Joana (47) no tiene idea qué es la sororidad. No conoce la palabra ni menos su significado. Por el contrario, ella personifica en una mujer, en una sargento de Carabineros, cuyo nombre nos reservamos, todo lo malo que le ha pasado recientemente. Cero empatía y ni un ápice de fraternidad femenina. De sororidad, el concepto de las feministas actuales. Y en su madre, parte central de su tragedia.
-Fueron dos guardias de una patrulla de Seguridad Ciudadana los que me recomendaron ir a contar mi caso a la Comisaría. “Ahí la van a ayudar”. Era de noche, cuando ellos me encontraron llorando en la plaza Chile de Maipú. En “la plaza de los guarenes”, como la llaman. Llevaba semanas durmiendo por ahí, en la calle, y ya no me sostenía en pie. Fui a la Comisaría. Esperé un par de horas hasta que me preguntaron por qué estaba ahí.
Joana cuenta que le explicó a la carabinera que necesitaba recuperar a la menor de sus dos hijas, que ya tenía un lugar en la Hospedería Santa Francisca Romana, en Recoleta, donde las recibirían a las dos, ya que ambas necesitaban estar juntas. Le pidió que la ayudara.

Sensible e intensa es Joana, quien pide desesperadamente ayuda para ella y para otras mujeres como ella.
-Estaba tan esperanzada. Pero la mujer me prestó nula atención. Me miró con desprecio y dijo que si yo estaba en la calle a esa hora, seguramente era por consumidora, por alcohólica. Cuando le expliqué que mi mamá me había echado a la calle, empezó a hablar al aire sobre vicio y prostitución. Después supe que había anotado en su informe que yo tenía hálito alcohólico. Ni siquiera estaba cerca de mí para afirmar eso. Todo lo que escribió nació de su prejuicio. De la caricatura, del estigma con que cargamos las mujeres en situación de calle.
Joana tiene dos hijas. Una veinteañera, que estudia enfermería “con gratuidad”, precisa. Y “una semilla valiente”, de 9 años, nacida del mismo padre, quien tiene la tuición de la niña y al que Joana acusa de celópata, narcisista, egoísta y violento.
-A él no le gustaba usar preservativos, pese a que yo no toleraba los anticonceptivos orales. Me hacían mal. Durante el tiempo en que estuvimos juntos tuve nueve embarazos. Sólo tres prosperaron: las dos niñas de mi corazón y un niño, que murió a los 5 meses de nacido. Nació con una dextrocardia.
La dextrocardia es una malformación congénita en que el corazón se ubica al lado derecho del tórax y, en algunos casos, forma parte de una inversión completa de los órganos (situs inversus).
Ella resume así lo sucedido.
-Mi niño era un ángel. Yo lo miraba y me preguntaba “¡cómo tanta perfección y belleza por fuera esconde tanta complejidad por dentro!” -dice, con los ojos húmedos.
Joana necesita ayuda. Laboral, psicológica, social. Como todas las mujeres que intentan diariamente levantarse, superar sus múltiples problemas y encontrar un trabajo. Independizarse. Tener un lugar seguro, estable, donde recomponerse.
Esa es la situación de las 20 mujeres que han vivido en situación de calle y han encontrado en esta casa de Recoleta un paréntesis de tranquilidad para ellas y sus hijos pequeños. Impresiona que, siendo las mujeres un porcentaje muy menor de la población en situación de calle -entre un 16 por ciento y un 18 por ciento es lo que se estima-, no haya servicios especializados de apoyo, más considerando que muchas de ellas andan o son responsables de niños pequeños.
Si el Ministerio de Desarrollo Social y Familia atiende a 50 mil personas en sus dispositivos, se podría estimar que las mujeres son unas 9 mil en el país. Pero no hay que olvidar que esos programas de ayuda son en su mayoría masculinos.
La encargada de la Hospedería donde está residiendo, le reconoce a Joana la intensidad y el compromiso con que hace todo. Desde ayudar a una compañera que se descompensó y a la que se acaba de llevar una ambulancia hasta lavar la ropa, la suya y la de sus compañeras. “Hace todo bien. Es muy meticulosa, pero se puede gastar todo el frasco de detergente”.
Carmen, la encargada de la casa, hace notar que a veces llegan mujeres que han terminado viviendo en calle a causa de puras fatalidades.
Cuenta el caso de una mujer rapanui que llegó de Isla de Pascua a Santiago y ese mismo día le robaron la maleta y la cartera con el teléfono móvil dentro. Se quedó sin nada en medio de una ciudad hostil, donde no se ubicaba ni conocía a nadie. No recuerda cómo llegó a la casa de Recoleta después de caminar sin ni un peso por Santiago. Tenía un ticket de regreso con fecha fija de embarque. Por la tarifa, no se podía modificar el regreso.
-Acá la acogimos hasta que pudo usar el boleto de vuelta. Entre medio, hizo algunos trabajos, pero su caso muestra cómo de un momento a otro puedes quedarte sin nada. Botada en medio de la nada, sin recursos.
Además, muchas mujeres que llegan a esta casa o deambulan por la calle sin un hogar tienen graves trastornos psiquiátricos. Y la indefensión, el abuso, la violencia, van minando a diario su salud mental.
Joana reconoce. “Yo caí en consumo de alcohol después de la muerte de mi hijo, luego mi mamá me echó de la casa y me acusó de violencia contra ella. Logró así que mi niña quedara en manos de un hombre violento, pero que, a diferencia mía, tenía un trabajo estable y una casa. Después mi mamá se arrepintió y se desistió de la acusación que me hizo, pero ya era tarde”.
La calle, para Joana, “es el peor hoyo en el que se puede caer. El más hondo y oscuro. Las primeras noches me lo caminaba todo. No me atrevía a dormir por temor a que me hicieran algo malo”.

Pese a todo lo que le ha pasado, Joana confía en que el futuro sea mejor, más luminoso. Su sueño es recuperar a su hija.
-¿Nunca te atacaron físicamente?
-Dos tipos me robaron. Se acercaron para invitarme a consumir pasta base. A irme por ahí con ellos. Yo estaba aterrada. Sabía que me iban a violar. Una mujer como yo llama la atención en la calle. Arranqué, pero me quitaron lo poco que tenía y el celular. Me quedé sin comunicación ni documentos.
Se enorgullece de nunca haber dejado de estar limpia y bien cuidada. “Me bañaba en los baños de las urgencias en los hospitales. Pero el tanto caminar me destrozó los pies. Tenía las plantas llenas de ampollas. Me dolía la espalda con el peso que cargaba, porque andaba con todo lo que tenía encima. Yo quedé en calle en febrero, no comí por dos semanas seguidas, me deshidraté. Yo soy muy delicada de piel y estaba reseca. Pero siento que nunca perdí la dignidad”.
Dice que unos vecinos de Maipú, que supieron que estaba en calle, se compadecieron, la buscaron y le llevaron cosas. Que ahora encontró refugio en esta casa y que tiene fe en que las cosas mejoren. “Tengo ahora dos abogadas de la Municipalidad de Recoleta que me están ayudando. Voy a empezar con un trabajo de atención domiciliaria 24/7 porque yo soy TENS. Aún no comienzo, pero espero hacerlo a partir esta semana”.
Joana llora, se enoja, se emociona. Pasa por todos los estados de ánimo. Su fragilidad conmueve. Su necesidad también. Y no es sólo la suya; es la de un número creciente y todavía desconocido de las más invisibles de todas: las mujeres que llegab a la calle huyendo de la violencia y que terminan cayendo en un pozo mucho más hondo y oscuro.