogar.

NO HAY CAMBIOS

Desde hace algunos años, distintas organizaciones han impulsado programas más ambiciosos para enfrentar la situación de calle. Uno de ellos es Vivienda Primero, inspirado en experiencias internacionales que parten de una premisa sencilla: nadie puede reconstruir su vida si no tiene primero un lugar seguro donde vivir.

Pamela conoce la iniciativa y la valora: “Es maravillosa, pero los cupos son muy pocos”.

La contradicción resulta evidente. Si existen apenas dos hospederías para mujeres en todo Chile y miles viven en situación de calle, las soluciones estructurales siguen siendo marginales frente a la magnitud del problema.

—Nadie sale de la calle si no tiene un lugar donde habitar. Esa es la realidad.

Las mujeres en calle son mucho menos, pero están aumentado de manera evidente. La calle no sólo es tanto o más violenta que la violencia intrafamiliar de la que suelen huir, sino que las priva de lo básico para vivir con dignidad. AGENCIA BLACKOUT

Le pregunto si percibe algún cambio en la forma en que el nuevo gobierno de José Antonio Kast está abordando el fenómeno.

Responde: “La verdad, no”.

No observa diferencias significativas respecto de años anteriores. Tampoco siente que exista una estrategia clara para enfrentar la situación. Lo que sí percibe es la continuidad de las políticas orientadas a despejar espacios públicos.

—Desde el año pasado vimos aumentar estos operativos para sacar rucos. En nuestro sector se han mantenido.

La paradoja es brutal. La autoridad persigue una realidad que no deja de crecer.

Mientras tanto, las causas profundas —salud mental, adicciones, violencia intrafamiliar, pobreza extrema y falta de vivienda— siguen prácticamente intactas.

Antes de despedirse, Pamela deja de hablar de políticas públicas y vuelve a lo esencial.

A las personas concretas, a las mujeres que llegan golpeadas, los niños que aparecen con una bolsa de ropa como único equipaje, a las voluntarias que sostienen una obra que funciona gracias a la buena voluntad de un puñado de personas.

—Nos gustaría que nos conocieran, que siguieran nuestro trabajo. Todo esto se sostiene gracias a mujeres que quieren ayudar a otras mujeres.

La hospedería necesita cerca de cinco millones y medio de pesos mensuales para funcionar. No recibe financiamiento estatal permanente ni aportes empresariales significativos. Sobrevive gracias a donaciones y al compromiso de quienes creen que ninguna persona debería ser invisible. “Cada mes, debemos empezar de nuevo. Por eso, me encantaría que alguien nos apadrinara. No puede ser que sólo nosotras nos conmovamos con las mujeres que llegan golpeadas, con sus hijos y sin nada. Absolutamente nada.

Según las estimaciones disponibles, las mujeres representan entre un 16% y un 18% de las personas en situación de calle. Si la cifra total es de 50 mil personas, estamos hablando de entre unas nueve mil mujeres.

Y, sin embargo, en todo Chile existen apenas dos hospederías destinadas exclusivamente a ellas.

Quizás esa sea la cifra más brutal de todas.